viernes, 14 de diciembre de 2007

Fiesta de fin de año

Haciendo un poco de limpieza en casa (es en serio), me encontré con este texto que escribí en 1997, tras haber participado en mi primera fiesta de fin de año. Como no tengo ninguna pastorela ni villancicos, me pareció indicado subirlo al blog, con motivo de las fiestas decembrinas. Espero que lo disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.

Arturo pensó que al fin había madurado.
A pesar de ser un diseñador muy talentoso, nunca duraba más de tres meses en un empleo, pues perdía el interés, dejaba de hacer bien las cosas y se dedicaba a charlar y a distraer a las personas con las que trabajaba, hasta que era despedido. Su padre, cansado de mantenerlo, lo amenazó con ponerlo a laborar en su negocio de telas (el cual Arturo odiaba) si no lograba permanecer en su siguiente trabajo, por lo menos, un año. Una semana después de ese ultimátum, ingresó al departamento de publicidad de una compañía de artículos de fotografía.
Tres semanas después, dejó la casa de sus padres y rentó un departamento; así tendría una mayor motivación para no comportarse de modo relajiento. Al principio tuvo dificultades para dominar sus ganas de entablar amistad con sus nuevos compañeros, mas bastaba recordar las palabras de su padre para evitar cualquier intento de conversación extralaboral. Para asegurarse de que lograría su cometido, decidió comer siempre solo y no aceptar ninguna invitación para convivir fuera de horas hábiles. Rápidamente se ganó fama de huraño y se convirtió en un adicto al trabajo.
A pesar de que ya había logrado durar un año en la empresa, no creía tener su puesto seguro. Esa sensación cambió el primer lunes de diciembre, cuando, al llegar a su oficina, vio en su escritorio un sobre con la invitación a la comida de fin de año de la empresa. Junto con ésta, venía una notificación de que dentro de una semana le darían el aguinaldo. Finalmente se convenció de que su vida laboral iba por buen camino.
A partir de ese día, su ánimo cambió. Por primera vez sus compañeros lo vieron sonreír, dejó de portarse tan solemne e incluso invitó a comer a sus colaboradores más cercanos. Nadie aceptó y tuvo que comer solo en una fonda que estaba a dos cuadras de su oficina.
Sus compañeros estaban desconcertados con este cambio de actitud por parte de Arturo, y el asombro fue mayor cuando confirmó su asistencia a la comida de fin de año.
No obstante, él seguía poniendo todo su empeño en el trabajo y declinó participar en el intercambio de regalos que se organizó en su departamento, pues pensaba que dicha actividad le quitaría tiempo que podría aprovechar en la planeación de la nueva estrategia de mercadotecnia de la compañía. Sus compañeros pensaron que sólo quería llamar la atención haciéndose el mártir.
El día de la comida, viernes, la empresa laboró únicamente medio día. A la una y media, el director de Recursos Humanos anunció que en el estacionamiento se encontraban dos camiones que llevarían a aquellos empleados que no tuvieran auto. Al cuarto para las dos, ya no había nadie en la oficina, excepto Arturo, quien prefirió quedarse un rato más para terminar el informe de actividades de su departamento.
–Ustedes adelántense y apártenme un lugar; al rato los alcanzo –pidió a sus compañeros.
“Farsante, sólo quiere hacerse el responsable”, pensó una de las secretarias.
A las dos y media terminó el informe y abordó un taxi para dirigirse a la fiesta. Cuarenta minutos después, llegó al salón. Una edecán le entregó una camiseta con el logotipo de la empresa y, sonriendo de un modo que a Arturo le pareció forzado, le deseó que se divirtiera. Rápidamente ubicó la mesa en la que estaban sus compañeros de departamento y descubrió sorprendido que no le habían guardado un lugar con ellos. Se sentó con unas secretarias a las que no conocía.
El maestro de ceremonias solicitó a los asistentes que revisaran debajo de sus platos, pues algunos tenían una sorpresa. Todos obedecieron y diez de ellos encontraron un papel que decía “Felicidades, te ganaste un arcón”. Arturo sólo halló una mosca aplastada. Apenado, uno de los meseros le dio un traste nuevo.
Tras la entrega de los arcones, los meseros empezaron a repartir canastillas con galletas y pan. El maestro de ceremonias anunció que había una segunda sorpresa. Arturo deseó que no le pidieran revisar debajo de su asiento, pues temía encontrar una cucaracha.
La nueva sorpresa fue la presencia de un cantante de moda, quien interpretó varias canciones para beneplácito de casi todos los presentes. Al terminar la segunda pieza, el artista mencionó que se sentía orgulloso de colaborar con la empresa “pues aquí, con nosotros, es donde está la calidad”. Lejos de entender la lisonja, Arturo pensó que se trataba del mensajero de la empresa, a quien le habían dado chance de cantar para aumentar sus ingresos (no había ningún parecido entre ellos, pero Arturo era un pésimo fisonomista y no sabía nada de música actual).
Siete canciones después, todos estaban felices; Arturo tenía hambre. En una de las melodías, el artista se infiltró entre los empleados y les extendió el micrófono para que le hicieran la segunda voz. “Con razón ninguno se dedicó a la farándula”, pensó Arturo.
Finalmente, el artista agradeció de nueva cuenta la invitación y deseó buen provecho a todos. Arturo empuñó los cubiertos esperando la llegada de los meseros. Su desilusión se incrementó ante la aparición de un comediante que realizó una rutina de cuarenta minutos. Arturo tomó su teléfono celular y llamó a una pizzería; apenas dio la dirección del restaurante donde se encontraba, lo tacharon de bromista y le colgaron.
Resignado, pidió la canastilla de pan, pero ésta ya no tenía ni una pieza. “Con razón ninguna está delgada”, pensó.
El cómico daba lo mejor de su repertorio: imitó a varios artistas, contó chistes alusivos al sexo (de los cuales Arturo no entendió ninguno) e hizo una rutina en la que se mofaba de los matrimonios. Uno de sus compañeros se le acercó a Arturo para decirle que él era más simpático. Arturo agradeció el halago, y media hora después recordó que nunca había contado un chiste en la empresa.
