martes 3 de noviembre de 2009

Estoy de regreso (y ahora unos comerciales de nuestros patrocinadores)

Casi un año después de la última vez que publiqué algo aquí, este blog ha sido desempolvado.
Ahora no voy a publicar ningún cuento en este espacio (no se preocupen, tampoco voy a poner chistes), sino un pequeño comercial:

"Burbujitas, burbujitas, de la sal de uvas..."

Está bien, ese comercial no.

"Estaban los tomatitos..."

Bueno, ése tampoco.

Entonces pongo este comercial. Les presento el primer libro que publica un servidor y que no es edición de autor. A lo mejor alguno de ustedes recordará el texto (o por lo menos el título), pues el debut de este cuento fue precisamente en este blog.
Lamento informarles que esa entrada ya no está disponible. Los comentarios se quedaron, pero el contenido lo edité. La editorial se hubiera molestado un poco si se daban cuenta de que mi propia página saboteaba la edición. Sin embargo, aquí pueden ver la portada para que conozcan qué pinta tiene la obra. El libro sale bajo el sello de Porrúa infantil, en su colección Gusano de Luz.
Agradezco a Íker Vicente, quien realizó las excelentes ilustraciones (mejor elección no pudieron hacer) y a Claudia Tapia, encargada del cuidado de la edición, no sólo por la dedicación con la que se encargó de la obra; sobre todo porque confió en mí.



domingo 8 de febrero de 2009

Querido diario

¿Me creerían si les dijera que no me acordaba de que tenía un blog? Bueno, ¿me creerían si les dijera que mis múltiples novias no me dejaban tiempo para escribir? ¿Y si les dijera que me había dado flojera actualizar esta cosa? El caso es que ya por fin me digné a actualizar esta cosa. Ahora la quiniela es para ver cuánto tiempo pasará antes de que vuelva a actualizarlo.
Este texto lo escribí hace once años, lo reescribí hace diez años, y lo volví a reescribir en 2005, para llegar a su versión definitiva. Espero lo disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.

1 DE OCTUBRE (ANTES DEL MEDIODÍA)

Querido diario:

Cuando era niño mi sueño era ser beisbolista profesional: quería formar parte de algún equipo y convertirme en su short stop titular. Mi familia siempre me apoyó y, cuando cumplí cinco años, me inscribió en una liga. Poco a poco aprendí los secretos del juego y me convertí en uno de los jugadores más destacados; hasta que un día fui firmado por un equipo de Ligas Mayores. Tenía dieciséis años y comenzaba a realizar mis sueños. Desde entonces me volví muy supersticioso: si un día despertaba muy temprano y tenía un buen desempeño en el partido, continuaba levantándome a esa hora hasta que ya no jugara bien; entonces modificaba mis hábitos hasta que tuviera otra actuación destacada.
Lamentablemente abandoné mis sueños por culpa de una lesión, y no me quedó otra opción que continuar estudiando hasta graduarme en la universidad. Aún así conservé mis manías. Incluso ahora, que soy gerente de ventas de una importante transnacional, tengo mis rutinas para la buena suerte.
Pero eso se acabó hoy. Quiero que conste que hoy me convencí de que mi buena fortuna no se debe a mis supersticiones, sino a la dedicación que pongo en todo lo que hago. Por eso decidí levantarme a las siete en vez de a las cuatro de la mañana; dejar que mi esposa se bañara antes que yo; desayunar; ponerme primero el zapato derecho en vez del izquierdo. También salí de casa por la puerta principal y no por la entrada de servicio; y no utilicé mi automóvil, sino que caminé al metro y fui a ver a mi doctor después de dos años de tenerlo abandonado.
Tras hacerme un chequeo general, el médico diagnosticó que me queda una semana de vida.

1 DE OCTUBRE (DESPUÉS DEL MEDIODÍA)

Querido diario:

Seguramente pensarás que ya me llevó el carajo, que me desesperé y perdí la compostura; que me puse a llorar como un niño. Y estás en lo cierto.
El doctor opina que soy un caso único en la historia de la medicina: no tengo SIDA, ni ninguna enfermedad venérea; si quiero, puedo pasar mi última semana con mi esposa en la cama sin peligro de contagiarla. Tampoco es algo del hígado, así que emborracharme hasta decir basta es una opción de cómo aprovechar mi tiempo; ni pulmonar, por lo tanto no hay problema si fumo todo lo que desee. Para no aturdirte te diré que, haga lo que haga, no corro el riesgo de empeorar mi salud y recortar mis últimos días de siete a dos o tres.
Ahora mi mente se dedica a pensar cómo demonios voy a aprovechar este tiempo. Carajo, ojalá y mi esposa no roncara tanto. Si sigue así no voy a poder descansar.

2 DE OCTUBRE

Por más que lo intenté no pude. Traté con todas mis fuerzas y no lo logré; mi esposa está desconcertada: no sabe por qué quiero renunciar a mi trabajo ni la razón por la cual no me atreví a hacerlo –cuando se me ocurre algo lo hago de inmediato–. Por lo menos ya estoy dejando todo en orden para que mi reemplazo no tenga tantos problemas en adaptarse al puesto.
La sensación de angustia está acabándome. No disfruto nada de lo que hago. Sólo cuando fui a ver a mi hermana pude reír un rato.
Ella desea tener un hijo y todos los días lo intenta. Hoy fue a la farmacia y compró dos pruebas de embarazo. Acababa de hacerse la prueba cuando llegué. Mi visita le cayó de sorpresa pero le agradó y me pidió que me quedara a cenar. Pasé al baño para lavarme las manos; antes de cerrar la puerta, me advirtió:
–Cuidado con mi prueba de embarazo.
Por supuesto no le hice caso y tomé la prueba para ver cómo era, pero como no sequé bien mis manos el tubito se me cayó en la taza del baño. Angustiado, tomé la otra prueba, leí las instrucciones y, tras ver que sólo requería de una gota de orina y cerrar el tubo, la hice. Salí del baño y me senté en el comedor como si no pasara nada.
–Dame un segundo, voy a revisar el tubito –dijo antes de servir la cena y se dirigió al baño. Me asusté. Unos minutos después salió gritando:
–¡Salió azul, salió azul! ¡Voy a ser mamá!

3 DE OCTUBRE

Como siempre he sido muy ordenado, elaboré una lista de las cosas que quiero hacer en estos últimos días. Fueron varios borradores. La revisaba y la volvía a hacer. Ésta es la definitiva:

1.- RENUNCIAR A MI TRABAJO DEJANDO TODO EN ORDEN PARA QUIEN ME SUSTITUYA.
2.- ACOSTARME CUANTAS VECES PUEDA CON MI ESPOSA.
3.- ESCRIBIR MI ÚLTIMA VOLUNTAD Y TESTAMENTO.
4.- PASAR EL MAYOR TIEMPO POSIBLE CON MI FAMILIA Y AMIGOS.
5.- DEDICAR UN DÍA ENTERO PARA MÍ SOLO.
6.- JUGAR UN ÚLTIMO PARTIDO DE BEISBOL.
7.- FIESTA DE DESPEDIDA.
8.- HACER TODAS LAS LOCURAS QUE DE JOVEN NO ME ATREVÍ.
9.- DISEÑAR MI TUMBA Y ELEGIR UN EPITAFIO.
10.- HISTERIZARME.
11.- MORIR.
12.- SER VELADO.
13.- SER ENTERRADO.

4 DE OCTUBRE

Hoy volví a revisar mi lista de pendientes y sigo satisfecho con ella. Lo malo es que me he dado cuenta de que ya estamos a 4 de octubre y aún no he hecho nada. Voy a perder toda la noche eliminando algunos propósitos. Tampoco hoy voy a poder dormir.
Lo que sí es seguro es que no le voy a decir a mi mujer que dentro de muy poco va a adquirir un nuevo estado civil. No quiero angustiarla ni que calcule cuánto dinero recibirá cuando cobre mi seguro de vida.

5 DE OCTUBRE

Renuncié a mi empleo. No sé cómo le hice, pero me atreví. De sobra está decir que mi esposa se desconcertó al verme en casa antes del mediodía, pero me creyó cuando le dije que había pedido la semana a cuenta de vacaciones, y estuvo de acuerdo en que pasáramos el resto de la tarde en la recámara. A las ocho de la noche nos levantamos y fuimos a cenar a un restaurante de lujo.
–¿Puedo pedir cualquier cosa? –quiso saber ella.
–Lo que sea.
La cena fue deliciosa. Nunca creí que mi mujer fuera tan glotona: probó casi todos los platillos del menú (sé que exagero, pero la cuenta resultó muy elevada; si no estuviera moribundo, la cuenta sí me hubiera matado). Después fuimos a bailar a una discoteca. A las tres de la mañana regresamos a casa. Dormimos abrazados el resto de la noche.

El cura terminó la misa. Mi esposa llora frente al féretro; mis familiares intentan consolarla. Mi hermana ve mi cadáver y lo único que dice es: “Híjole, mano, te vistieron como yuppie”. El velorio fue muy concurrido: fue gente de mi trabajo, mis amigos y mis ex compañeros del equipo de beisbol, quienes después de la ceremonia cenarán juntos para celebrar que vuelven a verse después de veinte años. El dueño de la funeraria anuncia que ya es hora de llevarme al cementerio.
Por primera vez en mucho tiempo llegué tarde a un sitio: nos tocó una manifestación, y además el chofer manejaba muy lento –con lo que odio la impuntualidad–; sin embargo, todos me esperaron. El foso ya está listo para recibirme, el enterrador depositó varios gusanos en él para asegurarse de que mis restos serán devorados correctamente. El ataúd es llevado por unas hormigas que contrató mi mujer. Cuando éstas me dejen bajo tierra, saldrán a toda prisa rumbo al aeropuerto para tomar un avión que las lleve a Washington, donde se reunirán con otras hormigas que planean invadir la Casa Blanca para apoderarse del mundo.
El enterrador comienza a llenar el foso; dentro del féretro escucho claramente cómo la tierra golpea la tapa. Lo único que lamento es que mi hermana tiene razón al mofarse del traje que llevo puesto. Si llené bien mi solicitud y es aceptada, apenas acabe el curso en la escuela de fantasmas, iré a jalarle las patas.

MADRUGADA DEL 6 DE OCTUBRE

Ojalá y no haya hablado dormido, porque si lo hice estoy en grandes problemas.

6 DE OCTUBRE

Hoy este día fue sólo para mí pues mi mujer fue a visitar a sus padres, y como éstos me odian me pidió que no la acompañara.
Desperté temprano para llamar por teléfono a mis amigos pues quería verlos en la noche para despedirme. La mitad dijo que no porque deben ir a trabajar mañana (para qué se me ocurre morir entre semana), la mitad de la mitad restante cambió su domicilio y no tengo modo de localizarlos; estoy seguro de que el resto no quiso contestar mi llamada.
Volví a revisar mi lista. Como lo único que he hecho es acostarme con mi esposa, borré la idea de hacer una fiesta de despedida, así como la de jugar un último partido. Opté por salir un rato a la calle.
El primer lugar que visité fue una funeraria, en donde escogí un ataúd, mandé hacer la lápida y reservé un lugar en el cementerio. Lo único que no conseguí fue que colocaran resortes dentro del sarcófago para que salten violentamente cuando abran la tapa en la misa; tendré que conformarme con un velorio común y corriente. Después me dirigí a una notaría para hacer mi testamento.
A mediodía pasé a la oficina para saludar a mis ex compañeros. En vez de recibir muestras de cariño, todos me reclamaron por mi renuncia pues han tenido muchos problemas para terminar lo que dejé pendiente.
El resto de la tarde estuve dando vueltas en un parque cercano a la casa donde nací. Ahí vi a varios niños pasear con sus padres, ancianos que salían acompañados de enfermeras, parejas besándose y alguno que otro tipo haciendo ejercicio. Aunque traté de no entristecerme, mientras estuve ahí mis pensamientos no eran precisamente alegres. Lamenté no haber tenido hijos, me sentí mal porque sé que nunca caminaré con la ayuda de una enfermera que finja poner atención a lo que digo, y recordé cuando era un adolescente que trataba de besar a sus acompañantes. Mis pensamientos fueron interrumpidos por un balonazo que me dio un niño; lo peor de todo fue que ni siquiera pude reprenderlo porque su papá era mucho más alto y fuerte que yo.
Antes de ir a casa pasé al bar por un último trago. Ahí estuve tres horas. Al llegar a casa sólo la luz de la entrada estaba encendida. Mi esposa dejó un recado en la puerta para disculparse porque no pudo esperarme despierta. Traté de llegar a la recámara de manera silenciosa. Antes de meterme a la cama le di un beso en la mejilla. Ella sólo gimió y siguió dormida.
¡CARAJO! No quiero irme... No ahora... No quiero que los que vayan al velorio se dediquen a contar chistes dizque para aliviar la tensión... Ojalá y sí vayan mis amigos y familiares al entierro, pero no porque quieran asegurarse de mi deceso sino porque en verdad desean despedirse de mí... Es definitivo, el ataúd va a permanecer cerrado; de ninguna manera voy a permitir que me vean y digan que me dejaron como yuppie... No quiero que sean hormigas las que carguen el féretro... Todavía no quiero irme... No importa que no haya vivido muchas cosas, tengo derecho a quedarme... Al menos ahora sí voy a librarme de pagar impuestos... Si existe la reencarnación quiero regresar en forma de caballo... Debí haber gozado más de los años que me tocaron.

