Un pequeño defecto
Injustamente, muchas personas me han clasificado en esa delicada categoría de loco. Digo injustamente, porque no me conocen. Pero para que vean que soy buena onda, aquí les doy los argumentos suficientes para que, ahora con conocimiento de causa, me sigan considerando loco.
Lo sé, ahora me tardé casi dos meses en actualizar. Pero es que aparte de loco soy flojo. o(
Pero ahora sí, aquí va la tan esperada actualización de mi blog favorito. Espero la disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.
Quienes conocieron a Manuel decían que cuando Dios le preguntó qué defectos quería tener, él contestó: “Todos”. Distraído, de mal carácter, antisocial, egoísta, vanidoso... Sus virtudes eran imperceptibles incluso para la persona mejor intencionada, razón por la cual nunca había tenido novia. Pero de todas sus peculiaridades, una sobresalía: desde que cumplió 24 años, en las noches de luna llena se convertía en gato de cerámica.
Este mal lo heredó de su familia materna. El primero de sus antepasados en manifestar dicha enfermedad (por llamarla de alguna manera) fue un soldado del siglo XVII. Todas las noches de luna llena se convertía en herradura de caballo.
Con el paso de los años, sus descendientes se fueron transformando en distintas cosas, desde piezas de mármol hasta arbustos. Por ejemplo: la tía de Manuel se convertía cada decimoséptima noche en reproducción en miniatura de la Diana Cazadora; la mamá de Manuel, en estatua de barro cada primero de mes (y el papá de Manuel aprovechaba para cambiarle la fisonomía).
Si bien todos sus parientes habían tomado la maldición con algo de sentido del humor, Manuel no les creyó a sus padres cuando éstos le dijeron la verdad e, incluso, le mencionaron que él era el primero de la familia que se transformaba con todo y ropa.
Como pensó que sus progenitores habían perdido la razón, Manuel se mudó a un departamento. Naturalmente, a sus padres les dolió mucho la decisión de su hijo (y también el que les llamara “pinches locos” antes de irse), pero se sintieron tranquilos pues sabían que Manuel siempre estaría solo en casa cuando se transformara en gato de cerámica.
Los primeros meses del Manuel independiente transcurrieron tal y como sus padres vaticinaron. Sin embargo, un día decidió no ir a su casa después de trabajar sino pasear un rato en un centro comercial que casi siempre estaba vacío. Al pasar bajo el techo de cristales, Manuel vio la luna llena y, ante los ojos de una vendedora de artesanías, se transformó. La mujer, asombrada, no podía articular palabra alguna; únicamente tomó al gato y lo llevó a la tienda para tratar de contarle a su jefa lo que acababa de ver, pero apenas entró con la figura, ésta la reprendió por estar jugando con la mercancía y colocó al gato en un estante.
Poco antes de cerrar el negocio, una excéntrica señora de edad avanzada entró a la tienda, vio a Manuel y lo compró.
–Está horrible, pero no tengo ninguno de cerámica en mi colección –dijo la dama antes de salir del local.
Tras dos horas de viaje por carretera, la señora llegó a su casa, colocó la figurilla en la mesa de la sala, junto con los demás gatos, encendió su cámara de video para grabar cómo pasaba la noche el nuevo gato y se retiró a dormir.
En la madrugada, un ruido la despertó. La señora se asomó a la sala y vio a Manuel tirado sobre los pedazos que antes formaban la mesa.
–¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Qué quiere? ¡No me mate! –exclamaba asustada la señora.
–¿Qué carajos hago aquí? –preguntaba confundido Manuel.
Durante algunos minutos, Manuel y la señora sólo gritaban cosas ininteligibles, hasta que ella le dio una patada y lo noqueó con un pedazo de la mesa. (Información adicional: la transformación ocurrió porque una nube tapó la luna llena.)
Cuando la señora estaba a punto de huir, la luna llena volvió a lucir en el cielo y Manuel se convirtió de nueva cuenta en gato. La señora se desmayó.
A las diez de la mañana del día siguiente, Manuel abrió los ojos; tenía un chichón en la cabeza. Lo primero que vio fue a la señora, quien le dijo:
–No sé qué fue lo que pasó, pero yo a usted lo compré cuando era gato de cerámica y no voy a dejarlo partir, mi colección quedaría incompleta.
–¿Cómo que me compró? –preguntó Manuel desconcertado.
Por toda respuesta, la señora le mostró la cinta de la cámara de video. “Mis padres no estaban tan locos”, pensó Manuel. Posteriormente, decidieron solucionar el conflicto; hablarían de mujer con manía por las figuras de gato a hombre que se transformaba en una de éstas quién sabe por qué.
Tras la presentación formal, la señora, llamada Berta, se desilusionó al conocer el nombre de Manuel, pues deseaba ponerle Groucho.
