Querido diario
¿Me creerían si les dijera que no me acordaba de que tenía un blog? Bueno, ¿me creerían si les dijera que mis múltiples novias no me dejaban tiempo para escribir? ¿Y si les dijera que me había dado flojera actualizar esta cosa? El caso es que ya por fin me digné a actualizar esta cosa. Ahora la quiniela es para ver cuánto tiempo pasará antes de que vuelva a actualizarlo.
Este texto lo escribí hace once años, lo reescribí hace diez años, y lo volví a reescribir en 2005, para llegar a su versión definitiva. Espero lo disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.
1 DE OCTUBRE (ANTES DEL MEDIODÍA)
Querido diario:
Cuando era niño mi sueño era ser beisbolista profesional: quería formar parte de algún equipo y convertirme en su short stop titular. Mi familia siempre me apoyó y, cuando cumplí cinco años, me inscribió en una liga. Poco a poco aprendí los secretos del juego y me convertí en uno de los jugadores más destacados; hasta que un día fui firmado por un equipo de Ligas Mayores. Tenía dieciséis años y comenzaba a realizar mis sueños. Desde entonces me volví muy supersticioso: si un día despertaba muy temprano y tenía un buen desempeño en el partido, continuaba levantándome a esa hora hasta que ya no jugara bien; entonces modificaba mis hábitos hasta que tuviera otra actuación destacada.
Lamentablemente abandoné mis sueños por culpa de una lesión, y no me quedó otra opción que continuar estudiando hasta graduarme en la universidad. Aún así conservé mis manías. Incluso ahora, que soy gerente de ventas de una importante transnacional, tengo mis rutinas para la buena suerte.
Pero eso se acabó hoy. Quiero que conste que hoy me convencí de que mi buena fortuna no se debe a mis supersticiones, sino a la dedicación que pongo en todo lo que hago. Por eso decidí levantarme a las siete en vez de a las cuatro de la mañana; dejar que mi esposa se bañara antes que yo; desayunar; ponerme primero el zapato derecho en vez del izquierdo. También salí de casa por la puerta principal y no por la entrada de servicio; y no utilicé mi automóvil, sino que caminé al metro y fui a ver a mi doctor después de dos años de tenerlo abandonado.
Tras hacerme un chequeo general, el médico diagnosticó que me queda una semana de vida.
1 DE OCTUBRE (DESPUÉS DEL MEDIODÍA)
Querido diario:
Seguramente pensarás que ya me llevó el carajo, que me desesperé y perdí la compostura; que me puse a llorar como un niño. Y estás en lo cierto.
El doctor opina que soy un caso único en la historia de la medicina: no tengo SIDA, ni ninguna enfermedad venérea; si quiero, puedo pasar mi última semana con mi esposa en la cama sin peligro de contagiarla. Tampoco es algo del hígado, así que emborracharme hasta decir basta es una opción de cómo aprovechar mi tiempo; ni pulmonar, por lo tanto no hay problema si fumo todo lo que desee. Para no aturdirte te diré que, haga lo que haga, no corro el riesgo de empeorar mi salud y recortar mis últimos días de siete a dos o tres.
Ahora mi mente se dedica a pensar cómo demonios voy a aprovechar este tiempo. Carajo, ojalá y mi esposa no roncara tanto. Si sigue así no voy a poder descansar.
2 DE OCTUBRE
Por más que lo intenté no pude. Traté con todas mis fuerzas y no lo logré; mi esposa está desconcertada: no sabe por qué quiero renunciar a mi trabajo ni la razón por la cual no me atreví a hacerlo –cuando se me ocurre algo lo hago de inmediato–. Por lo menos ya estoy dejando todo en orden para que mi reemplazo no tenga tantos problemas en adaptarse al puesto.
La sensación de angustia está acabándome. No disfruto nada de lo que hago. Sólo cuando fui a ver a mi hermana pude reír un rato.
Ella desea tener un hijo y todos los días lo intenta. Hoy fue a la farmacia y compró dos pruebas de embarazo. Acababa de hacerse la prueba cuando llegué. Mi visita le cayó de sorpresa pero le agradó y me pidió que me quedara a cenar. Pasé al baño para lavarme las manos; antes de cerrar la puerta, me advirtió:
–Cuidado con mi prueba de embarazo.
Por supuesto no le hice caso y tomé la prueba para ver cómo era, pero como no sequé bien mis manos el tubito se me cayó en la taza del baño. Angustiado, tomé la otra prueba, leí las instrucciones y, tras ver que sólo requería de una gota de orina y cerrar el tubo, la hice. Salí del baño y me senté en el comedor como si no pasara nada.
–Dame un segundo, voy a revisar el tubito –dijo antes de servir la cena y se dirigió al baño. Me asusté. Unos minutos después salió gritando:
–¡Salió azul, salió azul! ¡Voy a ser mamá!
3 DE OCTUBRE
Como siempre he sido muy ordenado, elaboré una lista de las cosas que quiero hacer en estos últimos días. Fueron varios borradores. La revisaba y la volvía a hacer. Ésta es la definitiva:
1.- RENUNCIAR A MI TRABAJO DEJANDO TODO EN ORDEN PARA QUIEN ME SUSTITUYA.