7 DE OCTUBRE

Desperté a las seis de la mañana. Fui a la cocina para desayunar y luego me dirigí al estudio. Me quedé viendo mis libreros. No pretendía leer nada puesto que ya terminé la mayoría de esos libros y de ninguna manera voy a iniciar uno que sé que no voy a acabar. Lo que sí hice fue tomar la lista de propósitos y quemarla (lo malo fue que con el humo se activó la alarma de incendios y mi mujer salió corriendo en busca de ayuda). Esto de planificar es una tontería. Lo único que he hecho es obsesionarme por pasarla bien. Lo mejor será improvisar.
Al momento de escribir esto son las nueve de la mañana.
Hoy es el último día de mi vida y quiero aprovecharlo.

–Mi amor, ya no vayas a quemar nada. Por favor.
–No te preocupes. Vuelve a dormirte.
–No puedo. Tengo algo que decirte: estoy embarazada.

FIN

Texto publicado originalmente en:
Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005.

miércoles 13 de agosto de 2008

Biografía sobre un perdedor

Aunque un poco empolvado, el blog sigue vigente y con ganas de darle lata a quien se deje. Ahora se renueva con un texto escrito hace un chingo de tiempo pero que aún me gusta. Espero lo disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.




Cuando me enteré de cómo fue la muerte de Germán, no supe si sentir lástima, entristecerme o simplemente reír. Me decidí por la última opción.
Sé que no es correcto burlarse de algo tan serio como el deceso de un ser humano, pero si ustedes hubieran conocido a Germán como yo, no serían tan severos para juzgarme. Es por eso que en estas líneas pretendo rendir homenaje al gran hombre y amigo que fue Germán Estrada, y de paso reivindicarme con ustedes, estimados lectores.

LA GENERACIÓN A LA QUE PERTENECIÓ GERMÁN

La era de la máquina fue un periodo en el que nacieron más genios que en ningún otro. Entre los grandes hallazgos que vieron la luz en esta era destacan la cura para el insomnio mediante el uso de la hipnosis, y el cuadro parlante (este invento de mucha mayor importancia que el primero porque la gente ahora sí puede entender lo que en verdad quiso decir el pintor).
El lema que resumió a la perfección los ideales de esta generación fue “Viva el amor y burlémonos de quienes no tienen pareja”. Por eso Germán Estrada siempre negó categóricamente pertenecer a ésta (pero no por eso la gente dejó de burlarse de él).
Tal vez por ser un eterno solitario, Germán desarrolló el gran talento que hizo que fuera catalogado como uno de los pilares de la cultura en este milenio, pues como nunca tenía con quién salir los fines de semana, trabajaba arduamente desarrollando sus maravillosas teorías. Pero yo puedo dar fe de que Germán hubiera dado toda su fama, talento y fortuna con tal de no estar solo. Y eso fue precisamente lo que lo llevó a la tumba.
Físicamente, Germán no era una persona agraciada, por el contrario, era un auténtico esqueleto maquillado (de haber sido mujer hubiera conseguido trabajo como supermodelo). Su cara siempre se vio adornada por la barba y el bigote porque, según decía él, “todo lo que tapa ayuda”.
Un día, decidido a mejorar su aspecto, se inscribió en un gimnasio para levantar pesas. Al primer movimiento, el tonelaje de la pesa lo venció y cayó de espaldas, con tan mala fortuna que su cráneo se golpeó en la orilla de uno de los aparatos, causándole la muerte instantáneamente. Y quien dude de mis palabras que se ponga en contacto conmigo, Con gusto le mostraré la cinta que la cámara de seguridad del gimnasio tenía ese día.

SUS PRIMEROS AÑOS

Germán Estrada nació un doce de diciembre. Desde muy joven desarrolló un gran interés por los dulces y su relación con el comportamiento del ser humano.
Sin embargo, su familia era muy pobre y no siempre tenía dinero suficiente para que él llevara a cabo sus experimentos. De esta situación surgió su primera gran frase: “Cuando el hombre no tiene dulces, no puede ser feliz”.
Como es común en casi todos los niños, cuando Germán estaba triste o sentía dolor por algún golpe, lloraba; y fue precisamente por esos berrinches que su familia salió de la pobreza. Esto se debió a que su llanto era tan agudo que sólo los perros lo oían, por lo que su mamá lo alquilaba a varios consultorios veterinarios, donde lo hacían llorar para inmovilizar a los canes que atendían y así poderlos vacunar. Años después, Germán admitió que eso era mucho mejor que pasar toda la noche con cinta adhesiva en la boca.
Al ingresar a la primaria, Germán destacó por dos razones: su gran facilidad para sacar excelentes calificaciones y porque todos sus compañeros lo agarraban de barco (y a veces de sparring). Como suele suceder en la mayoría de estos casos, el director de la escuela castigaba a Germán en lugar de a sus agresores.
Contrario a lo que Germán pensaba, sus compañeros de la primaria aún lo recuerdan. Para completar mi investigación, me di a la tarea de localizar y entrevistar a sus compañeros de la primaria. De todos los testimonios que logré reunir, el más significativo es el de Álvaro M.:

Claro que recuerdo a Germán. En toda mi vida nunca he conocido a nadie que resistiera tantos golpes como él, y además era un valiente que nunca me acusó con el director. Por eso siempre recurría a él para dar rienda suelta a mis instintos violentos. Puede decirse que gracias a Germán no tengo ningún trauma y ahora soy un hombre pacífico, amoroso y feliz.

En esos seis años que duró su educación primaria, y a pesar de que en su mente ya se empezaban a fraguar algunas ideas, Germán no desarrolló ninguna teoría referente a los dulces. Después de todo, era un niño que no comprendía del todo el impacto que causarían sus descubrimientos en el futuro.
Al finalizar su educación primaria, Germán fue elegido como el mejor alumno de su generación. Sus padres decidieron recompensarlo y le permitieron pasar las vacaciones en casa de sus abuelos maternos.
Sin embargo, dos días antes de mudarse con ellos, su hermano mayor murió en un accidente automovilístico. Años después, Germán confesaría que este hecho fue lo que lo motivo a trabajar en sus teorías a tan temprana edad:

Mi hermano tenía un gran talento pero era muy flojo y nunca realizó nada. Cuando murió, mi madre dijo que si él no hubiera holgazaneado tanto, el mundo le rendiría homenaje a su inteligencia, pero como nunca fue emprendedor, sólo nosotros nos acordaríamos de él. Esas palabras fueron como un balde de agua fría. Yo no quería que mi madre opinara lo mismo de mí en caso de que muriera antes que ella. Por eso, en lugar de pasar las vacaciones escolares con mis abuelos, me encerré en mi cuarto para trabajar en mis ideas.

Al llegar a la secundaria, Germán se hizo el firme propósito de no ser otra vez la burla de la escuela, y más ahora que se empeñaba en demostrar que sus teorías lo llevarían a algún lado. Por eso, los siguientes tres años de su vida estudiantil los hizo en la escuela abierta.
Al principio sus padres no vieron con buenos ojos su decisión, pero cuando Germán les explicó sus motivos, decidieron apoyarlo y contrataron una institutriz.
Aunque localicé a la mujer que asesoró a Germán en esos tres años, no pude hablar con ella. Los médicos que la atendían dijeron que era imposible que me diera una entrevista porque los pacientes en estado de coma no pueden hablar. Lo único que pude rescatar de este periodo fue que en esos años descubrió que los dulces en polvo provocaban hilaridad en las personas, y como solía experimentar con él mismo, no quería que nadie fuera de su familia pensara que se estaba convirtiendo en una hiena.

GERMÁN ADOLESCENTE

Aunque Germán finalizó la secundaria abierta con un excelente promedio y ya había desarrollado, e incluso puesto en práctica, varias de sus teorías, sus padres pensaron que era una pérdida de tiempo y dinero tenerlo todo el día en casa. Por esta razón se vio obligado a asistir a la preparatoria en vez de cursarla en el sistema abierto.
Con quince años de edad y un montón de ideas que hacía que uno adivinara su gran potencial, Germán sufrió mucho para adaptarse a su nueva escuela. Y es que en su camino se topó con algo completamente inesperado: las mujeres.
A pesar de su gran inteligencia, Germán era en esencia un ser humano, y como tal, tenía que pasar por el periodo de tortura llamado “pubertad”.
Como era de suponerse, su timidez provocó que tuviera bastantes problemas. En más de una ocasión sintió enamorarse de alguna de sus compañeras, pero como se trataba de algo nuevo para él, no se atrevió a hablarles.
Un día se encontraba en la cafetería de su escuela platicando con tres de sus compañeros acerca de un trabajo que tenían que entregar. Casi al mismo tiempo, los jóvenes notaron que cuatro muchachas los estaban mirando, y no sólo eso, también les aventaban besos. Los chicos adoptaron diversas poses para imitar a los galanes cinematográficos de la época y, además de verse completamente ridículos, les regresaban los besos a las jovencitas. Tres de las cuatro niñas se acercaron hacia ellos y se llevaron a los compañeros de Germán a una mesa aparte para entablar conversación.
Por un momento Germán pensó que la suerte le sonreía, ¡la niña más bonita de ese grupo se había quedado y aventaba besos hacia donde estaba él! Pero cuando ésta se acercó (y mientras Germán seguía comportándose como galán de película de ficheras), en vez de detenerse a platicar con él, la niña se siguió de largo hasta llegar con una compañera de clase y decirle: “¿Dónde has estado toda mi vida?” Más que desilusionado, Germán se sintió confundido.
Una de las actividades que casi todos los estudiantes realizan son las encuestas para determinar quiénes son los más guapos del salón, y el grupo de Germán no fue la excepción. Los resultados de éstas siempre lo pusieron en último lugar. De hecho, sólo en una resultó triunfador: el peor vestido de la clase, aunque sus compañeras justificaron esta decisión argumentando que no era porque él se vistiera mal, sino que su cuerpo no combinaba con nada.
Como no logró ser popular entre las mujeres, Germán decidió olvidarse de sus instintos y dedicarse exclusivamente a sus teorías. Si bien este periodo de su vida no fue fructífero en el aspecto social, en el intelectual logró varios avances, siendo el más importante de ellos el descubrir que es mucho más seguro invertir en acciones de yogurt en lugar de las de crema ácida. De esta época data el libro que lo llevaría a la fama a la edad de diecisiete años: La cotización del yogurt en las casas de bolsa y su relación con el erotismo, publicado por Ediciones Muñoz Munguía.
Años después, el director editorial de este sello admitió que en un principio no sabía si publicar el libro o no:

Primero pensé que era una broma, pues se trataba de un niño casi treinta años más joven que yo. Sin embargo, la seguridad con la que se comportaba y el entusiasmo con el que hablaba de su libro me convencieron para que mandara a dictaminar su ensayo. El resultado de la evaluación no fue favorable pues el dictaminador era intolerante a la lactosa, pero decidí darle otra oportunidad y le mostré el texto a un amigo que era corredor de bolsa. Él fue quien me convenció de que ese muchacho era una mina de oro y me aconsejó publicar el libro inmediatamente.

