miércoles 8 de diciembre de 2010

Las historias de Beto

Para que no digan que la actualización del blog fue nomás flor de un día (aunque yo hubiera preferido que fuera flor de calabaza), aquí les dejo un nuevo cuento. Es de los primeritos que escribí y publiqué. Espero que lo disfruten, en la cálida compañía de sus seres queridos (y si pueden, no sean gachos, dejen un comentario).

LAS HISTORIAS DE BETO
(-DIEGO MEJÍA EGUILUZ-)

Para Ramón Córdoba

No sé quién le dijo a Beto que era un buen escritor, pero si algún día me entero, juro que me vengaré de esa persona.
Cuando lo conocí pensé que se trataba de alguien simpático y amable. Acababa de mudarme al edificio donde ahora vivo y él fue el primero de mis nuevos vecinos en presentarse y ponerse a mis órdenes. “Si en algo puedo ayudarlo, lo que sea, no dude en avisarme”, me había dicho cuando por fin se retiró de mi departamento.
Las siguientes dos semanas se dedicó a visitarme cada tercer día para ver si no se me ofrecía nada. En un principio me sentí aliviado porque ya no tendría que lidiar con personas que carecían de educación y no les importaba que te estuvieras muriendo a las puertas de su casa, aun así te ordenarían que te quitaras para cerrar la puerta; sin embargo, después de que me indicó cómo llegar a los lugares más importantes, como el banco y el supermercado, por ejemplo, ya no era necesario que fuera a verme tan seguido.
Por aquel entonces Esther aún no vivía conmigo, a pesar de que llevábamos más de cuatro años de noviazgo y de mi insistencia para que compartiéramos una casa, y como no me apetecía hablar de mi vida privada con cualquiera, dejé que Beto pensara que no tenía pareja; por eso un día me invitó a un table dance. Divertido por la idea acepté acompañarlo. Una vez en el centro nocturno, Beto se puso tal borrachera que tuve que llevarlo a rastras hasta mi casa. Se quedó dormido en el sillón hasta las cuatro de la tarde del día siguiente.
Una semana después, Esther decidió que nuestra relación sí tenía futuro y llegó con sus maletas al departamento. De nueva cuenta, Beto fue el primero en presentarse y solicitarle que lo considerara en caso de que necesitara algo. Ella quedó impresionada por sus atenciones y me reprendió cuando le dije que él era muy latoso, bien intencionado, pero latoso. Al día siguiente me lo encontré en las escaleras. Me ofreció disculpas por haberme invitado al antro. “Pensé que no tenías novia, de otra manera no te hubiera llevado.”
A pesar de Beto, mi nuevo domicilio tenía una gran ventaja: se trataba de un lugar céntrico y ya no me tardaba tanto en llegar a mi trabajo. Esther, mientras tanto, se quedaba al cuidado de la casa. (Acababa de terminar sus estudios universitarios y quería descansar por un tiempo antes de buscar empleo.) Pronto se hizo muy amiga de Beto, por lo que éste pasaba cada vez más tiempo en nuestra casa; cuando Esther le contó que yo era editor en jefe de una revista cultural, Beto me pidió permiso para mostrarme sus cuentos: “No quiero que los publiques, sólo dime qué te parecen”. Al día siguiente tenía en mi poder una carpeta con todos sus relatos.
Las historias de Beto eran malas. No quiero decir que él era una bestia escribiendo, pero de los quince cuentos que me entregó ninguno valía la pena (de hecho, seis eran plagios mal hechos de cuentos de Maupassant). “Es muy inocente, no lo vayas a destrozar”, me había recomendado Esther, quien también leyó sus escritos y coincidía conmigo en que se trataba de alguien sin talento.
–Tus textos son, cómo decirlo... peculiares. Algunos personajes son interesantes, como que apuntan hacia un comportamiento fuera de lo común. En algunas de las historias, como “El picnic”, me acordé mucho de los libros de Maupassant –le dije tratando de desanimarlo sin ser grosero. Evidentemente me equivoqué en algo porque Beto me dio las gracias y prometió mostrarme, apenas lo terminara, un nuevo cuento.
Pronto comencé a dudar que Beto tuviera algo que hacer además de escribir. Todos los días me dejaba con Esther un nuevo cuento y un recado pidiéndome que le diera una opinión sincera de éste. Esther en un principio continuaba aconsejándome que no fuera muy rudo con él; tres meses después comenzó a elaborar un plan para cortarle las manos o dejarlo paralítico. Yo, por mi parte, intentaba darle a entender que no servía para escribir, pero no comprendía indirectas. Eso sí, nunca se atrevió a ir a molestarme a la revista.
Para que no piensen que no puedo decir nada bueno de las personas, debo admitir que, cuando no se fusilaba descaradamente –y mal– a los clásicos, la imaginación de Beto era extraordinaria; ninguno de sus cuentos se parecía al otro. Su amplitud de temas era tal que un día me enteraba de cómo el gobierno de Tombuctú se declaraba en quiebra porque los inodoros de todo el país se habían puesto en huelga, y a la noche siguiente tenía en mi poder la historia de unas hormigas que querían suicidarse y para lograrlo le mentaban la madre a un oso hormiguero, se hacían pipí en una de sus garras y hasta lo provocaban con pancartas que decían “El oso es puto”.
Gracias a los cuentos de Beto, mi vida sentimental cayó en crisis. Esther se hartó de nuestro vecino una noche en que nos vimos obligados a interrumpir ya saben qué, pues no dejaba de tocar el timbre para darme su más reciente obra. “O él o yo”, amenazó Esther.
Para solucionar esa disyuntiva, tuve la genial ocurrencia de presentar a Beto con mi prima Carmen, una chava que había estudiado computación y en seis meses consiguió un buen empleo. El experimento tuvo dos resultados: no sólo gané doce semanas de tranquilidad e intimidad, sino que también me hice acreedor a un poeta. “Anoche vi las estrellas,/ uy, uy, uy, qué bellas,/ y aunque tú te llamas Carmen y no Estrella,/ también estás muy bella”, escribió Beto a mi prima, quien ahora vive en provincia pero no me dio su dirección.
Poco después de esa decepción amorosa, Beto nos invitó a cenar para celebrar su cumpleaños. Como todavía faltaba una quincena para el cierre de la edición, y para no herir susceptibilidades y vernos retratados en una de sus historias, Esther y yo llegamos puntuales a la reunión. Su departamento estaba lleno de libros, tal y como sospechábamos.
–¿No va a venir nadie más? –preguntó Esther.
–No es necesario –replicó Beto–. Aquí están todos mis amigos –y señaló sus libros.
Después de cenar lo acompañamos a la Cineteca para ver una última película de Juzo Itami. Cuando salimos declaró que su próxima ficción se basaría en el tema de ese filme.
–Mejor intenta escribir una novela –le sugirió Esther–. Tárdate lo que quieras, trabaja bien la anécdota –agregó.
–Nunca se me había ocurrido –exclamó entusiasmado Beto–. Supongo que si la empiezo hoy la terminaré, a lo mucho, en tres meses.
–Tienes noventa días para encontrar una nueva casa –me murmuró Esther.
A la mañana siguiente comenzamos a visitar departamentos que se rentaban; todos estaban muy caros.
Antes de que transcurrieran siquiera dos meses del plazo que se puso, ya tenía en mi poder su primera novela: Las prostitutas del país de las maravillas. “Ay, Dios”, pensé. Esther no dejó de reír en toda la noche.
Aquel tabique de casi trescientas páginas representaba una verdadera amenaza para mi tranquilidad, por lo que mejor le di el manuscrito a uno de los correctores de la revista. Si me topaba con Beto, le decía que no perdiera la paciencia, que apenas terminara con su libro le daría un dictamen por escrito.
A la semana siguiente, el corrector me regresó la novela de Beto.
–Este favor te va a salir carísimo –me dijo.
–Malísima, supongo –contesté.
–Casi toda es una porquería sin pies ni cabeza: ningún capítulo tiene nada que ver con el anterior; pero quisiera que leyeras el onceavo. Si opinas igual que yo, podemos incluirlo en el siguiente número.
En un principio pensé que se trataba de una venganza; de todos modos preferí no quedarme con la duda y leí el capítulo. Terminé asombrado. En sólo dos páginas, y a modo de carta, había contado la historia de un presidente dos horas antes de tener que entregar la banda a su sucesor. Aunque la anécdota puede parecer aburrida, o cursi, la desarrolló de tal manera que desde un principio atrapaba al lector; el final no sólo era bueno, sino genial.
Cuando llegué a casa le mostré a Esther las dos cuartillas sin decirle de quién eran; elogió a más no poder el cuento. “Mañana temprano le voy a decir a Beto que queremos publicar esa parte en la revista”, pensé antes de quedarme dormido.

