martes, 23 de noviembre de 2010

Todo se lo debo a mis padres

Casi un año me tomó actualizar esta cosa. No voy a poner el pretexto de que no me acordaba de que tenía blog, ni de que había olvidado la contraseña, ni de abducción extraterrestre.
La mera verdad es que un pollo disfrazado de ninja me había hackeado el blog, pero ya lo convencí de que me lo regrese.
Para celebrar que el pollo ya me dio permiso de volver a escribir, les presento uno de los últimos textos que he escrito.
Ojalá y lo disfruten en la cálida compañía de sus queridos (y si pueden, dejen algún comentario).


TODO SE LO DEBO A MIS PADRES
(-DIEGO MEJÍA EGUILUZ-)

–¡Manuel, Roberto volvió a estornudar! –Julia, desde la recámara, llamaba a gritos a su marido.
–¿Otra vez? Te dije que lo abrigaras bien –respondió Manuel, quien trataba de dormir una siesta.
–No es mi culpa. Tú le diste permiso de comer helado de postre.
–Pero tú dejaste la ventana abierta.
–¿Y qué querías? ¿Que nos asáramos? Estamos a más de treinta grados. Además, a ti se te olvidó ponerle un suéter.
–Porque tú no los has lavado. ¿O quieres que nuestro hijo ande con la ropa cochina?
En muchos hogares, un estornudo no desencadenaría una discusión como ésta. Pero en la casa de Roberto provocaba pleitos bastante fuertes entre sus padres. Cuando esto ocurría, su papá tenía que dormir en la sala hasta que a su mamá se le pasaba el enojo.
Y no es porque se tratara de un niño enfermizo; por el contrario, era bastante sano. El problema era otro. Desde que cumplió siete años, Roberto, cada que estornudaba, se convertía en gato de cerámica, cuchara de madera, estatuilla de barro o reproductor de música, entre muchas otras cosas.
Es difícil explicar por qué le pasaba esto. Lo más sencillo es decir que se trataba de un mal hereditario: cuando había luna llena, su papá se convertía en gato de cerámica; Julia, su madre, todas las noches se transformaba en Marilyn Monroe. Y ni hablar de sus demás familiares: tanto del lado paterno como del materno, todos tenían esa peculiaridad.
Cuando se conocieron, sus papás descubrieron que ambos tenían ese don (por llamarlo de alguna manera) y se volvieron muy cercanos el uno al otro. Con el tiempo, decidieron casarse. Un par de años después nació Roberto. Al principio, Manuel y Julia estaban muy preocupados. Sabían que él, eventualmente, también desarrollaría esta “enfermedad”, pero en secreto guardaban la esperanza de que fuera la excepción. No tenían ni idea de lo que le esperaba.
La primera vez que Roberto se transformó en algo fue en una reunión en casa de la familia de Julia. Era el cumpleaños de uno de sus tíos y le habían organizado una comida. Uno de sus primos, por hacerle una broma, le aventó un poco de pimienta a la nariz y Roberto comenzó a estornudar. Ante los ojos de sus parientes, se convirtió en una pantalla plana de televisión. Una vez repuestos de la sorpresa inicial, sus familiares esperaron pacientemente a que algo más ocurriera; mientras tanto, veían el partido de beisbol que Roberto transmitía. Dos horas después, con el juego empatado a tres carreras en la parte alta de la sexta entrada, Roberto recobró su forma original.
–Míralo, igualito a nosotros –exclamaba una tía, quien lo miraba orgullosa.
–Ése es mi nieto –dijo, alegre, su abuelo.
–¿En qué canal estabas? Quiero ver el final del partido –preguntó su padre, quien se había quedado picado con el juego.
Roberto no entendía nada de lo que le decían, y sólo Julia le dio la importancia debida a este asunto:
–No quiero que traten a mi hijo como un bicho raro. Él es normal, igual que nosotros.
Los demás a duras penas pudieron aguantar la risa. Ésa fue la primera noche que sus papás discutieron por los estornudos de Roberto:
–Eres un insensible. En vez de preocuparte por tu hijo, sólo querías saber quién metió el gol –le reprochó Julia a Manuel, mientras le daba unas cobijas y una almohada para que durmiera en el sillón.
–No es cierto, sólo quería saber en qué canal estaba. Y no era futbol, era beisbol lo que estaba viendo.
Al día siguiente, Julia habló a la escuela para avisar que su hijo no iría a clases en una semana pues estaba enfermo.
Por la noche, sus padres platicaban acerca de Roberto:
–Sabíamos que esto iba a pasarle. Ni modo, Julia, tendremos que arreglárnoslas.
–Pero todavía es muy pequeño. A nosotros nos ocurrió cuando éramos más grandes.
–Debemos decírselo. No podemos ocultárselo toda la vida.
–Aún no es el momento. Está muy chiquito.
–¿Y hasta cuándo le diremos que su mamá y la señora rubia que le sirve la cena son la misma persona? No siempre nos va a creer que trabajas de noche y que la güera que viene a cuidarlo es su nana.
–Para ti es más fácil. Como sólo te transformas en la luna llena le decimos que te vas a jugar dominó y santo remedio. ¿Y qué va a pasar cuando crezca y quiera ir contigo a jugar?
–¿De qué hablan, papá? –preguntó Roberto, quien entró al cuarto de sus padres porque no podía dormir.
–De nada, hijo. Anda, vete a tu cuarto.
–Hasta mañana, papi. Que descanses, nana.
Una semana después, Roberto regresó a la escuela.
Las siguientes semanas el niño no estornudó. Sus papás no se confiaban y siempre le recomendaban que se abrigara bien y evitara las corrientes, e incluyeron mucho jugo de naranja en su dieta.

