sábado, 8 de diciembre de 2007

Un viaje en metro

Anoche mi vecino organizó una fiesta en la que abundaron los gritos, tamborazos a todo volumen y cierto olor a plástico quemado. Hasta que terminó su reunión –cuatro de la mañana– pude conciliar el sueño. Por lo mismo, no escuché el despertador y, en vez de levantarme a las seis, lo hice al veinte para las ocho de la mañana (y yo entro a trabajar a las ocho y media). Me metí a la regadera para darme un baño rápido y descubrí con horror que no había gas (claro que eso me ayudó a despertar). Como ya era bastante tarde, no pude desayunar.
Por fortuna, enfrente de donde vivo pasa un microbús que llega al metro Chapultepec. En cuanto pasó, subimos tres personas, pagamos el pasaje y buscamos un asiento que, por supuesto, no encontramos.
Durante el viaje trataba de recordar una sinfonía de Beethoven que me gusta mucho, mientras que en el micro se escuchaba música muy diferente. Cuando llegamos a nuestro destino me bajé canturreando:
Oye, Soruyo, que el negrito es el único tuyo.
Entrar a la estación fue un caos: primero tuve que esquivar a los vendedores ambulantes, lo cual me costó mucho trabajo porque eran muchos, tenían de todo y, además, muy barato; me distraje viendo qué tanto vendían. Estoy seguro de que la única razón por la que no venden a su mamá es porque la señora atiende el puesto de al lado.
Después de estar formado por espacio de diez minutos en la taquilla, llegó mi turno. Pedí dos boletos, y al pagar, la mujer que atendía me dijo:
–No tengo cambio, joven. ¿Se espera o así la dejamos?
Si mi situación económica fuera mejor le hubiera dicho que no había problema, pero como no es así, esperé hasta que la cajera tuviera cambio.
Me dirigí a los torniquetes y metí mi boleto una, dos, tres veces, y éste era rechazado. Atrás de mí había tres personas visiblemente molestas porque no las dejaba pasar por mi contratiempo. El policía que cuidaba la entrada me dijo:
–Pásese por debajo y rompa su boleto, joven.
Eso hice, y justo en ese momento llegó el convoy. Como hace la mayoría de los mexicanos, apenas lo vi, corrí a alcanzarlo. Como en esa estación baja mucha gente, no pude pasar. Me sentí como un corredor de futbol americano que es detenido en la línea de golpeo.
Esperar el siguiente tren es muy aburrido. El ambiente siempre es el mismo en las estaciones: nunca falta el que a cada rato se asoma para ver si ya viene el metro. Otros, en cambio, ya están acostumbrados y se distraen leyendo los anuncios, o de plano se sientan en el piso.
Preocupado por la hora, miré el reloj de la estación y me llevé el susto de mi vida: ¡marcaba las 27:00!, mientras que del otro lado se leían las 00:00.
Cuando llegó el tren (cuyo letrero decía que iba hacia Cuatro Caminos), un grupo de adolescentes le hizo la parada. “Típico de los que quieren hacerse los graciosos”, pensé.
Abordé el vagón y me senté. Ese primer trayecto –Chapultepec-Balderas– fue tranquilo. Dentro del tren se escuchaba música infantil. En Insurgentes subió un músico que tocaba baladas mientras su compañero pasaba a recoger lo que fuera nuestra voluntad; lo mismo sucedió en Cuauhtémoc, sólo que este nuevo cantante interpretó piezas folclóricas. Deberían de dar programas de mano en la taquilla para saber qué tipo de música tocan en cada vagón y así elegir en cuál subir.
Transbordar en Balderas fue un poco molesto. Salir del vagón no representó ningún problema. Lo complicado fue llegar al andén de correspondencia con la estación Universidad. Cada vez aparecía más y más gente. Traté de andar tan rápido como me fuera posible, pero la gente que estaba delante de mí iba muy despacio, y no los podía rebasar porque los que caminaban a mi lado lo hacían a toda velocidad.
Finalmente, llegué al andén, que estaba hasta la madre. Opté por irme hasta adelante, pero un policía me regresó porque era zona sólo para mujeres y niños (mejor sería que lo dividieran en zona de gordos y flacos).
Llegó el tren. Me alisté para entrar. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, los que esperábamos nos hicimos a un lado de las puertas para dejar salir a los que ahí bajaban. Oí a alguien decir: “Parece una boda, todos haciendo valla a los novios. Sólo falta que les arrojemos arroz”. Dejé escapar una sonrisa.
Todos quisimos entrar al mismo tiempo. Con empujones, codazos y quién sabe cuántos recursos más, me metí. Éramos tantos en el vagón que no podía moverme, ni siquiera para detenerme del tubo. (Aunque no era necesario agarrarme de algo, entre todos nos hubiéramos amortiguado si el metro se detenía en seco.)
Apenas arrancó el tren, fijé mi vista en el cartel que muestra el recorrido de la línea. Siete estaciones.
Las primeras dos escalas fueron tranquilas. En Niños Héroes bajaron y subieron pocos. Lo mismo pasó en Hospital General.
–Disculpe, ¿baja en la siguiente? –me preguntó una señora.
–No –respondí, y me hice a un lado para dejarla pasar.