–Órale, güey, aguas con esa estufa –con estas voces desperté a las siete de la mañana del día siguiente. Un tanto atolondrado, me levanté de la cama y me dirigí a la ventana para ver qué estaba pasando. Un camión de mudanzas estaba al pie del edificio. No sabía si alguien llegaba a vivir aquí o se iba a otra colonia.
Salí para enterarme mejor de lo que sucedía y me topé con don Abundio, el conserje. “Por fin rentaron el departamento 501, joven”, dijo cuando me vio; yo ni siquiera sabía que estaba desocupado. Una hora después de terminada la mudanza, Beto fue el primero de los vecinos en presentarse con el nuevo habitante. Sonreí aliviado. Esa tarde, en la revista, le dije al corrector que Beto no nos autorizaba a usar su texto.
El nuevo inquilino resultó ser cocinero en un importante hotel. Después de dos meses de visitarlo a diario, Beto consiguió empleo como ayudante de los chefs. Desde entonces ya no ha vuelto a escribir.




Texto publicado originalmente en:
Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005.

3 comentarios:

A las 10 de diciembre de 2010 13:29 , Anonymous Anónimo ha dicho...

Que bueno Diego, me divertí mucho leyéndolo, felicitaciones.

Un abrazo, Vero

 
A las 2 de enero de 2011 21:16 , Anonymous Leskat ha dicho...

Tarde pero te leo... siempre un divertido placer :)

Un abrazo mi querido Diego

 
A las 3 de enero de 2011 17:16 , Blogger AE ha dicho...

Estas historias de Beto, me dejaron con una sonrisa, de esas que siempre logras sacar.
Un abrazo, Alicia

 

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