viernes, 7 de marzo de 2008

Pelota caliente

Todos tenemos derecho a un día
de gloria antes de morir.
Don Larsen

A Morelos Torres, Ari Cazés y a Rafael Luna

CALENTANDO EL BRAZO

Y pensar que todo inició con un accidente.
El lanzador anunciado por nuestro equipo –Rieleros de Aguascalientes– se lesionó al querer lucirse delante de su novia. Siendo pitcher, y como en la Liga Mexicana de Béisbol se utiliza la regla del bateador designado, no era necesario que realizara la práctica de bateo; sin embargo, él insistió, mejor dicho: rogó, para que le dejaran batear y así demostrarle a su pareja que él también podía pegarle a la bola.
Como no estaba acostumbrado a batear, el lanzador se paró muy cerca del home. Tan cerca, que cuando abanicó la pitcheada, en vez de hacerlo con el bat, la bola hizo contacto con su mano izquierda, la de lanzar. La mano sufrió tal hinchazón que nuestro manager se vio obligado a cambiar el line-up.
Lo peor de todo era que no íbamos a jugar un partido común y corriente, se trataba del quinto juego de la serie por el campeonato de la liga, y auque teníamos ventaja de tres juegos a uno, ése iba a ser el último partido a celebrarse en nuestro estadio. Si ganábamos, seríamos campeones; en caso de perder, la serie se trasladaría a Coatzacoalcos, Veracruz, donde estaban programados, en caso de ser necesarios, los encuentros seis y siete de la final, y nuestro rival, Azules de Coatzacoalcos, era un equipo muy difícil de vencer en su casa.
Éste era, probablemente, el juego más importante de toda la serie y nuestro abridor, por querer presumir de algo que no sabía hacer, no podría lanzar. Por si fuera poco, el resto de la rotación abridora estaba muy trabajada. La serie había sido definida por algunos cronistas como “la reivindicación del pitcheo con el béisbol” (y es que esa temporada se caracterizó por la gran cantidad de homeruns que hubo –aunque ése sería el último año en que se utilizaría una pelota tan viva–): los cuatro partidos que se habían efectuado se decidieron por tres o menos carreras. Tres de esos cuatro cotejos se fueron a extrainnings –el más largo duró quince entradas–. Indudablemente, el staff de pitcheo de ambos equipos estaba agotado. Por eso, nuestro manager tomó una decisión que en un principio consideré suicida:
–Ortiz, toma tu guante y calienta; tú abres.
Muchos de nosotros pensamos: “Ortiz no está acostumbrado a abrir juegos, mucho menos a tirar más de dos entradas, lo van a apalear”. Pero el “jefe” sostuvo su decisión y abriría el juego con nuestro cerrador de lujo.

LA PRIMERA ENTRADA

El cambio en la alineación fue sorpresivo para todos, en especial para los cronistas, quienes trataban de recordar la última vez que un equipo abrió un encuentro con un pitcher relevista.
Cuando el sonido local puso la canción “Transilvania”, la cual tocaban cuando Ortiz entraba a relevar –generalmente en la novena entrada–, los aficionados no supieron qué pensar. Aunque Ortiz era un buen lanzador, no dejaba de ser un novato cuya especialidad consistía en salvar los juegos, no dejarlos ganados para que otro los terminara.
Los tres primeros bateadores de los Azules de Coatzacoalcos se fueron en orden: un roletazo a tercera, un elevado a segunda y un ponche. Bastaron siete lanzamientos para librar el primer escollo. Nosotros, en cambio, aprovechamos el descontrol del lanzador de los veracruzanos para timbrar dos carreras.
Rieleros de Aguascalientes 2, Azules de Coatzacoalcos 0.

LA SEGUNDA ENTRADA

Como todo buen relevista, Ortiz estaba acostumbrado a que tenía que tirar strikes inmediatamente para frenar el ataque del rival. Y eso fue lo que hizo. Bastaron sólo cuatro lanzamientos para dominar a sus adversarios.
Rola a segunda, rola al pitcher y foul a primera.
Ortiz miró hacia las tribunas pero no encontró a quienes buscaba. “A lo mejor llegan más tarde”, pensó.
En esa entrada nos fuimos en orden.