Tres meses después, sin embargo:
–¡Maestra, Roberto estornudó y no se tapó la boca!
La maestra iba a recordarle a Roberto la importancia de cubrirse la boca al estornudar (y de paso regañar a su compañero por chismoso), pero algo llamó su atención:
–¿Quién le dio permiso a Roberto de salir del salón? Sólo está su lonchera.
–Oiga, miss, Roberto no trajo lonchera.
Antes de que alguien pudiera decir algo más, la lonchera estornudó y se transformó, ante el asombro de todos, en Roberto.
–¡Qué chido! ¿Cómo le hiciste? –le preguntó uno de sus compañeros.
–¿Hacer qué? –quiso saber Roberto.
–Oigan, la maestra se desmayó –exclamó otro niño.
–De pelos –dijo una alumna.
Tuvieron que intervenir tres maestros para reestablecer el orden en el salón de clases. Uno más se llevó a la asombrada maestra a la enfermería. Al volver en sí, la profesora gritó:
–¡Ese niño está poseído! –y salió corriendo de la escuela.
Una hora después, Roberto y sus papás estaban en la oficina de la directora del colegio.
–Señores, yo no soy una persona supersticiosa, pero la maestra de Roberto afirma que su hijo está poseído.
–No sabemos por qué le pasa esto a nuestro hijo –se apresuró a decir su mamá.
–No te hagas la inocente, Julia. A nosotros nos ocurre lo mismo…
–¡Cállate, Manuel! ¿Qué va a pensar la señora directora? Además, aún no hemos hablado con él.
–En primer lugar, señores, no los llamé para que discutieran. Y en segundo lugar, les repito que no soy alguien que crea en esas cosas. ¿Y de qué deben hablar con él?
Un estornudo interrumpió a la directora; fue Roberto.
–Salud, mi amor… –dijeron los tres adultos.
Y una vez más se transformó, ahora en pluma fuente.
La directora también se desmayó.
Esa tarde, ya en casa, Manuel y Julia resolvieron contarle la verdad a su hijo.
–¿En serio puedo hacer eso? ¡De pelos! –exclamó Roberto cuando terminó de escuchar a sus papás.
–Sé que suena emocionante, Roberto, pero no es tan divertido como crees.
–¿Y entonces mi nana güera es mi mamá?
–Sí, sólo que en las noches cambio de cuerpo –admitió Julia.
–Me gustas más de día. Eres más bonita.
–Gracias, corazón.
–¿Y tú eres el gato que a veces está en el buró de mi mamá?
–Sí –respondió Manuel–. No voy a jugar dominó. Siempre me quedo aquí.
–¡Órale! De seguro los papás de Pablo no pueden hacer eso.
–No puedes decirle nada de nosotros a tus amigos. No te dejarían en paz.
–Ta bien, ta bien –dijo, a regañadientes, Roberto.
–¿Ya ves? –su padre comentó a su mamá–. No se espantó. Y tú que estabas tan preocupada.
–Porque salió a mí y no a ti –fue la respuesta de Julia.
–¡Roberto, no te piques la nariz para estornudar! –le advirtió su padre.
Pero era tarde, ahora tenían enfrente un horno de microondas.