De una de las bocinas del tren se escuchó un aviso que presagiaba peligro:
–Próximo arribo a la estación Centro Médico. Correspondencia con línea nueve. Dirección Tacubaya-Pantitlán.
En cuanto se abrieron las puertas salió tanta gente que me sacaron del vagón. Me asusté porque yo iba hasta Zapata y todavía faltaba mucho. Afortunadamente, la gente que entró se encargó de regresarme al interior del tren. Terminé hasta atrás, pegado a la otra puerta. Junto a mí se embarró una señora que cargaba a un niño; le pedí que me quitara al chamaco de la cara, y el escuincle me recitó varios insultos (algunos no los entendí).
Para distraerme, observé los anuncios pegados en el tren. Me llamaron la atención uno de Neuróticos Anónimos y otro que tenía una fotografía de una pareja besándose, creo que era de una loción (y por bestia no me aprendí la marca). Como ver esa publicidad no toma ni un minuto, empecé a mirar al resto de los pasajeros y los estudié uno por uno. En la cara de varios se veía que esperaban a que alguien se levantara de su asiento para poder ocuparlo. Otros, que se notaba que viajan en este transporte a diario, se sentaron en el piso. También había parejas que no hacían otra cosa más que besarse (y lo hacían de tal modo que pensé que se extirparían las anginas –qué envidia–). Después vi a dos muchachas muy bonitas que charlaban entre sí. Ambas notaron que no apartaba mi vista de ellas y decidieron observarme; apenado, giré la cabeza.
Como muchos de los pasajeros eran estudiantes, traté de adivinar, por su vestimenta, a qué facultad pertenecían algunos:
Los que usaban cabello largo, huaraches y leían La Jornada eran de Filosofía y Letras; los que traían bata blanca iban a Medicina, Química o Biología.
En las siguientes tres estaciones recibimos la visita de los vendedores ambulantes. Éstos también traían de todo: llaveros, chicles, agendas... lo único que les faltaba era vender boletos del metro a mitad de precio. Algo que llamó mi atención fue que todos trabajaban para la misma empresa:
–Sí, mire, señores pasajeros, Productos de Alta Calidad pone a la venta. Se va a llevar... –gritaba cada uno de los vendedores, lo único que cambiaban de su discurso era el producto que vendían. Por mi mente pasó la idea de renunciar a mi empleo y rehacer mi vida trabajando en Productos de Alta Calidad. El que maneja esa empresa debe estar pudriéndose en dinero. Lo más impresionante de estos vendedores era que no importaba cuánta gente había en el metro, pasaban entre nosotros como si nada. También se subieron varios pseudocantantes con grabadora, amplificador y micrófono, supongo que a pedir cooperación para pagar sus clases de canto.
Al llegar a División del Norte pensé en bajar y caminar a mi trabajo, sólo tendría que recorrer tres cuadras más de las que había previsto; preferí quedarme y bajar en Zapata. Se cerraron las puertas. El tren reinició su marcha; por supuesto, se detuvo a medio camino. Se escuchó el siguiente mensaje de parte del conductor:
–Su atención, por favor. Se le informa al público usuario que permaneceremos detenidos unos minutos. Por su comprensión, gracias.
En cuanto se apagó esa voz, también lo hicieron las luces. Resignado, me recargué en uno de los tubos. En ese momento sentí una mano que me agarraba las nalgas. Era una sensación rara, pero me gustó; ya tenía tiempo que nadie me hacía eso. Volteé a ver quién era. Aunque estaba oscuro, pude distinguir a una chava guapa que me sonreía con coquetería. ¡Por fin algo bueno en mi viaje! Cuando regresaron las luces pude verla mejor; estaba buenísima. Me volvió a sonreír y esta vez correspondí a su gesto. Pensé en preguntarle su nombre y su teléfono, pero no me atreví; me conformé con memorizar su rostro.
El convoy reanudó su marcha. A estas alturas, todos estaban molestos por la escala involuntaria:
–Es un desastre, esto no pasa en mi país –se quejó un extranjero.
–Ya no hay caballeros –protestaba una mujer embarazada–; ven cómo está una y ni así le ceden el asiento. Un muchacho respondió, haciendo una voz aguda: “Pero si yo no fui el que la dejó así”.
Como tenía que suceder, al llegar a Zapata muchos de los que estaban sentados se levantaron para salir. ¡Ya para qué! Se abrieron las puertas y me despedí de la joven, quien se limitó a sonreír de nuevo.
Ya en el andén, y como la mayoría de los que ahí estábamos, salí por el pasillo que tenía el letrero de No Pase.
Junto a la salida había un puesto de pizzas. Me acerqué y pedí una rebanada con champiñones, pero aún no estaban listos los hornos. Mi estómago protestó.
Resignado, abandoné la estación y me dirigí a una cafetería que está junto a mi trabajo. Pedí unos molletes con chorizo y un jugo de naranja para llevar. En cuanto me los entregaron quise sacar mi cartera para pagar, sin embargo no la tenía conmigo; por más que la buscaba, no aparecía ni en las bolsas de mi saco ni en las del pantalón.
Sabía que la mano de esa chica no iba con buenas intenciones.