LA TERCERA ENTRADA

Por cierto, no me he presentado. Mi nombre no importa; mi función dentro del equipo, sí: yo era el coach de pitcheo.
–¿Quieres que mande a alguien a calentar al bullpen? –dije al manager.
–Primero deja que se meta en problemas –respondió el manager y se puso a mandar las señales al catcher, quien a su vez se las envió al pitcher. Tres entradas. Ya había rebasado su límite.
Era muy probable que no tuviera líos en esta entrada. Después de todo, sólo llevaba once pitcheadas. Y así fue. Tal vez se esforzó un poco más, pero retiró en orden a nuestros rivales. Mi contador de pitcheadas marcaba veintiún lanzamientos. Para los que les gusta llevar el box-score, ahí les va la entrada:
Rola a primera base, ponche tirándole y elevado al jardín central.
Nosotros de nueva cuenta nos fuimos en cero.

LA CUARTA ENTRADA

En este inning sucedió algo chusco que por poco nos cuesta el juego.
El primer bateador conectó un roletazo que el propio Ortiz fildeó de un bote. Sin embargo, la pelota se atoró en su guante. Para sacar al corredor en primera, Ortiz se quitó el guante y lo arrojó con todo y pelota al inicialista, quien sorprendido lo atrapó. Entre risas, el umpire marcó el out.
Ortiz estaba tan divertido con esa jugada que se descuidó y los siguientes dos bateadores conectaron batazos muy sólidos que estuvieron a punto de volarse la barda; pero tanto el jardinero central como el izquierdo, con muy buenos saltos, les robaron los cuadrangulares a los contrarios. Coatzacoalcos se fue en orden, pero ya le estaban encontrando la pelota a Ortiz.
Nosotros tampoco pudimos anotar en esa entrada.

LA QUINTA ENTRADA

–Estoy nervioso –me dijo Ortiz mientras bateábamos en la parte baja de la cuarta–, nunca he tirado más de dos entradas y ya voy para la quinta.
–Tranquilo.
–Es que si saco esta entrada sin carreras, va a ser juego oficial y puedo aspirar a la victoria.
–Deberías de estar acostumbrado a la presión. Casi siempre entras a lanzar con ventaja de tres o menos carreras y los hombres peligrosos al bat. ¿Cómo está tu brazo?
–Bien, sólo espero no cansarme.
–Si veo que tienes dificultades pongo a calentar a un relevista.
–No, yo quiero acabar con el juego.
–Entonces no te presiones más de la cuenta. Además, piensa que por muy importante que sea este juego, hay cincuenta millones de chinos del otro lado del mundo y ninguno te conoce.
Ortiz empezó a reír tan fuerte que casi se ahoga con su chicle, a pesar de que el chiste era muy malo. El último out de la parte baja de la cuarta entrada cayó y Ortiz seguía carcajeándose.
El primer bateador del quinto rollo aprovechó que Ortiz estaba desconcentrado y sacó una fuerte línea que amenazaba con picar de hit; posiblemente sería un doble. Todavía me acuerdo de la ovación que el público le dio al jardinero derecho por su gran atrapada. Era la tercera vez que los aficionados se emocionaban por el buen fildeo de nuestros outfilders. Eso ya era para preocuparse; decidí ir al montículo y tener una plática con Ortiz, al mismo tiempo mandé a dos pitchers al bullpen.
–¿Qué pasa? –me preguntó Ortiz asustado, en verdad no quería salir.
–Te están encontrando la pelota –le hice notar.
–Pero han caído los outs.
El catcher, quien también había ido al montículo, le señaló que no estaba trabajando a los bateadores y además se le estaba quedando arriba la pelota. Eso en verdad molestó a Ortiz, quien le gritó al catcher:
–Tú encárgate de recibir la bola y yo hago el resto.
Era la primera vez en mucho tiempo que le decían a Ortiz que se estaba equivocando y se veía muy enojado.
–Calmado –le dije–, por si las dudas, ya están preparándose los relevistas.
Ya no pudimos hablar más, el umpire nos indicó que reanudáramos el juego y regresé al dugout dando por terminada la charla.
La molestia de Ortiz era notoria y los siguientes dos bateadores se poncharon. Tal vez el enojo ayudó, pero no porque les tirara más duro (su bola rápida llegaba a 70 millas por hora, y ni qué decir de su bola lenta: ésta tardaba dos entradas en llegar a home), sino porque se volvió más cuidadoso y sus pitcheadas ahora sí quebraron como siempre lo habían hecho.
A pesar de nuestra plática, o tal vez gracias a ella, los Azules se fueron en orden. Nosotros logramos una carrera más.
Rieleros de Aguascalientes 3, Azules de Coatzacoalcos 0.