2.- ACOSTARME CUANTAS VECES PUEDA CON MI ESPOSA.
3.- ESCRIBIR MI ÚLTIMA VOLUNTAD Y TESTAMENTO.
4.- PASAR EL MAYOR TIEMPO POSIBLE CON MI FAMILIA Y AMIGOS.
5.- DEDICAR UN DÍA ENTERO PARA MÍ SOLO.
6.- JUGAR UN ÚLTIMO PARTIDO DE BEISBOL.
7.- FIESTA DE DESPEDIDA.
8.- HACER TODAS LAS LOCURAS QUE DE JOVEN NO ME ATREVÍ.
9.- DISEÑAR MI TUMBA Y ELEGIR UN EPITAFIO.
10.- HISTERIZARME.
11.- MORIR.
12.- SER VELADO.
13.- SER ENTERRADO.
4 DE OCTUBRE
Hoy volví a revisar mi lista de pendientes y sigo satisfecho con ella. Lo malo es que me he dado cuenta de que ya estamos a 4 de octubre y aún no he hecho nada. Voy a perder toda la noche eliminando algunos propósitos. Tampoco hoy voy a poder dormir.
Lo que sí es seguro es que no le voy a decir a mi mujer que dentro de muy poco va a adquirir un nuevo estado civil. No quiero angustiarla ni que calcule cuánto dinero recibirá cuando cobre mi seguro de vida.
5 DE OCTUBRE
Renuncié a mi empleo. No sé cómo le hice, pero me atreví. De sobra está decir que mi esposa se desconcertó al verme en casa antes del mediodía, pero me creyó cuando le dije que había pedido la semana a cuenta de vacaciones, y estuvo de acuerdo en que pasáramos el resto de la tarde en la recámara. A las ocho de la noche nos levantamos y fuimos a cenar a un restaurante de lujo.
–¿Puedo pedir cualquier cosa? –quiso saber ella.
–Lo que sea.
La cena fue deliciosa. Nunca creí que mi mujer fuera tan glotona: probó casi todos los platillos del menú (sé que exagero, pero la cuenta resultó muy elevada; si no estuviera moribundo, la cuenta sí me hubiera matado). Después fuimos a bailar a una discoteca. A las tres de la mañana regresamos a casa. Dormimos abrazados el resto de la noche.
El cura terminó la misa. Mi esposa llora frente al féretro; mis familiares intentan consolarla. Mi hermana ve mi cadáver y lo único que dice es: “Híjole, mano, te vistieron como yuppie”. El velorio fue muy concurrido: fue gente de mi trabajo, mis amigos y mis ex compañeros del equipo de beisbol, quienes después de la ceremonia cenarán juntos para celebrar que vuelven a verse después de veinte años. El dueño de la funeraria anuncia que ya es hora de llevarme al cementerio.
Por primera vez en mucho tiempo llegué tarde a un sitio: nos tocó una manifestación, y además el chofer manejaba muy lento –con lo que odio la impuntualidad–; sin embargo, todos me esperaron. El foso ya está listo para recibirme, el enterrador depositó varios gusanos en él para asegurarse de que mis restos serán devorados correctamente. El ataúd es llevado por unas hormigas que contrató mi mujer. Cuando éstas me dejen bajo tierra, saldrán a toda prisa rumbo al aeropuerto para tomar un avión que las lleve a Washington, donde se reunirán con otras hormigas que planean invadir la Casa Blanca para apoderarse del mundo.
El enterrador comienza a llenar el foso; dentro del féretro escucho claramente cómo la tierra golpea la tapa. Lo único que lamento es que mi hermana tiene razón al mofarse del traje que llevo puesto. Si llené bien mi solicitud y es aceptada, apenas acabe el curso en la escuela de fantasmas, iré a jalarle las patas.
MADRUGADA DEL 6 DE OCTUBRE
Ojalá y no haya hablado dormido, porque si lo hice estoy en grandes problemas.
6 DE OCTUBRE
Hoy este día fue sólo para mí pues mi mujer fue a visitar a sus padres, y como éstos me odian me pidió que no la acompañara.
Desperté temprano para llamar por teléfono a mis amigos pues quería verlos en la noche para despedirme. La mitad dijo que no porque deben ir a trabajar mañana (para qué se me ocurre morir entre semana), la mitad de la mitad restante cambió su domicilio y no tengo modo de localizarlos; estoy seguro de que el resto no quiso contestar mi llamada.
Volví a revisar mi lista. Como lo único que he hecho es acostarme con mi esposa, borré la idea de hacer una fiesta de despedida, así como la de jugar un último partido. Opté por salir un rato a la calle.
El primer lugar que visité fue una funeraria, en donde escogí un ataúd, mandé hacer la lápida y reservé un lugar en el cementerio. Lo único que no conseguí fue que colocaran resortes dentro del sarcófago para que salten violentamente cuando abran la tapa en la misa; tendré que conformarme con un velorio común y corriente. Después me dirigí a una notaría para hacer mi testamento.