La primera versión de este relato fue escrita en 1998. Un mes después de que la terminé, fui invitado a participar en una lectura en público en la Casa del Lago, y éste fue el texto que leí. Sorprendentemente, la gente se rió.

10 comentarios:

A las 8 de diciembre de 2007 01:37 , Blogger Yukacools Inc ha dicho...

yo pensé k eso había pasado hoy, jajaja, Dios kiera k jamás haya de esos en mi Ciudad, prefiero viajar en autobús, pese a todo acá son mucho mejores que en el DF, creo k me desesperaría con tanta gente, yo generalmente duermo en los camiones, en el metro ni podría pestañear con la idea de que pase algo o no sé... ya decía que lo de la chava no podía ser nomas así por que sí jajajajaja

Te has puesto a pensar que resultados tendría hacer el mismo viaje pero enmascarado???

 
A las 8 de diciembre de 2007 08:25 , Anonymous El Blue ha dicho...

jajaja,,,,,,, muy buen texto Alvin

ya decia yo que eeso de la chica no era normal en tus textos,

sigue asi...

 
A las 9 de diciembre de 2007 21:24 , Anonymous Anónimo ha dicho...

Jajaja ese relato se parece a mi vida diaria cuando me toca viajar en el metro y lo de la chica guapa pense que con la suerte del protagonista a lo mejor era un gay jajaja pero no era una amante de lo ajeno.

Buen texto, creo que comenzare a escribir mis patoaventuras.

 
A las 11 de diciembre de 2007 07:31 , Blogger Ener Kcidis ha dicho...

Esta historia me deja varias moralejas para considerar. La primera: nunca te fies de una mujer hermosa que te nalguea en el metro, se sonrie y no te da su teléfono :D
La segunda: Si tienes vecinos ruidosos y fiesteros no trates de dormir, únete a su pachanga. X)
Y la tercera moraleja y la más importante de todas: Si el ir a trabajar te genera tantas broncas e inconvenientes, ps mejor no hay que trabajar ;)

Salud-os Alvin

P.D. Esto fué un cuento o anécdota de la vida "rial"??

 
A las 15 de diciembre de 2007 18:57 , Anonymous Di ha dicho...

Querido Diego, yo tambien me reí y mucho, ahora tengo más ganas de que nos tomemos ese cafecito pendiente ya por tantos años. Genial! Felicidades, me caes super niño.

 
A las 24 de diciembre de 2007 21:36 , Anonymous **sTrEy@** ha dicho...

/ jajajajajajajaja
\ Ah, no maaaaaaaaaaaaa
/Increible lo de la tipa esa
\No invnts!!!
/Dice mi mamá:
\Ya sé que estas loca,
/ no tienes que reirte sola para \que me de cuanta
/Jajajajajajajaja
\Saludos mi kerido Alvin
/Seguiré leyendo =P

 
A las 27 de diciembre de 2007 15:02 , Blogger Mr. Burbu ha dicho...

Que facilidad de describir cada detalle mientras se realiza un viaje en el metro, la verdad es grande tu talento Diego (aka Alvin).

Saludos

 
A las 28 de diciembre de 2007 07:32 , Blogger Taker ha dicho...

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

 
A las 28 de diciembre de 2007 07:33 , Blogger Taker ha dicho...

jajajaja, entonces no iba con buenas intenciones la chava :D

Siempre lo he dicho, viajar en el Metro (al menso en el del DF) es toda una aventura.

Saludos!

 
A las 1 de marzo de 2008 01:14 , Blogger Fran ha dicho...

precisamente hoy comentaba con una amiga locutora sobre los personajes bizarros del metro y la gran gama que existe excelente relato que tanto no podriamos contar sobre ese tranporte tan peculiar mi estimado alvin

 

Publicar un comentario en la entrada

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Página principal

Contador
Counter