LA SEXTA ENTRADA

Cualquier pitcher se sentiría más tranquilo sabiendo que su equipo le acababa de dar una carrera más de ventaja. Ortiz, en cambio, seguía furioso. No sé qué pasaba por su mente, pero algo le estaba molestando.

–Eso es fácil de explicar.
–¿Qué haces, Ortiz?, ésta es mi narración.
–Voy a explicar por qué seguía de malhumor.
–Está bien, cuenta tú el resto de la historia.

Para empezar, les diré que cuando saqué el último out de la quinta entrada señalé al coach de pitcheo y le dije: “Aún puedo dar más”; el catcher me oyó y me respondió que no fanfarroneara e hiciera mi trabajo. No sólo eso me molestó: los dos relevistas seguían calentando en el bullpen. Tal parecía que no me tenían confianza. Le indiqué al manager que podía guardar a los relevistas, que yo iba a terminar el juego, pero él comentó que no quería arriesgarse. El coraje que me provocó eso me motivó.
Además, yo estaba esperando a que llegaran unas personas, y ya íbamos a abrir la sexta y aún no se aparecían (eso ya lo había dicho el coach al contar la segunda entrada, y lo sabía porque yo se lo dije después del juego).
Aparte, no sé qué bromista le dijo al del sonido local que en vez de poner “Transilvania” tocara otra canción, y el desgraciado escogió “La patita”. Eso fue suficiente para que en cinco lanzamientos (modestia aparte, ahora puedo decir que fueron muy buenos) retirara la entrada. Rola a segunda, rola al short y foul al catcher.
Para variar, Rieleros se fue sin anotar.

LA SÉPTIMA ENTRADA

Recuerdo la primera vez que me enamoré. No en la adolescencia, ésas no cuentan, sino cuando ya era un hombre. Un hombre joven, claro, sólo tenía 18 años. Dios mío, ella era preciosa. Yo todavía no jugaba béisbol profesionalmente, aunque seis meses después de debutaría en la sucursal de los Rieleros en Zacatecas. Al principio no me atrevía a hablarle.

–Ortiz, ¿esto qué tiene que ver con el juego?
–Déjame contar las cosas a mi modo.