Manuel quiso llamar a su oficina para justificar su falta, pero no servía el teléfono de la casa; intentó abordar un taxi para ir a su departamento, y descubrió que se encontraba en Querétaro; trató de convencer a la señora Berta de que ya tenía una vida hecha en la capital, pero a ella le valió. Manuel tuvo que admitir que estaba atrapado.
El segundo problema a resolver fue dónde dormiría Manuel. Obviamente no sería en la misma cama que la señora Berta. Decidieron que pasaría las noches en la sala (previo a cerrar todos los cajones y la recámara de la señora con llave).
Por último, y lo que más les costó solucionar, la señora intentó asignarle un trabajo a Manuel.
–Le advierto que yo me recibí de administrador y no pienso dedicarme a algo que no tenga que ver con mi carrera –amenazó Manuel.
Astutamente, la señora Berta lo nombró Administrador de las Labores Domésticas. Tres días después, Manuel descubrió que se había convertido en un simple mayordomo.
Durante los primeros tres meses, la relación se limitó a las órdenes que la señora le daba a Manuel. La única labor que no le permitía hacer era ir al supermercado para que no intentara huir, por lo que doña Berta contrató el servicio a domicilio.
Manuel cada día se acostumbraba más a su nueva vida (aunque no por eso le gustaba) y pronto aprendió a realizar la limpieza y demás quehaceres; lo único malo era que cuando iba a sacudir la colección de gatos, la señora le decía: “Cuidado y rompes uno de mis gatos; a lo mejor entre ellos está tu abuelo”.
Todas las noches de luna llena, Manuel volvía a ser Groucho, el número 45 de la colección.
El cuarto mes trajo cambios importantes. Mientras desayunaba un sándwich en la cama, doña Berta sufrió un infarto y murió. Asustado, Manuel tomó dinero de la casa y huyó. Tras vagar unas cuantas horas, entró a una fonda para comer. Cuando le trajeron la sopa, se le acercó una mujer que le pidió permiso para compartir la mesa; al poco rato, la mujer comenzó a hacerle plática y a comerse el pan de Manuel. Los primeros quince minutos, él se limitó a decirle: “No se trague mi comida y cállese, que no me deja ver la tele”, pero como no había televisión en la fonda y la muchacha ya se había acabado el pan y la salsa, no le quedó más remedio que escucharla.
Conforme transcurría el almuerzo, Manuel se olvidaba de la señora Berta y comenzó a fijarse en aquella mujer que intentaba sacarle algo más que monosílabos, y cuando descubrió que tenía abierto un botón de más en su blusa, comenzó a mostrarse si no simpático, sí tolerable, y le propuso a la dama que fueran al cine.
Al terminar la película, Manuel sugirió que fueran a un hotel. “De alguna manera tengo que librarme de esta tensión”, fue su razonamiento. Para su sorpresa, ella aceptó.
–¿Cómo te llamas? –preguntó entonces Manuel.
–Julia.
Ya en la habitación, Julia admitió que en verdad sentía algo por Manuel, aunque le parecía horrible y antipático.
–Tal vez el destino quiere que estemos juntos –agregó.
–No arruines esto platicando. A lo que vinimos –respondió él.
Como es de imaginarse, el acto no se llevó a cabo porque a Manuel se le había olvidado que esa noche habría luna llena. Conforme se desnudaban, comenzó la metamorfosis.
–¿Qué tal estuve? ¿Te gustó? –preguntó Manuel cuando una nube tapó la luna llena y él volvió en sí. Para su sorpresa, Julia le contestó desde el baño:
–Los gatos de cerámica no pueden tener relaciones.
Nervioso, Manuel comenzó a pensar en alguna excusa que fuera creíble. Sin embargo, antes de que pudiera decirle que todo había sido una ilusión óptica, apareció ante él Marilyn Monroe.
–Creo que tenemos enfermedades parecidas –dijo ella antes de que la nube descubriera la luna y Manuel volviera a ser gato.
Al día siguiente, Manuel y Julia decidieron contarse su historia:
–Pos no sé por qué coños me pasa esto. Alguna vez mis papás me dijeron algo, los tiré de a locos y me largué de la casa, pero resultó ser cierto. Lo único seguro es que esto es cada luna llena.
–Eres afortunado. Desde que cumplí veinte años me transformo en Marilyn Monroe a diario, desde las siete de la noche hasta las siete de la mañana. También ignoro el porqué –confesó ella.
En el transcurso del día, Julia le contó que todos los miembros de su familia paterna padecían de algo similar: su padre se convertía en Buddy Holly; su hermano, en Babe Ruth; sus tíos, en los hermanos Marx...
–Aunque nosotros lo tomamos de buena manera. Es más: decidimos aprovechar nuestras transformaciones para montar un espectáculo en el Teatro Blanquita.
–Se volvieron millonarios, supongo –comentó Manuel mientras calculaba cuánto dinero tendría ella.
–No. El show duró apenas dos semanas. Como nadie conocía a los personajes en los que nos convertíamos, la gente no iba a vernos. El empresario decidió cancelar el espectáculo.