Como era de suponerse, las críticas a su libro no se hicieron esperar. Casi todos los estudiosos de la materia encontraban absurdo que el factor que determinaba que el yogurt se cotizara mejor que cualquier lácteo era la fecha de caducidad del producto. Sin embargo, el libro fue rotundo éxito de ventas y muchos de los que siguieron sus consejos ahora viven sin ninguna preocupación económica.
El éxito no repercutió en la personalidad de Germán, y continuó estudiando todos los días como si tuviera que presentar un examen muy difícil al día siguiente.
Resulta irónico que el amor que Germán profesaba al estudio, y que fuera el factor por el cual ganó el Premio al Nerd Más Valioso, le diera una gran popularidad con las mujeres de su escuela. A raíz de la publicación de La cotización..., todas las niñas le pedían que les soplara las respuestas de los exámenes o les hiciera la tarea.
Tras graduarse de la preparatoria con honores, y después de reponerse del duro golpe que representó el que no lo invitaran a la fiesta de graduación, Germán tuvo que tomar la que después consideraría como la decisión más importante de su vida: rechazó el puesto de maestro que le ofrecieron en su escuela, así como también declinó la oferta de la casa de bolsa para desempeñarse como asesor financiero, para estudiar psicología, pues pretendía aplicar sus teorías dentro de esta rama.

UNA NUEVA ETAPA EN LA VIDA DE GERMÁN

Al ingresar a la universidad, Germán se independizó de su familia. Las ventas que generaba su libro le daban para eso y más (además él también siguió los consejos financieros de su obra, por lo que sus ingresos se duplicaron).
Su primer año en la facultad no fue muy significativo en su vida profesional. Aunque su incansable cerebro seguía ideando nuevas teorías que todos los días apuntaba en una libreta para no correr el riesgo de olvidarlas, Germán decidió no precipitarse y esperar a que fuera el momento adecuado para sacar un nuevo libro.
En lo que a su vida privada se refiere, Germán vivió una de las mayores crisis existenciales que ningún ser podría haber padecido. Es en este periodo cuando él y yo nos conocimos.
Por aquel entonces yo acababa de ingresar a la universidad para estudiar periodismo y casualmente el primer trabajo que me encargaron fue entrevistarlo. Debo confesar que esperaba encontrarme con una persona altanera que contestaría mis preguntas de muy mala gana, pero no fue así; para mi sorpresa me topé con un tipo que lo que tenía de inteligente lo tenía de agradable. No sólo me dio respuestas dignas de un genio, sino que contestó con tal claridad que no era necesario ser un experto en la materia para comprender lo que decía.
Al despedirnos me solicitó le enviara después una copia del trabajo. Cuando lo leyó se sintió muy satisfecho y, medio en broma medio en serio, insinuó que algún día me contrataría para escribir su biografía.
Al principio no creí que en verdad pensara encargarme que escribiera su historia, pero poco a poco nuestros encuentros se volvieron más frecuentes, y en ellos me platicaba todo lo referente a su vida.
Aunque se negara a admitirlo, Germán se sentía muy solo y hacía todo lo posible por conocer a la siempre mentada “mujer de su vida” (años después, en una borrachera, reconoció que ésa fue la principal razón por la que ingresó a la facultad). Como todas sus técnicas para combatir la soledad habían fallado, Germán decidió recurrir a los extremos: una orgía. Sin embargo, en el último minuto, prefirió no ir porque tenía miedo de que nadie se le acercara.
Por este motivo optó por aplicar el plan B:

...yo había oído que la prostitución era un oficio que, bien ejercido, beneficiaba a ambas partes, así que decidí contratar a una profesional. El dinero no importaba, las regalías que percibía por mi libro me daban para eso y más, y en lo que al SIDA se refiere tampoco me preocupaba mucho: por aquellos días sostenía la teoría de que el chocolate blanco en exceso provocaba que el virus no se desarrollara y muriera. Por si las dudas, decidí tomar precauciones, y qué bueno que lo hice, porque dos días después descubrí que lo único que provoca el exceso de chocolate blanco es acné. Lamentablemente, mis previsiones fueron en vano. La prostituta que contraté resultó virgen y quería iniciarse en el negocio con alguien que valiera la pena, pero a modo de compensación me regaló un calendario de mariposas que estaba muy bonito.
(Declaraciones tomadas de una entrevista en la revista El trauma y yo)

Para conocer ambas versiones de este hecho, localicé a la mujer que en aquella ocasión lo rechazó. Tras sacrificarme y contratar sus servicios para que me contara lo que recordaba de esa noche, esto fue lo que me dijo:

Espero que no lo haya tomado muy a pecho, pero yo apenas tenía dieciséis años y estaba por iniciar mi vida laboral, por lo que quería hacerlo con alguien que valiera la pena. El calendario lo conseguí en una carnicería que está a la vuelta de mi casa, que es la suya. ¿Quiere uno?, aquí tengo varios, me los regalan en la compra de un kilo de molida popular.

Confundido por su mala suerte, Germán creyó encontrar a la mujer de sus sueños en un banco. No se trataba de alguna de las cajeras o de una de las clientes, de hecho no era una mujer de carne y hueso, sino la voz, muy sensual, debo admitirlo, de uno de los cajeros automáticos: “Bienvenido. Para iniciar, toque la pantalla”. Esa sola frase lo hacía suspirar.
Decidido a conocer a la bella fémina que había prestado su voz a esa máquina, Germán comenzó a indagar la identidad de la dama. Tras dos meses de búsqueda en los que se hizo acreedor a varias carcajadas de la gente que conocía esta idea, Germán recibió la llamada de un tipo que aseguraba conocer a quien había originado esa voz y lo citaba en un estacionamiento público a las once de la noche para presentársela a cambio, claro, de una módica suma.
Aunque estaba feliz porque conocería a la dama ideal –incluso pensó en llevarle una copia autografiada de su libro–, Germán tenía miedo por lo misterioso de la invitación y me pidió que lo acompañara. (Finalmente no fui porque esa noche ponían una película muy buena en la tele y me quedé en casa para grabarla.)
Días después me contó lo que sucedió esa noche: a las once en punto se encontró con el enigmático personaje, le pagó la cantidad acordada y recibió aquella hermosa voz en un disquete –de los grandes, para colmo de males– que contenía el programa de sonidos mediante el cual crearon la voz de los cajeros automáticos.
Tras esos días de frustración, sobre todo porque no tenía computadora para reproducir la voz en las noches, Germán decidió congelar nuevamente sus sentimientos y necesidades para retomar tanto sus investigaciones como sus estudios universitarios, y fue en la facultad donde por primera vez no sintió la presión de ser el mejor alumno de su grupo. Tiempo después entrevisté a Rubén G., compañero de Germán en la facultad, para que me explicara el porqué de esto, y de paso me dijera algo acerca de su comportamiento con sus compañeros de clase:

No tengo mucho que decirle. Es más, ahora que usted me ha mostrado lo que ha investigado, he conocido muchos detalles de la vida de Germán que desconocía por completo. En lo que se refiere a su desempeño académico no hay nada que contar. Usted sabe que a nivel facultad ya no existen esas competencias absurdas sobre quién saca las mejores calificaciones; es más, a muchos de los profesores no les impresionó quién era Germán ni sus notas y lo trataban igual que a los demás.
En cuanto a su personalidad es todavía menos lo que puedo comentarle. Él era un tipo enigmático del que sólo sabíamos que existía porque ocupaba una banca en el salón de clases, y de lo otro que usted me pregunta pues mucho menos le puedo informar. Afortunadamente en estos tiempos hay mucho más respeto a las personas sin importar su tendencia; en la universidad uno conoce a heterosexuales, homosexuales, e incluso bisexuales, pero con Germán no se sabía qué pensar. Por lo mismo que era muy reservado, nadie atinó a adivinar sus preferencias. Yo mismo llegué a creer que él era asexual. ¿Me deja ver lo que lleva escrito?, a lo mejor ahí dice algo que yo no sepa.

Cinco años después de haber ingresado a la universidad, Germán tuvo que presentar un examen general para graduarse en psicología. Y es que la única copia de su proyecto de tesis, titulado Sin dulces la vida sería un error, se perdió cuando uno de los trabajadores de limpieza de la facultad lo incluyó accidentalmente en el paquete de hojas para reciclar. Tiempo después, Germán comentaría que lo consolaba el hecho de saber que sus ideas ahora formaban parte de los cuadernos ecológicos que se venden en las tiendas de autoservicio.
Posteriormente, Germán publicó en la revista de psicología La neurona perdida una serie de artículos en los que daba a conocer nuevas teorías que demostraban de manera contundente lo esencial que resultan los caramelos en nuestra vida diaria, lo sabroso que es curarse una depresión con chocolates, y que las golosinas agridulces sólo deben ser consumidas por aquellos que han logrado un equilibrio emocional en sus vidas.
Como complemento a esta serie de artículos, Germán dio a conocer una lista en la que incluía todos los dulces que existen en el mundo y el efecto que cada uno de ellos provoca en las personas (no la reproducimos por falta de espacio).
Al mismo tiempo, se dedicó a dar conferencias en diversas universidades, así como en congresos de psicología, e impartió un curso en el departamento de policía para instruir a las autoridades y así lograr que éstas incluyeran en la dieta de los reos los dulces adecuados para que los bandidos se reformaran totalmente.
Como era de esperarse, la reaparición de Germán y sus teorías provocaron diversas reacciones entre el público y la crítica especializada. La mayoría de los comentarios eran elogios a su gran talento, pero también se hizo de la enemistad del doctor Norberto Quiñones, quien se dedicó en cuerpo y alma a investigar la vida de Germán para posteriormente publicar un artículo en el que manifestaba su desacuerdo con las teorías del dulce e incluso con el mismo Germán como individuo:

...complejo de inferioridad, lo que este individuo ha desarrollado es producto de su enorme complejo de inferioridad. Estamos ante una persona que nunca se ha atrevido a nada. Su actitud ante la vida siempre ha sido derrotista. El miedo que tiene a la cinta adhesiva y a los veterinarios es prueba fiel de que no ha logrado superar los traumas de su infancia; por eso se ha refugiado en la investigación de los dulces.
En cuanto a sus teorías, lo único que puedo decir es que son una muestra clara de la vanidad que todo el mundo tiene, y que en su caso es excesiva. No pongo en duda su inteligencia pues sería muy fácil desmentirme mostrándome las calificaciones que obtuvo en la escuela, pero su trabajo no es producto de su intelecto, más bien es el resultado del incontrolable deseo que tiene de ser admirado y respetado por los demás. Si usara propiamente el cerebro, no publicaría sus estudios sobre los dulces: abriría un establecimiento en el que se vendieran golosinas para toda ocasión.
Otra prueba irrefutable de su vanidad es su insistencia, ¿gula, tal vez?, de experimentar consigo mismo. Todavía no entiendo cómo es que no le dio diabetes; vaya, ¡ni siquiera engordó!
(Fragmento de un artículo publicado en la revista Ya no se acompleje)

Si bien fueron muchas las personas que salieron en defensa de Germán, la más significativa de las misivas que se publicaron en respuesta al ataque del doctor Quiñones es la que escribió el odontólogo Benjamín Domínguez, en donde además de demostrar que el doctor era un viejo amargado, la ironía empleada es considerada como uno de los grandes momentos en la historia de los pleitos en los periódicos:

Doctor Quiñones:

Con desagrado he leído el artículo en el que pretende demostrar que Germán Estrada es, según usted, un farsante que no merece respeto alguno.
No voy a negar que me sentí muy molesto por las líneas que se atrevió a escribir (sólo alguien como usted, de quien dudo que en verdad sea humano, no reaccionaría igual que yo), pero después de mucho pensarlo y de desechar la idea de partirle la cara, he decidido que el mejor modo de rebatir sus débiles argumentos es por medio de una misiva.
Tras analizar con detenimiento sus ataques infundados, he llegado a la raíz de sus evidentes celos hacia Germán Estrada (sí, doctor, también los dentistas podemos sacar conclusiones con respecto al comportamiento de los seres humanos, aunque cobremos por otras cosas). Me atrevo a afirmar que usted nunca ha probado un caramelo, que no ha experimentado el infinito placer que provoca el tener un dulce entre la lengua y el paladar y dejar que las glándulas salivales trabajen para que la golosina se disuelva en la boca de uno. ¿Y sabe por qué? Porque seguramente tiene miedo de dañar su dentadura y vérselas con un odontólogo. Pero no se preocupe, con mucho gusto yo lo atiendo y hasta le hago un descuento.
Le recomiendo haga a un lado sus temores y coma dulces. Si no sabe por cuál empezar, le sugiero lea el excelente artículo en el que Germán Estrada publica la relación que existe entre los sabores de los dulces y los estados de ánimo del ser humano, con suerte hasta se le quita lo intolerante.
Me despido de usted enviándole un cordial abrazo.
Atentamente,
Doctor Benjamín Domínguez.
P.D.: Qué importa que Germán no se haya enfermado de diabetes, a quién le interesa que no engorde por todos los dulces que ha consumido, lo importante es que le salen caries y yo lo atiendo.