¿Dónde estaba? Ah, sí, en esta silla. Como les decía, yo era muy tímido y no me animaba a decirle hola, mucho menos a confesarle que me gustaba. Un día, sin embargo, tuvimos la oportunidad de charlar un rato, pues nos encontramos en un microbús. No he aclarado que yo a ella la conocí en la escuela, pero como les decía, ese día empezamos a platicar y a los diez minutos me dieron ganas de besarla; cinco minutos después me dieron ganas de cederle mi asiento. No la besé porque era muy prematuro. Además, no parecía que yo le gustara.
Los siguientes días empezamos a llevarnos mejor. Si nos encontrábamos en la escuela, platicábamos durante varias horas. Perdí muchas clases por su culpa, pero eso no me importó. Con el tiempo nos hicimos muy buenos amigos. A ella le dio mucho gusto cuando me aceptaron en el try-out para el equipo de Zacatecas e iba a todos los juegos en los que yo tiraba; cuando me hicieron relevista, asistía a todos los partidos del equipo porque no se sabía en qué momento podía entrar a lanzar.
No obstante, ella era muy distraída para las fechas, y aunque la invité y le recordé varias veces que el viernes (no digo cuál) era mi cumpleaños, no fue a verme. Después me enteré de que es día estaba con mi mejor amigo, quien tampoco fue a la fiesta, en un hotel de paso. Yo había hecho planes para declarármele, pero no contaba con que esa noche ella conocería el sexo.
Al día siguiente, cuando me contó lo sucedido, le recordé que había sido mi cumpleaños. Apenada, me dio un abrazo. No sé de dónde saqué fuerzas para abrirle mi corazón, ni por qué lo hice (siempre he sido muy inoportuno), pero le confesé lo que sentía y traté de besarla. Ella se limitó a responder que yo era un niño muy tierno –qué se creía, ya había cumplido diecinueve– y que por favor no insistiera más pues no quería perder esa imagen de mí. Después de eso se alejó de mí.
Dos años más tarde, supe que tomó esa decisión para no herirme. Pero a mí me dolió más el que ella ya no fuera parte de mi vida, aunque sólo me viera como a un amigo.
Narro esto porque era lo que estaba pensando cuando me enfrenté al primer hombre de la séptima. En cuenta de tres y dos lo ponché con un sinker que lo engañó por completo.
Después de ese incidente decidí no fijarme nunca más en una mujer. Yo estaba pensando seriamente en hacer carrera en el béisbol. Mi padre reaccionó de manera favorable ante mi decisión: me dejó de hablar y me corrió de la casa (pudo haber sido peor, al menos no me pegó). Eso fue lo más duro a lo que me enfrenté en la juventud. Debido a que él decidió no apoyarme, tuve que irme a vivir con mis abuelos maternos.
Ni siquiera cuando firmé un contrato con los Rieleros, después de haber jugado en sucursales y de prepararme un año en el Centro de Desarrollo de Beisbolistas, en El Carmen, Nuevo León, me perdonó.
La última vez que lo vi, antes de irme a vivir a Aguascalientes, dijo que estaba desilusionado de mí, pues no había engendrado a ningún pelotero, y si quería su perdón, debería elegir entre el béisbol y él. Ya se imaginan qué decidí, y no me arrepiento. Poco después nos reconciliamos. (Para ser más exactos, ayer, diez años después del partido que les estoy contando.)
El segundo bateador batalló bastante con mis lanzamientos, pero finalmente logré que elevara al short stop.
Mentiría si dijera que no tenía amigos en Zacatecas. Sí los tenía, y no me refiero sólo a Cecilia y Javier, los fulanos de quienes les hablé hace dos outs, sino de mis vecinos Álvaro y Ana. Ellos son gemelos, y con una cara tan fea que no sabíamos si eran vegetales o minerales.
Los tres compartimos muchas cosas: navidades, cumpleaños, la pubertad (Ana fue la primera en tener barba.) Yo los quería como si fueran de mi familia, y por eso me desilusioné tanto cuando no me apoyaron con un problema escolar que tuve.
Estoy consciente de que ellos no estaban obligados a auxiliarme, pero me decepcionó la forma en que declinaron brindarme su apoyo. Para mí era muy fácil mentirles para obtener su ayuda y así librarme del problema, pero preferí ser honesto, tal y como fui educado.
En un principio, ellos accedieron a ayudarme. Después cambiaron de opinión. Todos tienen derecho a hacerlo, pero nunca me avisaron. Y no sólo fue eso, sino que además se escondieron de mí. Se negaban por teléfono, o me colgaban si ellos eran los que contestaban. Cuando iba a su casa no me recibían.
Lo peor no fue eso. Lo que en verdad me decepcionó fue que mi papá se negó a darme la razón. Él me dijo que yo era quien había cometido la falta al querer aprovecharme de su amistad. Yo le hice notar que había actuado con honestidad, que nunca les oculté nada, pues para mí era muy fácil engañarlos para que me ayudaran sin darse cuenta. Pero él siguió en las mismas: el traidor y quien debía disculparse era yo. Ellos no tenían por qué soportar mis problemas.
En tres lanzamientos, tres rectas, liquidé el último tercio de la entrada de la suerte. Mis compañeros, en cambio, llenaron las bases, pero el lanzador de los Azules apretó el brazo y no pudimos anotar.