También le contó que tras ese fracaso decidió alejarse de su familia por un tiempo e intentar llevar una vida normal.
–Mi vida amorosa, sin embargo, es un desastre.
–Pero si te conviertes en Marilyn por las noches no deberías de tener problemas para conseguir novio.
–Eso es lo malo: todos quieren estar conmigo sólo por mi apariencia.
“Bueno, no eres muy simpática que digamos”, pensó Manuel.
Para evitar que Julia le contara más sobre ella, Manuel le propuso que lo acompañara al D.F. para tratar de recuperar su departamento. Cuando llegaron, descubrió asombrado y ofendido que ninguno de sus vecinos había notado su ausencia.
Obviamente, la casa estaba llena de recibos de pago de la renta, el teléfono y la luz. Dos horas después, terminaron de guardar toda la correspondencia, calcularon a cuánto ascendía la deuda (“ya les pagaré mañana”, decía Manuel) y de limpiar un poco el apartamento.
–¿Quieres hacerlo esta vez? Hoy no habrá luna llena –propuso entonces Julia.
A partir de ese día, se volvieron inseparables. Manuel le contó a Julia todo lo referente a la señora Berta y Julia le platicó más detalles de su vida, y si bien nunca nació entre ellos algo parecido al amor, poco a poco aprendieron a estar juntos (Manuel incluso confesó que se estaba acostumbrando a ella), por lo que decidieron casarse. Además, era muy probable que nunca pudieran relacionarse con alguien más.
La boda se realizó un sábado por la mañana. Julia invitó a todos sus familiares; Manuel, a nadie. Pasada la luna de miel, ambos consiguieron trabajo. Ella, de maestra de actuación; él, como administrador en una fábrica de telas.
Lo último que se supo de esta pareja es que tuvieron un hijo al que llamaron Roberto, quien justamente hoy cumple cinco años y aún no se ha transformado en nada.
Texto publicado originalmente en la ya extinta página electrónica www.bagonliterario.com, por cortesía de mi amigo Gonzalo Pozo, en el primer trimestre del año 2004.
Publicado también en:
Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005
Tinta seca, núm. 73, México, septiembre-octubre de 2005.

8 comentarios:
Estas loco!! ah no... eso no era lño que iba a decir.
2 meses pero valiò la pena la espera. Me gustò mucho este texto. Mmmm... me imagino como serian las cosas si cada dia tuviera a una mujer que se convirtiera en Marylin Monroe... jaja
Saludos compadre!
Que tal Diego!!! Como estas??? espero bien. Me latio el cuento, es interesante y creo qeu refleja un poco lo que cada uno de nosotros es, como siendo una persona tratas de aparentar ser otra... con luna llena o sin ella.
Saludos desde Querétaro
Victor / Vulzat
Saludines, estimadérrimo:
De los relatos que le he leído, este ha sido de los más amenos e ingeniosos (aunque confieso que he leído como dos, éste incluido, y a medias).
Ya en serio: cada vez más chiditos sus cuentos, reitero mi oferta de editarle una antología (ahora que me propuse sólo editar lo que me agrade... -aproveche que me la paso pedo, y así ni cuenta me doy, hic-).
Un abrazismo piojil y a ver qué opina de estas miserias cotidianas: alguienomas.blogspot.com
No, pues si estas loco...jajaja. Pero que sería de esta vida si no tuvieramos algo de loco y raro (me incluyo). Me encanto tu texto, se me hizo muy ingenioso, más lo de Monroe, que conveniente no? a ver por que no se convertia en Paquita la del Barrio?? jajaja. Un fuerte abrazo.
Querido amigo, lo que es estar tranquila y un poco descansada. El otro día intenté leerlo y no recuerdo que se trataba de este cuento que efectivamente lo leí en su desarrollo de Extrainning, Ostraco.
Gracias por amenizar el medio día.
Un abrazo fuerte,
Cratz
Ora si, diganle loco al loco de Alvin con justa razón XD...
No, ya en serio no deja de sorprenderme como logras captar en tus historias situaciones tan comunes que muchas veces pasamos sin tomar en cuenta y que contadas por ti resultan tan amenas y... ¿como podríamos calificarlas?... ¿locas? Como esta ¿Quien en su sano juicio no ha temido convertirse en gato de cerámica bajo la luna llena? ah verdad...
Salud-os Alvin!
Otra vez le esta saliendo polvo a eso compadre...
Espero que estes bien. Un abrazo.
* Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
* Chales, no había podido pasar =(
* Muy chido =D
* Sabes...?? Yo a vcs m convierto en DARK LADY TORNADO jajajajajajajajaja xD
* Saludos, mi stimadisimo Alvin
* A ver cuando tnmos oportunidá d platicar!!! =)
* Te xXxtraño =(
* Mañana ((spero)) keo ek proxXximo
* Me muero d sueño =S
* Pero valio la pena!!!!
* Siempre es un placer leer algo tuyo =)
* Nos vemoooooooos
* Un abrazototototote =D
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