Un año después de su retorno, y tras pulir sus nuevos ensayos hasta llegar a una versión definitiva, Germán Estrada publicó en Ediciones Muñoz Munguía el libro que reafirmó su categoría de genio: El declive del chocolate y el alza de la vainilla entre los niños. (Esta obra es ahora un texto obligado en las escuelas de pedagogía y gastronomía.)
La respuesta de los medios y del público fue cien por ciento favorable (el doctor Quiñones había muerto seis meses antes al asfixiarse con un caramelo). En la presentación de El declive..., y a pesar de que no se obsequiaron golosinas, se registró una gran asistencia. Germán respondió a todas las preguntas con gran facilidad de palabra y hasta prometió considerar la idea de escribir un nuevo estudio, ahora sobre la eterna rivalidad que existe entre los alimentos salados y los de sabor dulce.
Como si fuera estrella de rock, Germán realizó giras promocionales tanto en el interior del país, como en Europa. En Francia apareció como chef invitado en los programas de cocina más famosos de la televisión.
Mientras Germán cumplía con sus compromisos en el viejo continente, salió al mercado un libro titulado Diabetes y caries. La biografía no autorizada de Germán Estrada, escrita por un periodista amarillista que entrevistó a sus familiares, compañeros de escuela y personas allegadas a él.
La aparición de esta biografía suscitó un gran escándalo que curiosamente provocó que las ventas de sus libros alcanzaran cifras muy elevadas –incluso superaron el récord de setenta y dos meses en el primer lugar de ventas que logró El diccionario de lo justo y lo correcto–. A pesar de eso, Germán prefería no ser un éxito comercial con tal de que la gente no se enterara de su vida privada.

SUS ÚLTIMOS MESES

El regreso del precursor de la repostería psicológica a su tierra natal provocó gran revuelo entre sus miles de admiradores, incluso fue recibido por el presidente de la república, quien lo comisionó para que supervisara la sección de repostería que se incluiría en la edición definitiva del Recetario oficial del gobierno.
Por esos días salió a la venta un cómic titulado Las aventuras del Capitán Rechazo. Esta historieta se caracterizó por ser la única colección de aventuras en donde el héroe nunca se quedaba con la muchacha porque ésta siempre se enamoraba de los villanos. La opinión pública inmediatamente identificó a Germán como el personaje central.
Enfadado por la aparición de esta revista, Germán me encargó que la analizara detenidamente y le informara si se habían basado en su vida, y sobre todo en su biografía no autorizada.
Tal vez no debí mostrarle los resultados de mi investigación pues éstos lo deprimieron. He aquí algunas de las similitudes entre ambos personajes:

CAPITÁN RECHAZO

1.- Nunca ha tenido novia.

2.- Va dos veces al mes al dentista.

3.- Las mujeres que conoce nunca se enamoran de él.

4.- Su arma secreta es el jarabe de chocolate amargo paralizador.

5.- Su verdadero nombre es Germán Estrada Robles.

6.- Su rostro es idéntico al de Germán.



GERMAN ESTRADA



1.- Nunca ha tenido novia.
2.- Va dos veces al mes al dentista.
3.- Las mujeres que conoce nunca se enamoran de él.
4.- Sostiene que el chocolate amargo es la mejor arma para dominar a alguien.
5.- Su verdadero nombre es Germán Estrada Robles.
6.- Su rostro es idéntico al del Capitán Rechazo.


A pesar de que sus amigos le aconsejamos demandar a los creadores de este cómic por retratar su vida sin permiso, no lo hizo. Las cosas se agravaron cuando se enteró de que gracias a las magníficas ventas que la revista registraba se filmaría una película basada en este personaje.
Para evitar que la gente se burlara de él, Germán se refugió en el departamento de sus padres y no salía de ahí más que para dar sus conferencias. Para su mala fortuna, después de la aparición del cómic, la mitad de las preguntas que le hacían los asistentes a sus ponencias estaban relacionadas con la historieta.
Lo divertido de este asunto es que su popularidad alcanzó alturas insospechadas. Las mujeres lo asediaban a la salida de los lugares donde se presentaba para pedirle que firmara los cómics del Capitán Rechazo, y más de una le preguntaba si él interpretaría el papel del héroe en la película.
Al principio Germán daba la impresión de poder sobrellevar la situación, pero su paciencia no duró más de dos semanas y canceló sus siguientes dos conferencias. A partir de entonces no sólo no salía de casa sus padres, tampoco recibía a nadie que fuera a visitarlo.
Sugestionado por no salir de casa, la mente de Germán albergó la idea de convertirse en sacerdote para así dedicarse con tranquilidad a sus estudios. Una tarde en la que se encontraba solo, y tras descubrir que las galletas cubiertas de gragea son la mejor opción que existe para olvidarse de una decepción amorosa, se soltó tal aguacero que tuvo que subir a la azotea para bajar la ropa tendida. Ahí se topó con una muchacha que recién había llegado a la ciudad. La belleza de la joven lo impresionó como nunca antes lo había estado con ninguna otra mujer y se ofreció a cargar su ropa.
La vecina, de nombre Carmen, también se sintió cautivada por el genio de los dulces y los días sucesivos a ese encuentro los dedicó a visitarlo (la primera de estas reuniones fue para recuperar la ropa que tenía en la azotea, pues el distraído Germán se la llevó junto con la suya).
Al principio Germán no podía creer su suerte, aquella jovencita no sabía quién era él y por primera vez en mucho tiempo tuvo con quién platicar de algo que no fueran sus descubrimientos o su desafortunada vida sentimental.

Lo primero que una chica siente al llegar a esta ciudad es el evidente acoso de los varones hacia ella, pero con él no era así. Me escuchaba, me trataba como a una dama y no como objeto sexual, me ayudó a adaptarme al ritmo de vida que se lleva aquí. En fin, sin su ayuda no creo que hubiera podido soportar la presión que me ocasionaba el estar lejos de mi familia.
(Conversación con Carmen H. acerca de Germán)

Los siguientes dos meses fueron de una gran tranquilidad para él; se sentía apreciado por lo que era y no por quién era, desechó la idea del sacerdocio y se reincorporó a la vida social. Incluso pensó en llevar a Carmen al estreno de El Capitán Rechazo –esta idea no duró en su cabeza más de diez minutos–. Cuando estaba con sus amigos no hacía más que hablar de ella y de lo mucho que lo había ayudado. Las frases que más empleaba eran “me gusta más que el chocolate blanco”, “la depresión que no pude curarme con los dulces la terminó ella” y “si es necesario, dejo mis investigaciones y empiezo una vida nueva a su lado”.
A pesar de que Carmen se sentía atraída por la personalidad de Germán, no estaba segura de que le gustara como hombre. Y es que ella había crecido con la esperanza de algún día encontrar a la persona ideal. Por las noches imaginaba al hombre que la desposaría y Germán no encajaba en el patrón físico que ella deseaba. Para salir de dudas, decidió cambiarle su imagen y le renovó su guardarropa. Después de comprar varias prendas de moda que según ella harían que se viera como el ideal que tanto buscaba, Carmen se dio cuenta de que el problema no era cómo vestía, sino que su cuerpo enclenque no le ayudaba en lo más mínimo. “Deberías hacer ejercicio, estás casi tan flaco como ese personaje, el Capitán Rechazo”, argumentó ella.
Esas palabras provocaron que Germán volviera a deprimirse. Sin embargo, algo había cambiado en su forma de ser: por primera vez se sentía amado y no iba a permitir que Carmen se fuera de su vida. Para remediar esta situación, se inscribió en un gimnasio con la firme intención de mejorar su aspecto.
El trágico resultado de esta idea ya se mencionó al principio de esta biografía. Paradójicamente, su deceso aconteció el mismo día en que se estrenó El Capitán Rechazo. La película.

EPÍLOGO

La noticia de su muerte fue un duro golpe para sus amigos, compañeros de trabajo y familiares. Varias de las escuelas donde Germán impartía sus conferencias dieron ese día como feriado para asistir al velorio, la casa de bolsa izó la bandera a media asta y los periódicos dedicaron varias planas para informar de su fallecimiento. La nota más emotiva afirmaba que “Germán logró que los seres humanos alcanzaran la felicidad por medio de los dulces”.
A partir de ese día, y hasta la fecha, se le han rendido múltiples homenajes. Ediciones Muñoz Munguía reimprime todos los años sus dos libros, tanto en formato de bolsillo como en pasta dura, y siguen vendiéndose con gran éxito. Los miembros de El Colegio Nacional de Gastronomía pensaron crear un postre, o en su defecto un dulce, que llevara su nombre e imagen, pero nunca se pusieron de acuerdo en el sabor.
Los restos de Germán descansan en la cripta de la familia Estrada. Carmen, ahora sor Carmen, vive feliz al lado de Dios; todos los años reza un rosario por Germán en el convento de su ciudad natal.
Sirvan estas líneas para rendir tributo al hombre que le dio un nuevo sentido al apodo “terroncito de azúcar”.


FIN



Texto publicado originalmente en:

Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005.

domingo 6 de julio de 2008

Un pequeño defecto

Injustamente, muchas personas me han clasificado en esa delicada categoría de loco. Digo injustamente, porque no me conocen. Pero para que vean que soy buena onda, aquí les doy los argumentos suficientes para que, ahora con conocimiento de causa, me sigan considerando loco.
Lo sé, ahora me tardé casi dos meses en actualizar. Pero es que aparte de loco soy flojo. o(
Pero ahora sí, aquí va la tan esperada actualización de mi blog favorito. Espero la disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.


Quienes conocieron a Manuel decían que cuando Dios le preguntó qué defectos quería tener, él contestó: “Todos”. Distraído, de mal carácter, antisocial, egoísta, vanidoso... Sus virtudes eran imperceptibles incluso para la persona mejor intencionada, razón por la cual nunca había tenido novia. Pero de todas sus peculiaridades, una sobresalía: desde que cumplió 24 años, en las noches de luna llena se convertía en gato de cerámica.
Este mal lo heredó de su familia materna. El primero de sus antepasados en manifestar dicha enfermedad (por llamarla de alguna manera) fue un soldado del siglo XVII. Todas las noches de luna llena se convertía en herradura de caballo.
Con el paso de los años, sus descendientes se fueron transformando en distintas cosas, desde piezas de mármol hasta arbustos. Por ejemplo: la tía de Manuel se convertía cada decimoséptima noche en reproducción en miniatura de la Diana Cazadora; la mamá de Manuel, en estatua de barro cada primero de mes (y el papá de Manuel aprovechaba para cambiarle la fisonomía).
Si bien todos sus parientes habían tomado la maldición con algo de sentido del humor, Manuel no les creyó a sus padres cuando éstos le dijeron la verdad e, incluso, le mencionaron que él era el primero de la familia que se transformaba con todo y ropa.
Como pensó que sus progenitores habían perdido la razón, Manuel se mudó a un departamento. Naturalmente, a sus padres les dolió mucho la decisión de su hijo (y también el que les llamara “pinches locos” antes de irse), pero se sintieron tranquilos pues sabían que Manuel siempre estaría solo en casa cuando se transformara en gato de cerámica.