LA OCTAVA ENTRADA

Antes de que se aburran con la vida de Ortiz, les voy a hacer un favor y ahora yo voy a platicar lo que resta del juego.
Ese día jugué en la posición número dos, catcher. Yo era quien llamaba las pitcheadas que Ortiz tiraba, y sabía qué le estaba funcionando y qué no.
En el dugout estábamos conscientes de lo bien que estaba tirando, a pesar de sus descuidos en la cuarta y quinta entradas. Alvin, el pitcher programado para lanzar en Coatzacoalcos en caso de que hubiera un sexto juego, me señaló algo de lo que ya me había percatado.
Después de esa plática en el montículo, los lanzamientos de Ortiz mejoraron notablemente. Le comenté al “jefe” lo que Alvin y yo notamos y éste, para que Ortiz se molestara un poco, mandó al bullpen a un zurdo y a un diestro.
Cuando Ortiz se dio cuenta, me dijo que no sabía por qué ponían a calentar a los relevistas. Él no se sentía cansado y podía continuar (claro que no estaba cansado, era un niño de 23 años, a esa edad uno no se cansa).
–A lo mejor tiene miedo de que te lesiones y en cualquier momento te releva –le hice notar.
–Con lo bien que estoy tirando –presumió Ortiz.
–Bájale. Estás haciendo un esfuerzo mayor al de siempre. En cualquier momento te puedes cansar el brazo, o peor, lastimarte.
–Todavía tengo fuerza.
–A lo mejor deberías de empezar a tirar bolas submarinas.
–¿Por qué? Mis demás pitcheadas están funcionando.
–Pero te ves muy amanerado cuando tiras por debajo del brazo; danos chance de reír un rato.
El último out del cierre de la séptima cayó y salimos al campo. A Ortiz no le agradó nada mi comentario y en sus ojos, mientras tiraba sus ocho lanzamientos de calentamiento, se veía que estaba muy molesto. Cuando recibí su octavo disparo, en vez de lanzar la bola a la segunda base, fui trotando al montículo y se la di a Ortiz en la mano, a la vez que le dije:
–¿Sabías que en una revista médica salió que comer un chocolate le produce al cerebro la misma sensación que el tener relaciones sexuales?
–¿Y a mí qué me importa? –respondió Ortiz sorprendido.
–No, nomás te cuento. Por cierto, he notado que tienes muchos granos en la cara.
Eso fue más que suficiente. Los bateadores de los Azules no le encontraron la pelota, y por primera vez en el juego, Ortiz logró un scond de ponchados: dos de ellos tirándole, y el tercero vio pasar el último strike. Estábamos a una entrada de la victoria.

PARTE BAJA DE LA OCTAVA ENTRADA

El marcador se encontraba tres a cero a nuestro favor. Ortiz estaba lanzando el mejor juego de su vida, pero teníamos que darle una mayor ventaja. Para animar al público, el sonido local tocó el tema “Rock and roll 2” y los fanáticos se unieron a la canción con sus gritos. El ambiente era inmejorable, y ahora, ante un nuevo pitcher de los Azules, teníamos que timbrar más carreras.
Abrimos la entrada con un triple, después yo conecté un elevado al jardín central y, en pisa y corre, el corredor de tercera anotó la cuarta carrera. Después de un sencillo, una base intencional y un ponche, un doblete impulsó dos más. El siguiente hombre fue dominado en rola a las paradas cortas. Nuestro rally fue de tres carreras.
La pizarra ahora marcaba lo siguiente:
---------------123--456--789--C-H-E
AZULES------000--000-00----0-0-0
RIELEROS---200--010--03---6-8-0
-
LA NOVENA ENTRADA

Era hora de terminar el juego. La fuerza de la costumbre hizo que nuestro manager le dijera a Ortiz: “Ve y gánate otro salvamento”. Ortiz, divertido por el error de nuestro “jefe”, soltó una risita que podía amenazar su hazaña y el campeonato.
Para asegurarme de que esto no sucediera, me le acerqué y le dije:
–Por ahí dicen que tu hermana se ha acostado con todo el infield del equipo.
–¿Quién dijo eso? –reclamó Ortiz ofendido.
–Tranquilo, son puras habladas.
–¿Entonces por qué me lo dices?
–Perdóname, creí que ya lo sabías.
–Olvídalo.
–Yo no creo que eso sea cierto, tu hermana está muy fea. Nadie tendría deseos de dormir con ella.