Tras la retirada del cómico, los meseros hicieron su aparición. Arturo aplaudió. El camarero que lo atendió parecía formar parte de la Selección Nacional de Lanzamiento de Freezbe. En ese momento, se anunció la presencia de un grupo musical que amenizaría la comida.
Después que terminaron de afinar sus instrumentos sin mucho éxito, comenzaron a tocar. El sonido era tan fuerte que todo el salón vibraba. A Arturo le costó mucho trabajo ensartar la lechuga con su tenedor. “Espero que no sirvan aguacate en el plato fuerte”, pensó molesto.
Para acompañar sus alimentos, pidió un refresco de toronja. El mesero ignoró su petición y le trajo un tequila.
–Para que crea que las señoritas están guapas –explicó el camarero.
Arturo se enojó por el comentario, pero admitió que tenía razón.
A la hora del postre, los músicos invitaron a los comensales al centro de la pista para que empezaran a bailar. Inmediatamente, más de la mitad cumplió con la orden.
Arturo volvió a ordenar un refresco de toronja.
–¿Toronja? Sea machito y tómese el tequila que me hizo traerle –lo regañó el mesero.
Para evitar más corajes, Arturo fijó su atención en los bailarines. Distinguió a la secretaria de su área con un muchacho al que nunca había visto. También se percató de que varias de las parejas estaban conformadas por gente que usualmente no se dirigía la palabra.
“El poder de unión de la música mala es impresionante”, razonó.
El capitán de meseros se acercó a la mesa:
–¿Los están atendiendo bien?
“Me aventaron la comida, pedí un refresco y me dijeron joto y me dieron un tequila; hicieron un comentario irrespetuoso de las damas de esta mesa…”
–Muy bien, muchas gracias –respondió.
–Anímese, joven –le indicó el capitán–. Estos reventones son para gozar. Si no, qué chiste tendría la vida.
“Lo que me faltaba, un mesero filósofo.”
–Al rato, al rato –contestó.
En ese instante, el grupo interpretaba una canción ideal para bailar en grupo. Casi todos participaban en la coreografía y seguían las indicaciones de la vocalista:
–Las manos arriba… las manos abajo… arriba, abajo; arriba, abajo. El brazo derecho arriba, abajo; arriba, abajo. Ahora el izquierdo… arriba, abajo; arriba, abajo. Todos den tres pasos a la derecha; ahora a la izquierda. Derecha… izquierda; adelante… atrás. Arriba, abajo… arriba, abajo. Ahora ustedes solos… –y cambiaron la melodía–: No rompas más mi pobre corazón…
Arturo enmudeció. La mayoría de los bailarines no se conocían más que de vista; posiblemente muchos nunca se habían dirigido la palabra, y estaban haciendo el baile como si ensayaran juntos todos los días. La sorpresa fue mayor cuando distinguió a su jefe en ese grupo.
Para sobreponerse, bebió el tequila de un trago y pidió otro.
–Qué bueno que ya se está animando, joven –comentó el mesero y le dio el trago–. Ahora saque a bailar a alguna de las señoritas.
Arturo bebió cuatro tragos más. Como no estaba acostumbrado a beber, se mareó. Una de las damas con las que compartía la mesa se percató de esto y le sugirió que bailara para que, con el sudor, expulsara el alcohol que acababa de ingerir.
Arturo no comprendió cómo el baile podía ayudarle a sentirse mejor, pero después de beber una nueva copa decidió seguir el consejo y se dirigió a la pista con la dama que le hizo la sugerencia.
Ahora eran sus compañeros quienes estaban asombrados.
Mientras bailaba, Arturo reflexionó que no era tan malo estar en la pista y poco a poco se olvidó de lo mal que lo estaba pasando.
–Nunca sospeché que bailaras tan bien –mintió la secretaria en la pista.
–Yo nunca me había fijado en lo guapa que eres –mintió él.
Terminada la pieza, se unió a sus compañeros de área y charló animadamente con ellos. Contó varios chistes que a todos les parecieron más malos que los del comediante y bebió cuatro copas más (dos de vino, una de ron y un vodka).
Cuando dieron las nueve de la noche, ya había bailado con casi todas las mujeres de la compañía, le hizo varias bromas de mal gusto al director general e incluso se había subido al escenario para cantar tres piezas con el grupo.
A las once terminó la fiesta. Arturo estaba seminoqueado en su mesa. Una de las secretarias verificó la dirección de él en su identificación y lo llevó a su departamento. Ayudada por la portera del edificio, la secretaria logró que Arturo llegara a su recámara. Arturo abrió los ojos y la besó. Ella lo abofeteó y él cayó en la cama. Despertó hasta el domingo por la tarde.
Además del dolor de cabeza, Arturo estaba desconcertado por la mancha de lápiz labial que tenía en la boca.
El lunes en la mañana la portera le informó del estado en que llegó la noche del viernes. Arturo no lo podía creer. Ya en la oficina, encontró un papel en su escritorio. “No voy a contar nada del beso, pero no me vuelvas a hablar”, decía.
Sus compañeros lo saludaban como si se tratara de un héroe.
–Te rayaste, mano. Qué bien cantas.
–No inventes, no dejaste a ni una viva con tus pasos de baile.
Al mediodía se presentó a la reunión en la que expondría el informe de actividades. El clamor del público fue general:
–Fuera, fuera, fuera, fuera… –gritaban entre risas.
–Ése no era yo, sino mi primo –fue lo único que atinó a responder, e inició su presentación.
Al terminar, sólo escuchaba comentarios como los siguientes:
–Qué onda, primo. A ver si vienes más seguido.
–Mañana hay posada en mi casa; si quieres, lleva a tu primo.
–¿Tu primo es más joven o más viejo que tú?
A la hora de la comida, anunció que no regresaría puesto que debía ir a renovar el contrato de su departamento.
En la puerta, el guardia de seguridad le pidió un autógrafo.
Al salir abordó un taxi y tomó una decisión. Al llegar a la inmobiliaria, informó que desocuparía el departamento a finales de enero. Después, puso un anuncio en el periódico rematando sus muebles.
Al día siguiente se presentó en la oficina de Recursos Humanos y entregó su renuncia.
Por la tarde, ya estaba instalado de nueva cuenta en casa de su familia y listo para comenzar a trabajar en el negocio de su padre.