Los primeros meses del Manuel independiente transcurrieron tal y como sus padres vaticinaron. Sin embargo, un día decidió no ir a su casa después de trabajar sino pasear un rato en un centro comercial que casi siempre estaba vacío. Al pasar bajo el techo de cristales, Manuel vio la luna llena y, ante los ojos de una vendedora de artesanías, se transformó. La mujer, asombrada, no podía articular palabra alguna; únicamente tomó al gato y lo llevó a la tienda para tratar de contarle a su jefa lo que acababa de ver, pero apenas entró con la figura, ésta la reprendió por estar jugando con la mercancía y colocó al gato en un estante.
Poco antes de cerrar el negocio, una excéntrica señora de edad avanzada entró a la tienda, vio a Manuel y lo compró.
–Está horrible, pero no tengo ninguno de cerámica en mi colección –dijo la dama antes de salir del local.
Tras dos horas de viaje por carretera, la señora llegó a su casa, colocó la figurilla en la mesa de la sala, junto con los demás gatos, encendió su cámara de video para grabar cómo pasaba la noche el nuevo gato y se retiró a dormir.
En la madrugada, un ruido la despertó. La señora se asomó a la sala y vio a Manuel tirado sobre los pedazos que antes formaban la mesa.
–¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí? ¿Qué quiere? ¡No me mate! –exclamaba asustada la señora.
–¿Qué carajos hago aquí? –preguntaba confundido Manuel.
Durante algunos minutos, Manuel y la señora sólo gritaban cosas ininteligibles, hasta que ella le dio una patada y lo noqueó con un pedazo de la mesa. (Información adicional: la transformación ocurrió porque una nube tapó la luna llena.)
Cuando la señora estaba a punto de huir, la luna llena volvió a lucir en el cielo y Manuel se convirtió de nueva cuenta en gato. La señora se desmayó.
A las diez de la mañana del día siguiente, Manuel abrió los ojos; tenía un chichón en la cabeza. Lo primero que vio fue a la señora, quien le dijo:
–No sé qué fue lo que pasó, pero yo a usted lo compré cuando era gato de cerámica y no voy a dejarlo partir, mi colección quedaría incompleta.
–¿Cómo que me compró? –preguntó Manuel desconcertado.
Por toda respuesta, la señora le mostró la cinta de la cámara de video. “Mis padres no estaban tan locos”, pensó Manuel. Posteriormente, decidieron solucionar el conflicto; hablarían de mujer con manía por las figuras de gato a hombre que se transformaba en una de éstas quién sabe por qué.
Tras la presentación formal, la señora, llamada Berta, se desilusionó al conocer el nombre de Manuel, pues deseaba ponerle Groucho.
Manuel quiso llamar a su oficina para justificar su falta, pero no servía el teléfono de la casa; intentó abordar un taxi para ir a su departamento, y descubrió que se encontraba en Querétaro; trató de convencer a la señora Berta de que ya tenía una vida hecha en la capital, pero a ella le valió. Manuel tuvo que admitir que estaba atrapado.
El segundo problema a resolver fue dónde dormiría Manuel. Obviamente no sería en la misma cama que la señora Berta. Decidieron que pasaría las noches en la sala (previo a cerrar todos los cajones y la recámara de la señora con llave).
Por último, y lo que más les costó solucionar, la señora intentó asignarle un trabajo a Manuel.
–Le advierto que yo me recibí de administrador y no pienso dedicarme a algo que no tenga que ver con mi carrera –amenazó Manuel.
Astutamente, la señora Berta lo nombró Administrador de las Labores Domésticas. Tres días después, Manuel descubrió que se había convertido en un simple mayordomo.

Durante los primeros tres meses, la relación se limitó a las órdenes que la señora le daba a Manuel. La única labor que no le permitía hacer era ir al supermercado para que no intentara huir, por lo que doña Berta contrató el servicio a domicilio.
Manuel cada día se acostumbraba más a su nueva vida (aunque no por eso le gustaba) y pronto aprendió a realizar la limpieza y demás quehaceres; lo único malo era que cuando iba a sacudir la colección de gatos, la señora le decía: “Cuidado y rompes uno de mis gatos; a lo mejor entre ellos está tu abuelo”.
Todas las noches de luna llena, Manuel volvía a ser Groucho, el número 45 de la colección.

El cuarto mes trajo cambios importantes. Mientras desayunaba un sándwich en la cama, doña Berta sufrió un infarto y murió. Asustado, Manuel tomó dinero de la casa y huyó. Tras vagar unas cuantas horas, entró a una fonda para comer. Cuando le trajeron la sopa, se le acercó una mujer que le pidió permiso para compartir la mesa; al poco rato, la mujer comenzó a hacerle plática y a comerse el pan de Manuel. Los primeros quince minutos, él se limitó a decirle: “No se trague mi comida y cállese, que no me deja ver la tele”, pero como no había televisión en la fonda y la muchacha ya se había acabado el pan y la salsa, no le quedó más remedio que escucharla.
Conforme transcurría el almuerzo, Manuel se olvidaba de la señora Berta y comenzó a fijarse en aquella mujer que intentaba sacarle algo más que monosílabos, y cuando descubrió que tenía abierto un botón de más en su blusa, comenzó a mostrarse si no simpático, sí tolerable, y le propuso a la dama que fueran al cine.
Al terminar la película, Manuel sugirió que fueran a un hotel. “De alguna manera tengo que librarme de esta tensión”, fue su razonamiento. Para su sorpresa, ella aceptó.
–¿Cómo te llamas? –preguntó entonces Manuel.
–Julia.
Ya en la habitación, Julia admitió que en verdad sentía algo por Manuel, aunque le parecía horrible y antipático.
–Tal vez el destino quiere que estemos juntos –agregó.
–No arruines esto platicando. A lo que vinimos –respondió él.
Como es de imaginarse, el acto no se llevó a cabo porque a Manuel se le había olvidado que esa noche habría luna llena. Conforme se desnudaban, comenzó la metamorfosis.

–¿Qué tal estuve? ¿Te gustó? –preguntó Manuel cuando una nube tapó la luna llena y él volvió en sí. Para su sorpresa, Julia le contestó desde el baño:
–Los gatos de cerámica no pueden tener relaciones.
Nervioso, Manuel comenzó a pensar en alguna excusa que fuera creíble. Sin embargo, antes de que pudiera decirle que todo había sido una ilusión óptica, apareció ante él Marilyn Monroe.
–Creo que tenemos enfermedades parecidas –dijo ella antes de que la nube descubriera la luna y Manuel volviera a ser gato.
Al día siguiente, Manuel y Julia decidieron contarse su historia:
–Pos no sé por qué coños me pasa esto. Alguna vez mis papás me dijeron algo, los tiré de a locos y me largué de la casa, pero resultó ser cierto. Lo único seguro es que esto es cada luna llena.
–Eres afortunado. Desde que cumplí veinte años me transformo en Marilyn Monroe a diario, desde las siete de la noche hasta las siete de la mañana. También ignoro el porqué –confesó ella.
En el transcurso del día, Julia le contó que todos los miembros de su familia paterna padecían de algo similar: su padre se convertía en Buddy Holly; su hermano, en Babe Ruth; sus tíos, en los hermanos Marx...
–Aunque nosotros lo tomamos de buena manera. Es más: decidimos aprovechar nuestras transformaciones para montar un espectáculo en el Teatro Blanquita.
–Se volvieron millonarios, supongo –comentó Manuel mientras calculaba cuánto dinero tendría ella.
–No. El show duró apenas dos semanas. Como nadie conocía a los personajes en los que nos convertíamos, la gente no iba a vernos. El empresario decidió cancelar el espectáculo.
También le contó que tras ese fracaso decidió alejarse de su familia por un tiempo e intentar llevar una vida normal.
–Mi vida amorosa, sin embargo, es un desastre.
–Pero si te conviertes en Marilyn por las noches no deberías de tener problemas para conseguir novio.
–Eso es lo malo: todos quieren estar conmigo sólo por mi apariencia.
“Bueno, no eres muy simpática que digamos”, pensó Manuel.
Para evitar que Julia le contara más sobre ella, Manuel le propuso que lo acompañara al D.F. para tratar de recuperar su departamento. Cuando llegaron, descubrió asombrado y ofendido que ninguno de sus vecinos había notado su ausencia.
Obviamente, la casa estaba llena de recibos de pago de la renta, el teléfono y la luz. Dos horas después, terminaron de guardar toda la correspondencia, calcularon a cuánto ascendía la deuda (“ya les pagaré mañana”, decía Manuel) y de limpiar un poco el apartamento.
–¿Quieres hacerlo esta vez? Hoy no habrá luna llena –propuso entonces Julia.

A partir de ese día, se volvieron inseparables. Manuel le contó a Julia todo lo referente a la señora Berta y Julia le platicó más detalles de su vida, y si bien nunca nació entre ellos algo parecido al amor, poco a poco aprendieron a estar juntos (Manuel incluso confesó que se estaba acostumbrando a ella), por lo que decidieron casarse. Además, era muy probable que nunca pudieran relacionarse con alguien más.
La boda se realizó un sábado por la mañana. Julia invitó a todos sus familiares; Manuel, a nadie. Pasada la luna de miel, ambos consiguieron trabajo. Ella, de maestra de actuación; él, como administrador en una fábrica de telas.
Lo último que se supo de esta pareja es que tuvieron un hijo al que llamaron Roberto, quien justamente hoy cumple cinco años y aún no se ha transformado en nada.

Texto publicado originalmente en la ya extinta página electrónica www.bagonliterario.com, por cortesía de mi amigo Gonzalo Pozo, en el primer trimestre del año 2004.
Publicado también en:
Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005
Tinta seca, núm. 73, México, septiembre-octubre de 2005.

domingo 11 de mayo de 2008

Una aventura patológica


¿Qué dijeron, lo leemos aquí y así ya no buscamos el libro? Pues narices, jejeje.

No es cierto. Es sólo que para preservar un poco el misterio fue que decidí editar esta entrada. Pero para que recuerden qué había aquí, les presento la portada de este libro que ahora ha visto la luz.

Agradezco a todos los que en su momento dejaron comentarios a esta entrada (no los he borrado, ni lo haré). Junto con el texto con que debutó el blog, éste fue el que más comentarios recibió.

Agradezco también a aquel anónimo que me señaló mis barrabasadas anatómicas (y no me refiero a mi panza), y me permito hacerle una aclaración: nunca troné anatomía porque mi escuela era tan pobre que no podían darnos clase de anatomía. Lo cierto es que su comentario hizo que pusiera un poco de más atención al texto y puliera varios detalles que en su momento pasé por alto.
La versión que se publicó aquí difiere un poco de la que publica la editorial.


Saludos a todos.


viernes 11 de abril de 2008

El cuento aburrido

Después de casi un mes de no publicar nada en el blog, por fin me acordé de la contraseña de esta cosa. XD. No es cierto, no había tenido tiempo de escribir nada, pero para mantener esto más o menos actualizado, les mando este texto escrito hace diez años y que por fin ve la luz.

EL CUENTO ABURRIDO terminó de imprimirse en ???????? de ???? en los talleres de Ediciones Muñoz Munguía, Calle de la Amargura s/n. Colonia Balcones de la Herradura Edo. de México. Se tiraron 1000 ejemplares más sobrantes para su reposición. La edición estuvo al cuidado de ???????????????