Los siguientes días, Roberto era el centro de atención del colegio. Muchos alumnos lo buscaban para pedirle que repitiera su gracia. Otros, más escépticos, le aventaban pimienta o le hacían cosquillas en la nariz con una pluma para ver si eran ciertos los rumores. A los profesores les costaba cada vez más trabajo mantener el orden en la escuela. El colmo fue cuando Roberto estornudó en el patio y se transformó en una pelota. Fue necesario que lo rescatara la directora, pues sus compañeros ya habían organizado un partido de futbol.
–No se vale, miss. Yo iba a cobrar el penalty –reclamó, molesto, uno de los niños.
–¡Se acabó el recreo! ¡Todos a sus salones! –fue lo único que dijo la directora.
–¡Eeeehhh! ¡Ganamos dos a cero a los de segundo A! –exclamó otro alumno.
A la salida, la directora nuevamente tuvo que hablar con los padres de Roberto.
–Sé que es difícil. Roberto era un niño que no daba problemas y un buen estudiante, pero esto ya se salió de control. No me queda más remedio que expulsarlo del colegio.
–Falta muy poco para que sean los exámenes finales –respondió su padre–. ¿Sabe cuánto nos costaría cambiarlo de escuela a estas alturas? De seguro tendría que repetir el año.
–No te fijes en el dinero, Manuel –lo interrumpió Julia–. Es por su bien.
–Lo más que puedo hacer por ustedes, señores, es dejar que Roberto estudie en su casa y venga a presentar los exámenes. Pero no podemos tenerlo para el próximo curso.
Roberto, mientras tanto, era examinado por un doctor en la enfermería para cerciorarse de que no tuviera nada roto.

Aunque intentaba concentrarse, Roberto no se sentía a gusto estudiando en su casa; extrañaba a sus amigos.
–¿Mañana sí voy a la escuela, mami? –preguntaba todos los días.
–Ya te dije que no es seguro que vayas. Tus compañeros te pueden dañar.
–¿Mis amigos no me quieren?
–No es eso, mi amor, pero no saben cómo tratar a alguien como tú.
–Pero no soy malo, mamá.
–Lo sé, hijo. Ándale, vamos a seguir repasando la tabla del siete.
–Ya no, ya me cansé. Ya es de noche; mira la luna, mami.
–Está bien, vete a tu cuarto a jugar y un rato y luego a dormir.
Roberto se fue corriendo a su recámara. Su mamá se quedó pensativa y volteó a ver a su buró.
–¡Roberto, ven acá y regresa a tu papá a su lugar!

Finalmente, llegó la semana de exámenes. Roberto estaba puntual en el patio, junto a sus compañeros, listo para entrar al salón de clases.
Un niño de sexto grado se le acercó.
–Escúchame, enano. En el recreo tienes que acompañarme y estornudar. Te voy a dejar escondido en la dirección. Cuando vuelvas a ser normal, te robas el examen de matemáticas de sexto y me lo traes. Y cuidadito y le dices a alguien, porque te va a ir mal.
Roberto salió corriendo asustado.
En el salón de clases, Roberto trataba de concentrarse para resolver su examen de Español, pero no dejaba de recordar la amenaza de aquel niño. No sabía si decirle o no a la directora lo que le habían ordenado. Como pudo, terminó la prueba y la entregó a la maestra (una nueva; la que tenía antes nunca regresó).
–Gracias. Ve al patio con los demás –y agregó–: pero antes ponte un suéter.
–¿Cuántas contestaste? ¿Sí pasas o truenas? ¿Cuál era la respuesta de la tres? –eran algunas de las frases que emitían sus compañeros. Cuando vieron llegar a Roberto, optaron por alejarse. Roberto alcanzó a escuchar que uno de ellos dijo:
–Vámonos, a lo mejor es contagioso.
Antes de que Roberto pudiera argumentar algo a su favor, se escucharon varios gritos y un fuerte portazo. Dos hombres entraron corriendo a la escuela:
–¡Esto es un asalto! ¡Llévennos a donde guardan el dinero!
Una maestra trató de intervenir:
–¡No le hagan nada a los niños!
–¡Cállese y llévenos a donde guardan el dinero!
–Tlacuache, mejor apurémonos, no vaya a venir una patrulla –dijo uno de los ladrones.
–No nos van a hacer nada aquí. No creo que quieran dañar a una de estas inocentes criaturitas –respondió, burlón, el otro asaltante.
–A ver, niño, ¿dónde está la dirección? –le preguntaron a Roberto.
Roberto no sabía ni qué contestar; estaba tan asustado como todos los demás. De los nervios, comenzó a estornudar en varias ocasiones, y con cada estornudo cambiaba de forma. Pasó de ser niño a barril de desechos tóxicos, a piano de cola, a coche a control remoto, a bufanda, a poste de luz, a libro de cuentos, a jarra de café…
–Ay, mamacita –exclamó uno de los ladrones–. Esta escuela está embrujada.
Roberto seguía estornudando. Ahora era figura de cera, bicicleta, casco de astronauta, máscara de luchador…
–Vámonos, Tlacuache. Esto es cosa del diablo.
Pero el Tlacuache se había desmayado.
Roberto seguía con sus transformaciones: oso disecado, rifle de diábolos, goma de borrar, cámara fotográfica…
El conserje de la escuela aprovechó la confusión para llamar a una patrulla que pasaba en ese momento por ahí. A los policías no les costó trabajo arrestar a los dos ladrones. Una maestra, mientras tanto, se llevó a Roberto para que nadie más viera sus transformaciones.