¡Playball!

Estamos a punto de abrir la novena entrada. Oigan el ambiente en el estadio. La gente aplaude y grita al ritmo de “Transilvania” mientras Ortiz realiza sus disparos de calentamiento. Ya está listo y se prepara para concluir con el juego.
El manager de los Azules ha mandado un emergente a la caja de bateo. Se trata del venezolano Archibaldo Montes. Ortiz toma la señal del catcher, lanza, bola uno. Se quedó un poco arriba. Ya viene el pitcher, presenta la bola, dispara, roletazo a la tercera base. A guante volteado el antesalista toma la pelota, tira a la inicial, y por la ruta cincuenta y tres cayó el primer out. Sólo faltan dos outs para que todo termine y el manager de Coatzacoalcos sigue moviendo sus piezas. Ahora trae a un zurdo para enfrentar al diestro de tan sólo veintitrés años. Se trata del número 31, Óscar Cervantes.
Se prepara Ortiz. Rechaza una, dos señales, ahora sí acepta. Presenta la pelota, dispara, primer strike. Cervantes aguantó todo el camino y dejó pasar esa curva. Ortiz hace contacto con la placa, se prepara, viene al plato, strike dos. Lo sorprendió con ese slider y ya lo tiene contra la pared. Ahora Ortiz rompe el contacto con la placa, toma el saco de brea y ya está listo. Realiza su wind up, pelota submarina y abanica el tercer strike. Los Rieleros están a un out de conseguir el campeonato.
Parece que viene otro emergente. Así es, se trata de Álvaro Narváez. Ortiz tira... abajo y afuera. Ese tirabuzón desarrolló demasiado. Viene de nuevo Ortiz. Alta, dos y nada la cuenta para el bateador. El receptor pide tiempo y va a platicar con su pitcher. Por si las dudas, el manager ya tiene listos a dos relevistas, aunque no creemos que sustituya a Ortiz; la ventaja es de seis carreras, además de que ha realizado una labor inmejorable.

–¿Qué estás haciendo?, puedes tirar mejor que eso.
–Discúlpate por lo que dijiste de mi hermana.
–Yo sólo dije la verdad.
–Ella no está fea.
–¿Cómo no? Si es igualita a ti.

Ha terminado la plática en la lomita. Ortiz toma la señal de su catcher. Lanza. Narváez conecta un elevadito por la inicial. Ésta podría ser la última jugada del año. El primera base busca la pelota. Está en terreno de foul. ¡La atrapó! ¡Los Rieleros de Aguascalientes son los nuevos campeones de la Liga Mexicana! ¡Qué final de serie! Ortiz nos ha regalado la máxima hazaña a la que un pitcher puede aspirar: ¡un juego perfecto! Los hidrocálidos ya saltaron al terreno de juego para celebrar el título y la joya de pitcheo del novato Ortiz. Quién iba a pensar que este jovencito, que no está acostumbrado a abrir juegos y que apenas está en su segunda temporada, nos iba a regalar esta maravillosa actuación.