Cuando me propuse publicar un libro de cuentos pensé que sería muy sencillo. Ya tenía en mi haber seis historias que habían aparecido en algunas revistas, más otras ocho inéditas. Sólo tendría que presentar el proyecto a una editorial, y en caso de que fuera aprobado, entregarlo en un diskette, cobrar el anticipo, realizar alguna que otra corrección en las pruebas que me manden y esperar a que se imprimieran los ejemplares.
La suerte me acompañó: en la primera editorial donde llevé el libro fui aceptado. Firmé el contrato y un par de semanas después tenía en mi poder el anticipo. El resto era responsabilidad de los editores.
Mientras tanto, continuaba con mi vida normal: escribía reseñas para varios periódicos, realizaba correcciones de estilo para algunas editoriales, además de seguir en mi trabajo de planta en una agencia de publicidad. (Como adivinarán, soy un obsesivo que prefiere trabajar en lugar de divertirse.)
El ego hizo que presumiera prematuramente la publicación del libro. Mis amigos, familiares y compañeros de trabajo ya conocían el título de éste: El cuento aburrido (nombre de la historia con la que gané mi primer premio). Sin embargo pasó un mes, dos, tres y yo no tenía noticias de la editorial, hasta que ayer recibí una llamada telefónica:
-Qué bueno que te localizo. Necesitamos otro cuento para tu libro; hicimos un nuevo dictamen a la obra y uno de los textos es muy débil en comparación con los demás. Y, por favor, lo que nos mandes que sea de unas siete cuartillas; si no, también quedaría cojo el manuscrito.
Ahí empezaron mis problemas. Ya no tengo nada más que darles, y normalmente tardo hasta cuatro meses en escribir la primera versión de un cuento. Pero el compromiso está hecho y tengo que cumplir.
Al llegar a casa revisé los archivos de la computadora. No sólo no tengo ningún relato listo para entregar, sino que tampoco hay nada inconcluso. El archivo en el que escribo mis ideas no ofrece buenas soluciones:

IDEAS PARA ESCRIBIR CUENTOS

1.- El personaje despierta un día y descubre que su cerebro se fue de vacaciones a Puerto Rico dejando activado el “piloto automático” para que su cuerpo no muera mientras está fuera. Entre los conocimientos que están de viaje se encuentra su número de cuenta bancaria, por lo que no puede sacar dinero para ir a buscarlo.

2.- Un grupo de curas, guiados por uno que es bastante chismoso, envía una carta al Vaticano exigiendo que se anule el secreto de confesión para poder escribir guiones cinematográficos con todo lo que saben y así aumentar sus ingresos.

3.- Un luchador profesional se deprime al enterarse de que todas sus peleas estaban arregladas y que ya nadie quiere venderse para que él siga ganando. Su siguiente combate es máscara contra máscara.

Tras hacer un berrinche, lamentarme porque nunca me he topado con alguien que venga del futuro para entregarme los cuentos que escribí y así sólo tener que transcribirlos, y desesperarme por no tener nada que me saque del apuro, opté por escribir sin pensar, a ver qué me salía. Ya tenía tiempo de no experimentar esa técnica, pero si no lo hacía probablemente nunca comenzaría la historia. Después de tres horas, catorce cigarrillos, siete tazas de café, dos llamadas telefónicas y tres pausas para ir al baño, completé alrededor de una cuartilla. El resultado no fue muy alentador:

UNA AVENTURA PATOLÓGICA
por Andrés Tagle Zannini.

Había sido un día muy largo para el microbio. El lidiar con analgésicos y antibióticos había minado sus fuerzas. La brigada 123 de anticuerpos no había dejado de atacarlo ni un solo instante, y para colmo de males se acababa de enterar de que mañana iría un médico a casa del enfermo para aplicarle una inyección de vitaminas. Sólo un milagro podría salvarlo.
Sus plegarias al santo patrono de los malestares fueron escuchadas y el milagrito ocurrió en forma de olvido, ya que al anochecer el paciente no tomó sus medicinas y, al momento de dormir, sus defensas se encontraban en inferioridad numérica. Por esta razón el virus volvió a atacar, ahora con todo éxito.
Tras el festín que se dio la noche anterior, decidió convocar a una junta a los demás microbios.

MINUTA DE LA REUNIÓN DE VIRUS:

1.- Se pasó lista de presente a todos los síntomas que conforman esta honorable asociación.
2.- Tras la revisión de asistentes se realizó la ceremonia de honores a los enfermos.
3.- Se dio lectura al acta de la junta pasada (de hace seis meses).
4.- Al entrar en materia, el compañero fiebre propuso que sólo se realicen ataques por las noches con el único fin de molestar al convaleciente. La moción fue aceptada por unanimidad.
5.- Se tomó conciencia de que eventualmente se perderá la batalla, por lo que se acordó llevar una bitácora que dé información a las siguientes enfermedades acerca de los puntos débiles de la brigada 123 de anticuerpos.
6.- Se elaboró una nueva estrategia de combate, la cual incluye inducir al vómito a la víctima al momento en que ésta ingiera cualquier medicamento.
7.- Finalmente, se informó que el sindicato del dolor decidió unir fuerzas con nuestra asociación para atacar de manera más contundente al enfermo.
8.- Queda pendiente para la siguiente junta la votación para decidir si se acepta o no la alianza que el sindicato de la caries propuso.

Una vez terminada la junta, el virus se fue a descansar, pues en la noche su escuadrón bombardearía el campo de batalla.

ALT, ARCHIVO, SALIR.
¿DESEA GUARDAR LOS CAMBIOS HECHOS A DOCUMENTO 1? SÍ. NO. CANCELAR.
-Por supuesto que no.

En mis otros trabajos las cosas marchan mejor. El jefe de la agencia está contento con mi rendimiento (la nueva campaña de desodorantes ha sido un éxito); uno de los periódicos en los que escribo me envió una novela para que la reseñe, y la editorial en la que colaboro con mayor frecuencia me encargó que corrigiera doscientas cuartillas de un libro de superación personal.

Cuando era adolescente odiaba las agendas; creía que eran para mamones que no saben cómo llamar la atención. Pero de no ser por la libreta que me obsequiaron la Navidad pasada, hubiera dejado plantado a Ramón.
En la reunión que sostuvimos, además de comer bastante bien, discutimos varios proyectos literarios que pueden dar muy buenos resultados. Con Ramón siempre he trabajado muy bien; además, desde que nos conocemos, ha sido uno de mis gurús. Todo lo que escribo pasa por sus ojos antes de intentar publicarlo. Por eso no dudé ni un minuto en contarle el problema que tengo con el libro. Y qué bueno que lo hice, pues me dio una gran idea para una historia.
Él siempre ha defendido la teoría de que el colofón no tiene que ser meramente para informar dónde se imprimió el libro y su tiraje; el colofón también es un género literario.
-Deberías escribir un cuento en forma de colofón.
Desde que salí del restaurante rumbo a la agencia mi cerebro no ha dejado de pensar en la manera en la que voy a escribir ese colofón. No puedo esperar a que llegue la hora de salida para ir a mi casa a trabajar.

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DOCUMENTO 1

Este libro comenzó a escribirse mucho tiempo antes de que usted, estimado lector, lo tuviera en sus manos. El trabajo editorial fue desgastante porque cometimos el error de contratarlo antes de que estuviera terminado, y el necio del autor tuvo una racha de tres semanas en la que no se le ocurrió una sola idea. Después vino otro periodo negativo -éste duró un mes- en el que le dio flojera y nomás no quería trabajar. Por fin a nosotros, los pobres editores, que tenemos una labor muy ingrata porque los lectores como usted, y perdone la pedrada, sólo ponen atención a nuestro trabajo cuando hacemos algo mal, se nos ocurrió una idea brillante para obligar al obstinado escritor a terminar el libro: de manera clandestina visitamos a su novia y le explicamos nuestro problema. Ella accedió a prestarnos su ayuda y lo amenazó con dejarlo si no terminaba pronto el libro. (¿Y creerán ustedes que el muy canalla se atrevió a pensar si en verdad valía la pena continuar con esa relación?) Pero no piensen que ése fue nuestro único contratiempo. Una vez que entregó el libro, y después de organizar una fiesta para celebrar que ya teníamos el manuscrito en nuestras manos, tuvimos que corregirlo. Esta labor en verdad fue ardua (lo leímos aproximadamente diez veces), y es que no les hemos comentado que el creador de este libro es uno de los mejores exponentes, y pensamos también que el campeón defensor, del juego “Encuentre la errata”, por lo que si llegan a toparse con algún error les rogamos no lo vean con malos ojos y, en vez de criticarnos, se pongan en contacto con nosotros para posteriormente regañar al autor por no escribir correctamente.
Cuando por fin terminamos de corregirlo (más bien, cuando ya no hubo nadie en la editorial que no lo hubiera leído), lo mandamos a imprimir a los talleres Galeras S.A. de C.V. Lamentablemente sus máquinas se averiaron y tardaron tres meses más de lo previsto en repararlas. En ese lapso nuestra directora editorial dio a luz a su primogénito, se terminó la temporada de beisbol e inició la de futbol americano y le dio un infarto al impresor. Pero a pesar de todo nos entregaron los libros ya terminados.
Como somos muy optimistas no tiramos ningún ejemplar; confiamos ciegamente en que se van a vender todos (más o menos como dos mil). La edición estuvo al cuidado de todos y cada uno de los que conformamos la Unidad Editorial. (Véase la lista de nombres y currículum que se anexa al final de esta página.)

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Ay, Dios, a este paso no voy a llenar las siete hojas. Mejor voy a dormir un rato.

Como no se me ocurría nada más, decidí olvidarme del libro por un tiempo. Un mes después llegaron las vacaciones de Semana Santa. Para el agrado de todos los que trabajamos en la agencia, nuestro jefe anunció que nos daría dos semanas libres. Como las editoriales en las que colaboro también van a suspender actividades, y además de que estoy muy cansado, me iré de vacaciones a Córdoba, Veracruz. Al día siguiente compré mi boleto de autobús, hice la reservación del hotel y adquirí lo necesario para no pasarla mal.
Después de una semana laboral bastante pesada llegó el viernes, y con éste el periodo vacacional prometido. El sábado desperté a las cinco y media de la mañana para llegar a las siete a la terminal de autobuses. Una vez en la estación esperé a que anunciaran por cuál salida debería abordar el camión; pero como estaba desmañanado me quedé dormido en la salita de espera y desperté a las once del día. Los empleados de la línea se negaron a cambiarme el boleto y tuve que adqurir otro para el viaje de las once treinta.
Cinco horas después arribamos a Córdoba. Tras llegar al hotel y dejar mis cosas en la habitación fui a dar un paseo a los portales y a comer. Para mi sorpresa, en el restaurante que elegí me encontré a Raymundo, mi mejor amigo de la secundaria, a quien tenía casi veinte años de no ver.
-¿Qué estás haciendo aquí? -me preguntó.
-Vine a pasar la Semana Santa, ¿y tú?
-Aquí vivo desde hace quince años. ¿Vienes solo o trajiste a alguien?
-No se me ocurrió invitar a nadie.
-Eso tiene remedio. Te voy a presentar a la hermana de mi novia. Es una chava muy agradable, y no tiene novio. Vas a necesitar vacaciones para reponerte después de estar con ella.
Después de esa promesa platicamos de muchas cosas. Me puso al corriente de lo que había sido de su vida y yo le conté a qué me dedico ahora; sobre todo, le anuncié que estaba por salir mi primer libro de cuentos.
-Esto hay que celebrarlo -dijo-. Ve a tu hotel a ducharte y encuéntrame dentro de una hora en la entrada del Caníbal Park.
-¿El qué...?
-Tú agarra un taxi y dile al chofer que te lleve al Caníbal, no hay pierde.
Regresé al hotel para darme un baño y cambiarme de ropa. En mi mente estaba la duda de qué demonios es el Caníbal. Suponía que se trataba de una discoteca o un bar. El taxista que me llevó se moría de la risa cuando le pregunté cómo era el lugar donde me habían citado. Al llegar al mentado Caníbal localicé rápidamente a Raymundo, quien iba acompañado por dos mujeres.
-¿Qué clase de antro es éste? -le pregunté.
-No seas bruto, estamos en el parque de beisbol; hoy juegan los Cafeteros contra Rieleros. Pensé que te gustaban los deportes -respondió Ray.
-Hace diez años olvidé que existen.
-Mira: ella es mi novia, Angélica -y señaló a la dama que estaba a su izquierda-; y ella es su hermana, Isabel.
-Mucho gusto -dije. “Isabel está buenísima”, pensé.
Esta gente de Córdoba en verdad es apasionada del beisbol. Raymundo y su novia no vieron el juego, pero aparecieron varias veces en la pantalla del estadio mientras se besaban. Isabel en un principio estaba muy concentrada en el partido, pero después de la quinta entrada -casualmente cuando los locales eran apabullados por los Rieleros con una ofensiva de once carreras- me dedicó su atención.
Al término del cotejo Isabel y yo ya éramos amigos. A la salida del estadio perdimos a Ray y a su novia entre la multitud. Como no sabía qué hacer con Isabel o a dónde llevarla le propuse:
-¿Quieres ir un rato a mi hotel?
-Trabajas rápido. ¿No intentarás conquistarme primero?
-No, cómo crees. Es sólo que hace muchos años que no venía a esta ciudad y no sé qué lugar es conveniente visitar.
-Eso déjamelo a mí.
Isabel me llevó a un bar para que tomáramos un trago y así platicar a gusto.
-¿Vas a quedarte mucho tiempo en Córdoba?
-Sólo dos semanas. Tengo que reintegrarme a mis trabajos.
-¿Tienes más de uno?
-Soy publicista y escritor. Estoy a punto de sacar un libro de cuentos.
-Ya me había platicado algo Raymundo. Me gustaría que me enseñaras tus historias.
-Bueno, ahorita no las tengo a la mano. Además, me falta un cuento para completar el libro.
-Si quieres te puedo dar algunas ideas.
El resto de la velada fue entretenida. Isabel me contó que es maestra de secundaria; también habló acerca de su familia. Por lo que entendí, son bastante estrictos con ella.
A las dos de la mañana me llevó al hotel donde me hospedo y nos despedimos con un beso.
-Creí que nunca lo harías -dijo.