A mediodía pasé a la oficina para saludar a mis ex compañeros. En vez de recibir muestras de cariño, todos me reclamaron por mi renuncia pues han tenido muchos problemas para terminar lo que dejé pendiente.
El resto de la tarde estuve dando vueltas en un parque cercano a la casa donde nací. Ahí vi a varios niños pasear con sus padres, ancianos que salían acompañados de enfermeras, parejas besándose y alguno que otro tipo haciendo ejercicio. Aunque traté de no entristecerme, mientras estuve ahí mis pensamientos no eran precisamente alegres. Lamenté no haber tenido hijos, me sentí mal porque sé que nunca caminaré con la ayuda de una enfermera que finja poner atención a lo que digo, y recordé cuando era un adolescente que trataba de besar a sus acompañantes. Mis pensamientos fueron interrumpidos por un balonazo que me dio un niño; lo peor de todo fue que ni siquiera pude reprenderlo porque su papá era mucho más alto y fuerte que yo.
Antes de ir a casa pasé al bar por un último trago. Ahí estuve tres horas. Al llegar a casa sólo la luz de la entrada estaba encendida. Mi esposa dejó un recado en la puerta para disculparse porque no pudo esperarme despierta. Traté de llegar a la recámara de manera silenciosa. Antes de meterme a la cama le di un beso en la mejilla. Ella sólo gimió y siguió dormida.
¡CARAJO! No quiero irme... No ahora... No quiero que los que vayan al velorio se dediquen a contar chistes dizque para aliviar la tensión... Ojalá y sí vayan mis amigos y familiares al entierro, pero no porque quieran asegurarse de mi deceso sino porque en verdad desean despedirse de mí... Es definitivo, el ataúd va a permanecer cerrado; de ninguna manera voy a permitir que me vean y digan que me dejaron como yuppie... No quiero que sean hormigas las que carguen el féretro... Todavía no quiero irme... No importa que no haya vivido muchas cosas, tengo derecho a quedarme... Al menos ahora sí voy a librarme de pagar impuestos... Si existe la reencarnación quiero regresar en forma de caballo... Debí haber gozado más de los años que me tocaron.
7 DE OCTUBRE
Desperté a las seis de la mañana. Fui a la cocina para desayunar y luego me dirigí al estudio. Me quedé viendo mis libreros. No pretendía leer nada puesto que ya terminé la mayoría de esos libros y de ninguna manera voy a iniciar uno que sé que no voy a acabar. Lo que sí hice fue tomar la lista de propósitos y quemarla (lo malo fue que con el humo se activó la alarma de incendios y mi mujer salió corriendo en busca de ayuda). Esto de planificar es una tontería. Lo único que he hecho es obsesionarme por pasarla bien. Lo mejor será improvisar.
Al momento de escribir esto son las nueve de la mañana.
Hoy es el último día de mi vida y quiero aprovecharlo.
–Mi amor, ya no vayas a quemar nada. Por favor.
–No te preocupes. Vuelve a dormirte.
–No puedo. Tengo algo que decirte: estoy embarazada.
FIN
Texto publicado originalmente en:
Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005.

6 comentarios:
Estimado licenciado, me gusta el final y lo poco o mucho que habrá de la vida real. Actualmente vivimos en un mundo lleno de enfermedades mortales y no aprendemos a disfrutar de la vida. Hay que hacerlo!!!
Felicidades por expresar y hacer que nosotros lectores de tu blog, un mar de diversas sensasiones en cada historia leida.
Cratz
* Siempre lo he dicho, VALE LA PENA TANTA ESPERA!!!
* Tus texXxtos son de lo mas mejor!!!
* Pero sabes, no ntndi ke es yuppi o eso ja
* Y a ver cuando t dignas acordarte de mi, eh!!! :'(
* Weno, m vooooy
* Cuidat y no olvides ke t kiero mucho-harto-bastante =D
Excelente texto Diego, como cada uno de los anteriores. Es cierto, siempre estamos planificando y a fin de cuentas es poco lo qeu hacemos, a veces nos hace falta tomar la vida como viene, disfrutarla plenamente.
Saludos desde Querétaro
Buenisimo, muy chido. Sere mas improvisada y menos preocupona jeje
Yo siempre he tenido ese dilema de planear o vivir la vida como viene, en general los planes me han salido bien creo y las aventuras improvisadas tampoco han faltado... pero tu texto me pone a pensar ¿y ahora en que voy a meterme? ... No se todavía, pero seguro en algo ¡divertido! Me encantan tus cuentos, espero publiques más y más. Un abrazote.
MIRA NADA MAS...ESTABA CHECANDO MI MAIL Y ME LLEGO TU INVITACION...TENGO UN CHORRO DE CHAMBA Y NI MODO ME ATRAPO LA LECTURA,,,MUY AMENA DIVERTIDA Y AGIL...UN ABRAZO Y SALUDAME A QUIEN TE ESCRIBE LAS HISTORIAS =:oP
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