7 comentarios:

A las 15 de diciembre de 2007, 7:16 , Blogger Mr. Burbu ha dicho...

Que onda Diego, si, es mi diseo; sólo que siento que le falta algún detalle a los costados, tenía mucho que no pasaba por tu blog, me quedé en la historia de colmillo, deja ponerme al corriente....

Saludos, buen fin de semana...

 
A las 15 de diciembre de 2007, 8:50 , Blogger Yukacools ha dicho...

yo por eso no voy a las fiestas de la empresa... no más no son mi ambiente... si soy antisocial ¬¬

 
A las 15 de diciembre de 2007, 9:27 , Blogger EL RINCONCITO DE MR.REYES ha dicho...

caray,paece que lei una autobiografia tuya,por la recision matemaica,caray,siempre es un deleite leer tus coplas tan bien llevadas.

 
A las 19 de diciembre de 2007, 9:17 , Blogger Ener Kcidis ha dicho...

que pasados con las posadas jejeje, ese pipe que antisocial, te van a decir el grinch jejejeje. ejem, ejem... pues en las pocas posadas que me ha tocado asistir (y las menos que me han invitado) nunca me ha pasado algo asi, bueno admito que los bailes donde todos hacen la misma coreografía me dan pánico porque nunca me salen por lo que opto por solo bailar los ojos.

Salud-os Alvin y felices posadas !

 
A las 23 de diciembre de 2007, 13:44 , Anonymous sTrEy@ ha dicho...

toy = que mi sen sei

me quedé en la de colmillo jeje

huy, ke padre la historia del flamita jajajaja

ay, me encanta lo que esribes

espero platicar pronto contigo

ya tengo cel jiji

sale, me voy

cuidate

 
A las 24 de diciembre de 2007, 22:00 , Anonymous * * sTrEy@ * * ha dicho...

* Jajajaja

* Y el primo??

* Jajajajajaja

* Weno, sin ideas

* Seguiré leyendo XD

* BYE!!

 
A las 28 de diciembre de 2007, 7:21 , Blogger Taker ha dicho...

Muy chido este tambien, pues a decir verdad yo no soy de fiestas y esas cosas, quiza tambien soy algo antisocial.

¿Baile?... No, gracias :D

Saludos!

 

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