A la mañana siguiente Raymundo y su novia pasaron por mí y fuimos a desayunar.
-Le encantaste a mi hermana. Te mandó muchos saludos -mencionó Angélica.
-¿Por qué no la trajeron?
-Estaba muy cansada, pero dijo que te quiere ver hoy en la noche para ir a bailar.
-Oye -intervino Raymundo-, ¿qué te parece si vamos mañana a Veracruz? Con la nueva carretera llegas en menos de dos horas. Podemos ir a la playa a bucear. Si quieres invitamos a Isabel.
En la noche fui a la discoteca con Isabel. Creo que ambos estábamos un poco nerviosos por vernos de nuevo, y a la hora de bailar derribamos a una pareja que estaba cerca de nosotros.
-Mejor vamos a sentarnos -sugerí.
Me gustaría decir que la pasamos bien, pero la verdad es que no podíamos escucharnos por el volumen de la música. Decidimos que era mejor dar un paseo por la ciudad. Apenas llegamos a un parque, nos sentamos en una banca y nos besamos en repetidas ocasiones.
-Creo que es un poco tarde -dijo Isabel después de una hora-. ¿Vas a ir mañana a Veracruz con nosotros?
-Sí -no pude decir nada más pues volvió a besarme.
Al llegar al hotel estaba convencido de que podía hacer un buen cuento basándome en lo que estaba viviendo con Isabel. (Claro que tendría que deformar la realidad para no herir su intimidad.)

Creo que estoy enamorándome. El viaje relámpago a Veracruz fue maravilloso. En el trayecto al puerto Isabel y yo no dijimos nada (estábamos muy cansados y dormimos abrazados hasta llegar a nuestro destino), pero apenas bajamos del auto no dejamos de charlar ni un instante (excepto cuando estuvimos buceando, claro). Admito que no esperaba que me pidiera que le untara bronceador en la espalda, y mucho menos que ella me lo pusiera a mí. Después de asolearnos, los cuatro nos unimos a una expedición a la Isla del Amor (creo que así se llama).
-Después de venir aquí, el que no tiene pareja la halla -explicó el señor que organizaba el viaje.
En la tarde fuimos a comer mariscos. Raymundo y Angélica fingieron no conocernos cuando Isabel y yo nos paramos a bailar con los músicos que cantaban en el restaurante.
En la noche regresamos a Córdoba. Isabel insistió en quedarse conmigo para platicar en el lobby del hotel. Le conté acerca de mi libro y de los comerciales que había hecho. Ella escuchó con mucho interés todo lo que le decía. Esa noche no dormí solo.
Al día siguiente, y después de que Isabel se fuera a su casa, no salí de la habitación más que para comer. Tomé mi cuaderno y una pluma e inicié la historia que tenía en mente.

LA ISLA DEL AMOR
por Andrés Tagle Zannini.

Después de pasar casi un año sin pareja, Rubén decidió olvidar a su ex novia y ponerse de nueva cuenta en circulación. Al principio le fue difícil reintegrarse a la vida nocturna, pero en menos de dos semanas había vuelto a ser el reventado de siempre. Poco tiempo después ya era famoso en todos los bares de la ciudad.
Conocer gente nunca había sido un problema para él y pronto recuperó el don que tenía para conquistar a las mujeres más hermosas. En uno de los bares que frecuentaba empezaron a apodarlo el Jugador Más Valioso porque no había noche en la que no saliera acompañado de una mujer diferente.
Sin embargo había cambiado. Ya no era ningún jovencito y sus nuevas conquistas eran muchachas con las que no podía compartir otra cosa que no fuera la cama. Pronto se dio cuenta de que necesitaba algo más; alguien con quien platicar y compartir sus ilusiones.
Su hermano le sugirió que fuera a Veracruz y visitara la Isla del Amor.
-No falla. El que visita esa isla al poco tiempo halla pareja. ¿Cómo crees que conocí a mi vieja?
Al principio no creyó mucho en esa idea, pero decidió ir allá. De todos modos, en caso de que se tratara sólo de un mito, bien podía pasar una temporada agradable en el puerto y descansar, pues la vida nocturna estaba acabando con él.
Su estadía en Veracruz fue de cuatro días. El último de éstos lo dedicó a visitar la mentada isla. Al final del recorrido compró el amuleto que le ofrecieron. “Es para que la magia de la isla lo siga hasta que halle a su pareja”, le explicó la señora que se lo vendió. A Rubén le pareció una tontería pero el amuleto era bonito y lo colgó alrededor de su cuello.
Al día siguiente regresó a la ciudad. Lo primero que hizo fue reclamarle a su hermano por haberlo mandado ahí.
-No conocí a nadie.
-No la vas a conocer en la isla. Es después de que estás ahí. Tú espera y verás.
Rubén no le dio mucha importancia a las palabras de su hermano y retomó su vida normal; también desechó la idea de volver a su faceta de reventado, pues creía que ya no tenía edad para estar hasta muy noche en una discoteca. “Además, ahí nunca voy a conocer a nadie con quien casarme”, razonó.
Dos semanas después, mientras hacía la limpieza de su departamento, llamaro a la puerta. Al abrir se encontró con una hermosa dama.
-Hola. Soy el amor de tu vida -dijo ella.
-¿Perdón?
-Sí. Soy la mujer con la que terminarás casado.
-No entiendo.
-En el libro de tu destino está escrito que después de tu viaje a la Isla del Amor conocerás a la dama que va a vivir contigo. Así que aquí estoy -y le mostró el ejemplar en el que según ella estaba escrita la vida de Rubén.
-¿Por qué tiene tan pocas hojas ese libro?
-Es que vas a morir muy joven. Pero no te preocupes, también vas a ser muy feliz.

Releí lo que llevaba escrito; esta historia no retrata nada de lo que he vivido con Isabel, pero también estoy consciente de que es lo menos malo que he escrito en los últimos meses.

-¿Dónde te metiste ayer? -reclamó Raymundo al día siguiente.
-Me quedé en el hotel escribiendo.
-¿Te volvió la insipiración ahora que conoces a Isabel?
-¿Cómo crees? Ya tenía la idea y me pareció que ayer era un buen día para desarrollarla -mentí.
-Pues espero que hayas avanzado bastante, porque hoy no vamos a dejarte solo ni un minuto.
Y el desgraciado cumplió su palabra. Primero fuimos a desayunar, luego a casa de Angélica e Isabel, quienes habían rentado algunas películas, y finalmente fuimos otra vez al Caníbal Park. Al finalizar el partido mis amigos me llevaron al hotel. En cuanto llegamos Isabel me murmuró al oído:
-No puedo quedarme, mis papás sospechan algo y no quiero meterme en problemas.
-Descuida.
-Te extrañé ayer -y junto con esas palabras agregó un tierno beso.
Esa noche no pude continuar con la historia de la isla, pero dormí con una sonrisota.
El resto de mis vacaciones se fue rapidísimo. Todo mi tiempo se lo dediqué a Isabel. Si bien ya había conocido casi toda la ciudad, el estar a su lado era suficiente para sentir que me encontraba ahí por primera vez. No importa que ya no hubiera podido escribir nada. Todo lo vivido al lado de Isabel ha sido lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
Finalmente llegó el día en que tenía que regresar a la capital. Isabel, Angélica y Raymundo me llevaron a la terminal de autobuses.
-Me gustaría seguir viéndote -dijo Isabel.
-¿Por qué no vienes conmigo al D.F.?
-Mi vida está hecha aquí. No puedo abandonar a mis alumnos.
-Yo tampoco puedo dejar mi trabajo. Además, tengo que terminar el libro. Ya me dieron un anticipo y si no cumplo quedaría muy mal con la editorial.
-Voy a pensar en ti todas las noches.
Para asegurarnos de que no perderíamos el contacto, intercambiamos nuestras direcciones y teléfonos. Después de darnos un último beso, me despedí de Angélica y Raymundo. Isabel insistió en acompañarme hasta el autobús. Ahí le entregé lo que llevaba del cuento de la isla:
-Nada de lo que escribí aquí retrata lo que vivimos, pero lo hice pensado en ti.
-¿No lo vas a necesitar para tu libro?
-Quiero que esto quede entre nosotros.
Sin ella a mi lado, el viaje de regreso se me hizo eterno. Lamenté que no nos hubiéramos tomado una sola fotografía. Al llegar a casa estaba tan cansado que hasta la mañana siguiente noté que tenía varios mensajes en la contestadora:
“Buenas tardes, señor Tagle. Hablamos de la editorial para recordarle que necesitamos el cuento lo más pronto posible.”
“Señor Tagle, lamentamos decirle que tiene un retraso en el pago de su tarjeta de crédito. Por favor pague y evítenos la pena de embargarlo.”
“Hijo, habla tu mamá. Sólo quería saludarte.”
“Buenas tardes, señor Tagle. Hablamos de la editorial para recordarle que necesitamos el cuento lo más pronto posible.”
“Hola, mi amor, habla Isabel. Espero que hayas llegado bien. Ya leí el cuento que me diste. Supongo que ésta es una parte y que aún no lo terminas. Quería decirte que tienes razón. No retrata nada de lo que vivimos juntos, pero se me hace que está simpático. No sé, me agrada pensar que soy la mujer que tiene el libro de tu destino, pero no me gusta la idea de que tu vida vaya a ser corta... ¿Qué crees? En verano voy a tener vacaciones y ya desde ahora estoy convenciendo a mis papás para que me dejen ir a visitarte. Bueno, te dejo porque la larga distancia es muy cara. Te quiero mucho. Te extraño.”
“Buenas tardes, señor Tagle. Hablamos de la editorial para recordarle que necesitamos el cuento lo más pronto posible.”

Ha pasado un mes desde que regresé de Córdoba y las cosas han cambiado. Sigo haciendo freelance y aún estoy en la agencia de publicidad, pero ya no me obsesiono tanto con el trabajo. Es más, si puedo emplear un fin de semana para divertirme, no dudo ni un instante en hacerlo. Todas las noches habló con Isabel. Creo que el siguiente fin de semana voy a ir a Córdoba para verla. A lo mejor hasta le pido que se case conmigo. Aún no lo sé bien. De lo que sí estoy seguro es de que gracias a ella aprendí que la vida es muy bonita y vale la pena aprovecharla al máximo.
“Ring, ring.”
Perdonen, tengo que atender el teléfono.
-Bueno.
-Buenas tardes, señor Tagle. Hablamos de la editorial para recordarle que necesitamos el cuento lo más pronto posible.
-Dígale a su jefe que mañana voy a verlo.
-Está bien, ¿a qué hora le digo que viene?
-A las doce.
Lo único que no ha cambiado es el problema que tengo con el libro. No me arrepiento de haberle regalado el relato de la isla a Isabel, pero todavía me falta un cuento y no se me ocurre ninguna idea que valga la pena.