–Su hijo es un héroe –exclamó la directora–. No quiero imaginar qué habría sucedido si no hubiera sido por su habilidad.
Sus papás aún no podían creer lo que les acababa de relatar la directora, pero estaban orgullosos de Roberto.
–¿Entonces puede seguir en esta escuela? –preguntó su mamá.
–Sí. Y de mi cuenta corre que nadie mencione nada acerca de Roberto y su talento.

Semanas después, Roberto y sus papás se fueron de vacaciones con unos familiares que vivían en Campeche. Ahí el niño supo que sus parientes también se convertían en varias cosas y personas. Todas las noches hacían fiestas muy divertidas en las que organizaban concursos a la mejor transformación.
Cuando regresó a clases, para el siguiente curso, ya nadie lo trató como a un ser extraño. Sus transformaciones siguieron cada que estornudaba, pero pronto se acostumbraron y se limitaban a decirle salud; cuando recuperaba su forma humana le prestaban los apuntes para que se pusiera al corriente en las clases. Tal como lo prometió la directora, todos guardaron el secreto.
En su casa las cosas volvieron a la normalidad. No sabemos si Roberto y su familia dejaron de transformarse, pero al menos ya no se preocupaban tanto por el qué dirán. Claro que los papás de Roberto no dejaban de tener cuidado para evitar que su hijo se resfriara, y de vez en cuando sus vecinos escuchaban discusiones como ésta:
–¡Manuel, Roberto volvió a estornudar!
–¿Otra vez? Te dije que lo abrigaras bien.
–No es mi culpa. Tú le diste permiso de comer helado de postre.
–Pero tú dejaste la ventana abierta.
–¿Y qué querías? ¿Que nos asáramos? Estamos a más de treinta grados. Además, a ti se te olvidó ponerle un suéter.
–Porque tú no los has lavado. ¿O quieres que nuestro hijo ande con la ropa cochina?*


* Nota de los papás de Roberto: Reprobamos categóricamente el que uno de nuestros vecinos se tomara el atrevimiento de contar la historia de nuestro hijo. Es una falta de respeto a su privacidad.
Nota de Roberto: Voy a salir en un libro, ¡qué chido!

7 comentarios:

A las 23 de noviembre de 2010 12:26 , Anonymous Tamara ha dicho...

Leí tu cuento de la familia trasformadora. Me gustó mucho. Felicidades. A ver qué día nos vemos para tomarnos unos tragos.
un abrazo.
Tamara

 
A las 23 de noviembre de 2010 18:20 , Anonymous Anónimo ha dicho...

EXCELENTE TEXTO DIEGO. TE MANDAMOS SALUDOS MI FAMILIA Y YO. UN ABRAZO JOSHYMAN.

 
A las 24 de noviembre de 2010 19:50 , Blogger Becka ha dicho...

Ya extrañaba este blog, muy buen cuento!!!

 
A las 6 de diciembre de 2010 17:47 , Anonymous Anónimo ha dicho...

Me encantó tu cuento, redondo. Un abrazo. Verónica

 
A las 6 de diciembre de 2010 19:18 , Anonymous Leskat ha dicho...

Bueno, solo por este cuento te perdonamos por el año de ausencia. Pero que no se repita, eh! Un abrazote :)

 
A las 13 de diciembre de 2010 07:48 , Blogger B. ha dicho...

Diego, me has hecho la mañana con estas dos actualizaciones (sí, sí, qque apenas leo). Besos.
Blanca Gayosso

 
A las 2 de febrero de 2011 11:11 , Anonymous mariana vargas ha dicho...

Muy buena la continuacion del cuento "un pequeño defecto", leí tu libro EXTRAINNINGS y me paracio muy bueno, me hizo reir mucho.
muchos cuentos como estos¡

 

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