DESPUÉS DEL JUEGO

En cuanto el primera base atrapó el globito, todos corrieron para celebrar. Se abrazaron. Los fotógrafos los rodeaban con los flashazos de sus cámaras. Era un sueño que por fin realizaban. Eran campeones otra vez. Después de tanto tiempo, los Rieleros de Aguascalientes conseguían otro gallardete.
A la altura de la segunda base se levantó el podio para que el presidente de la Liga les entregara el trofeo. Los Azules poco a poco se iban a los vestidores. Los Rieleros celebraban, pero el héroe del partido no estaba en ese momento con ellos. En cuanto cayó el último out y el resto del equipo saltó al campo, Ortiz evadió a sus efusivos compañeros, tomó un bat y se fue a los vestidores, donde se dedicó a golpear los casilleros, bancas y todo lo que tuviera a la mano.
Mientras tanto, el encargado de la utilería del equipo le informó al manager la manera como Ortiz se estaba desahogando. El timonel de la escuadra hidrocálida sólo pudo decir:
–El día que éste pierda la virginidad, nos quedamos sin pitcher.
FIN
Para los múltiples lectores a este blog que me lo han preguntado, éste es el primer cuento que escribí.
Un fragmento de este cuento fue leído en el verano de 1998 en la Casa del Lago. Aún no entiendo por qué, pero la gente se rió.
Texto publicado originalmente en:
Punto de partida, núm. 107, México, UNAM, marzo-abril de 1998, pp. 24-34.
Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005.

5 comentarios:

A las 8 de marzo de 2008 00:16 , Blogger Yukacools ha dicho...

Ago. 8, 2005.- El zurdo Oscar Rivera lanzó un juego perfecto por primera vez en la historia de los playoffs de la liga mexicana de béisbol, al blanquear 1-0 a los Leones de Yucatán a los Guerreros de Oaxaca.

Rivera logró el domingo retirar en orden a los 27 bateadores de los Guerreros e incluso terminó ponchando a los dos últimos rivales para sumar nueve abanicados en el juego.

....

Marzo, 2 del 2008.- Un aparatoso accidente ocurrido ayer en la madrugada en la carretera Mérida-Progreso cobró la vida del joven progreseño y conocido pelotero Juan Manuel Centeno Pacheco, de 18 años, y dejó otros dos lesionados.

El joven fallecido jugaba desde pequeño en la Liga Yucatán de Béisbol y viajo hace unos años a Japón, donde ganó un campeonato mundial infantil de ese deporte con la selección nacional.

Mañana sábado 8 se realizará un partido en su honor.

...

Gracias por el texto, estuvo muy entretenido, y me recordó el juego perfecto, y esta reciente y lamentable noticia.

 
A las 10 de marzo de 2008 11:48 , Anonymous strella ha dicho...

bueno, ya no tngo tiempo de leer este

ya empezaron a corer gente =S

en cuento llegue a casa, lo harè


si no me kedo dormida, claro

saludos, mi estimado, Alvin









ah, y eso de ke es dificil vncerlos en su casa me recordò a Wagner y a mi, tù sabes ke:

En su casa... Y con su gente... SE LE RESPETAAAAAAAAAA...!!!

Y a mi:

En la Arena Reyes... Y con la UXW... SE ME RESPETAAAAAAAAAAAAAAA...!!! jajajajaja


nos vemos, a ver ke dia platikmos por msn

 
A las 10 de marzo de 2008 16:41 , Anonymous el_blue ha dicho...

Enormeeee

buenisimo Alvin,, nunca habia visto que te nombraras en alguno de tus textos,, siempre te ponias nombres distintos, jaja

saludos,,

 
A las 10 de marzo de 2008 22:34 , Anonymous Victor / Vulzat ha dicho...

Excelente! Al leerlo fui imaginando cada uno de los momentos que estaba pasando Ortíz jajaja Muchas veces solo vemos la persona que en ese momento esta, en este caso, sobre un monticulo (otras veces haciendo cualqeuir trabajo) pero no sabemos en que piensa, cuales son sus motivaciones, su técnica para salir airoso... cuando yo lanzaba martillo podia parecer muy concentrado pero... solo pensaba en ella :o( y mas de alguna vez me sirvio...

Saludos Alvin, desde Querétaro y excelente historia amigo.

 
A las 11 de marzo de 2008 20:27 , Anonymous Leskat ha dicho...

Por fin me he puesto a corriente con las lecturas Diegorianas, excelente! Me encantaron las de beisbol se nota tu pasión. Un abrazo.

 

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