FIN

domingo 16 de marzo de 2008

Míster Perfecto








No se dejen engañar por el título, no se trata de una autobiografía XD.



Es, para variar, un nuevo cuento de luchadores.
Gracias a mi amigo Kcidis por las ilustraciones.






Texto: Diego Mejía Eguiluz



Ilustraciones: Kcidis (http://kcidis.blogspot.com/)










–Que se la ponga, que se la ponga, que se la ponga –gritó la porra ruda de la arena en cuanto el luchador se despojó de su capucha para pagar la apuesta.
–La Gárgola dice llamarse Armando Castilla, tiene cuarenta años de edad y veintitrés de luchador profesional –se escuchaba a través de las bocinas de la arena.
A La Gárgola le dolían más los gritos del público que el haber perdido la máscara. El combate se había llevado dentro del terreno del llaveo, en el cual era un experto, pero su oponente, Asesino fantasma, supo zafarse de cada una de las llaves que aplicó y al final de la tercera caída se anticipó a una cruceta y le enredó las piernas y palanqueó un brazo para alzarse con la victoria. Al perdedor no le quedó de otra más que reconocer su derrota y felicitar a su adversario. A pesar del gesto de profesionalismo, la porra no dejó de gritarle “que se la ponga”. Al bajar del ring, dirigió una mirada a la primera fila, donde estaban su esposa y su hijo de quince años, quienes le sonrieron.
–Que se la ponga, que se la ponga –continuaba exclamando la porra.
A partir de esa derrota, su carrera se fue en picada. Los promotores lo mandaron de los combates estelares hasta las terceras luchas pues había perdido esa chispa de la que gozan la mayoría de los luchadores enmascarados. Seis meses después de ese tropiezo, y tras platicarlo con su familia, se retiró de los encordados. Para evitar la tentación de volver al ring, vendió los derechos del personaje a un joven que apenas comenzaba su carrera.
–No hay por qué arrepentirse –le decía su esposa–, tienes negocios que nos dan de comer. Prefiero que estés retirado, pero vivo y sano, a llevarte flores al cementerio porque te dio un infarto o tuviste una mala caída en el ring.
Un año después, su hijo Daniel comenzó a entrenar lucha grecorromana y olímpica. A pesar de que le gustaba la lucha libre, no lo hacía para convertirse en el sucesor de su padre, más bien éste pretendía enseñarle a defenderse pues desde que sus compañeros de escuela supieron que era vástago de un luchador lo agredían constantemente.
Al momento de iniciar sus entrenamientos, Daniel era un muchacho delgado, inseguro y sin condición física, lo cual lo hacía blanco fácil de sus agresores en el colegio. Pasado un año, y aunado al desarrollo propio de un adolescente, su cuerpo evidenció los resultados del entrenamiento. Después de un par de pleitos en la escuela, quienes antes lo agredían ahora le temían. Sus compañeras comenzaron a fijarse en él y pronto se hizo novio de la más guapa del colegio. Su ego comenzó a fortalecerse.
Entre la novia y el gimnasio, al joven ya no le deba tiempo para estudiar y sus calificaciones bajaron considerablemente. Su padre amenazó con retirarlo del gimnasio y castigarlo por seis meses sin salir de casa si no mejoraba en la escuela. Para evitar eso, Daniel terminó con su novia, pues se había acostumbrado a la admiración de las mujeres por su físico y no deseaba descuidarse y perder esas miradas.
La Gárgola, por su parte, se había convertido en uno de los maestros oficiales de la arena México. Pronto, sus alumnos comenzaron a ser programados en las primeras luchas de la arena y se hacían merecedores a críticas favorables por parte de la prensa especializada.
Daniel seguía entrenando y cinco años después obtuvo su licencia de luchador. Aunque era uno de los alumnos más avanzados de su padre, no pretendía hacerse profesional (al menos, todavía no), pero creía que tener el carnet de gladiador le ayudaba a impresionar a las chavas que constantemente lo asediaban.
Una noche, sin embargo, se vio obligado a debutar: para darse a desear con una muchacha, decidió dejarla plantada y acompañó a su padre a la arena a ver la función. Al llegar, el promotor le comentó al antiguo Gárgola que le faltaba un elemento para el combate preliminar y no tenía con quién suplirlo.
–No te compliques, quita a uno de los oponentes y hazla una lucha de parejas –sugirió éste.
–No puedo, es un mano a mano –fue la respuesta del promotor.
La solución fue simple: convencieron a Daniel, le prestaron una máscara y equipo y lo subieron al ring. A petición suya, fue anunciado como Mister Perfecto. El público lo recibió con burlas por el nombre de batalla, pero Daniel demostró tener buena preparación y recursos. Si bien perdió el combate, los aplausos del público en reconocimiento a su esfuerzo le levantaron la moral. Al terminar la función, el promotor le ofreció integrarse a su elenco. Al día siguiente le comunicó a su familia su decisión de abandonar la escuela y aceptar el contrato.
–No te entiendo, hijo –comentó su padre–. Antes no querías ser luchador, y ahora ya hasta contrato conseguiste.
–Me gustó subirme al ring y que la gente me aplaudiera.
–Primero me angustiaba por tu padre, ahora lo haré por ti –fue la respuesta de su madre, pero no le negó su bendición cuando el joven se la pidió.
Seis meses después, y tras varias giras por arenas de provincia, Mister Perfecto comenzó a luchar con cierta regularidad en la arena México, donde se ganó la admiración de las mujeres y el odio de los hombres. Pasados dos años, dejó las primeras luchas y llegó a las especiales. Cada que se presentaba era uno de los más asediados por las aficionadas, quienes le pedían tomarse una foto con él y un autógrafo.
Para aprovechar el éxito que comenzaba a tener Mister Perfecto entre las damas, el promotor le modificó la imagen y ahora salía a luchar, simplemente, con un calzoncillo, botas y máscara. Además, se puso en contacto con una revista y organizaron un concurso entre las aficionadas; el premio sería una cena con Mister Perfecto. Más de quinientas mujeres se inscribieron. La ganadora resultó ser una chica de 22 años de nombre Alessandra.
–Me encantaría verte sin máscara –le dijo mientras pedían el postre.
–Tal vez un día te deje –fue su respuesta.
Al final de la noche, y fuera de la presencia del fotógrafo de la revista, se despojó de la capucha y la besó en los labios a modo de despedida.
Desde entonces, Alessandra siempre estaba en primera fila cuando Mister Perfecto luchaba. Cuando tenía noche libre, la llevaba a bailar. A los dos meses, la presentó en su casa como su novia.
Sus padres, quienes en un principio se sentían orgullosos del éxito de Daniel, comenzaron a preocuparse pues se había vuelto más vanidoso de lo que ya era.
–No eres la gran maravilla, hijo –solía decirle su madre–. No eres feo, pero tampoco el galanazo, y no tienes un cuerpo muy espectacular que digamos. Hay otros que están más buenos.
–Pero no tienen mi chispa –se defendía él.
–Tu madre tiene razón. Desde que andas con Alessandra, has descuidado tus entrenamientos. Tienes tres días de no ir al gimnasio y tus últimos combates han sido malos. La gente te va a dar la espalda; te lo digo por experiencia.
Daniel no quiso seguir la discusión y se fue a la arena para combatir en mano a mano contra el rudo Arlequín. Herido en su ego, se concentró en luchar y dio una muy buena exhibición de llaveo para adjudicarse la primera caída, pero la condición física le falló y perdió las siguientes dos sin ofrecer mucha resistencia, lo que le valió varios abucheos. Una vez terminada la función, en vez de portar su máscara al momento de abandonar la arena, utilizó un pasamontañas para evitar ser reconocido. Pasó junto a un par de aficionadas, una de ellas comentaba:
–Pues sí está buenote y ensabanable, pero como luchador ya no da una.
–Hoy metió buenas llaves.
–Pero nomás en la primera caída. No inventes, no aguantó nada. Pa’ mí que ya va de salida.
–Otra llamarada de petate, lástima.
Dos semanas después, el cartel de la arena anunciaba una eliminatoria para sacar al nuevo campeón de peso medio; Mister Perfecto no figuraba entre los contendientes, a pesar de dar el peso sin mayores problemas.
–No has hecho méritos suficientes para que te consideremos como candidato al cinturón –argumentó el promotor ante el reclamo de Daniel.
–Usted sabe que puedo ganarle a cualquiera de los que programó.
–Antes. Ahora a duras penas aguantas diez minutos en el ring. Y no me vengas con que eres un imán de taquilla, porque tu popularidad está bajando. Si no te aplicas, en menos de seis meses nadie va a querer verte. Y, por favor, ponte a dieta; te está saliendo panza. Valiente Mister Perfecto resultaste.
–Déme una oportunidad para que vuelva a ser el de antes. Mándeme a las arenas chicas para recuperar mi ritmo. Si en dos meses no mejoro, me corre de la empresa.
El promotor aceptó, y para evitar que alguno de los dos no cumpliera lo acordado, lo pusieron por escrito.
–Te voy a incluir en la gira que empieza dentro de dos semanas; mientras tanto, prepárate.
Al día siguiente, Daniel despertó a las cinco de la mañana y partió con su padre al gimnasio.
–¿Y yo por qué debo levantarme a estas horas? Yo no hice el compromiso, cabrón –comentó su padre en son de broma mientras su hijo comenzaba la rutina de calentamiento.
–No puedo fallar, no puedo fallar –era la respuesta de Daniel.
–Debí obligarte primero a terminar la carrera.
Los primeros días de entrenamiento fueron difíciles. Su condición física estaba mermada y le costaba trabajo hacer las rutinas que le ponía su padre; el programa era riguroso: no había un solo día de descanso. Poco a poco comenzó a recuperar tanto su fuerza como su agilidad. Corría, además, todas las noches. En un principio no aguantaba más de diez minutos, pero hacia el final de la quincena pudo correr durante cuarenta minutos.
Lo más difícil era la dieta a la que se sometió y el modificar sus hábitos de sueño y estar en cama a las diez de la noche, pero logró disciplinarse y cumplir también con eso. Alessandra, sin embargo, no estuvo dispuesta a dejar de ser el centro de su atención y le pidió terminar la relación.
–No te pongas así. Apenas recupere mi lugar en la empresa, organizaré mis horarios y volveremos a estar juntos.
A regañadientes, la chica aceptó.
–Nomás piensa que el corazón es traicionero y a lo mejor me doy cuenta de que no te necesito –comentó ella, en aparente son de broma.
Llegó el día en que iniciaba la gira. La primera presentación fue en Tlaxcala. Combate semifinal en relevos australianos: Mister Perfecto, El Duende y Cadete contra los locales y rudos Espía, Raúl Juárez y El Traidor. El público de Tlaxcala, ignorante de la baja de rendimiento de Mister Perfecto, lo recibió como si se tratara de una leyenda. En cuanto subió al ring las mujeres comenzaron a gritar y hubo un par que, incluso, le aventó sus sostenes. El combate fue rápido. Mister Perfecto llevó a su bando a la victoria con una estaca india sobre Raúl Juárez, capitán de la esquina ruda.
Después de Tlaxcala, partió a Guanajuato, donde salió airoso en los tres combates que sostuvo. La tercera escala era San Luis Potosí. Perdió el primer combate por una distracción del referee, pero se adjudicó los siguientes tres.
–No bajes la guardia –le aconsejaban sus padres cuando les hablaba por teléfono–. Ya te pasó una vez, no puedes darte el lujo de fallar de nuevo.
“Sigue así, muchacho. Ya tengo planes para ti”, decía el telegrama que el promotor le envió.
–Gordo, te extraño, ¿cuándo regresas? –preguntaba Alessandra cada que se llamaban.
–Pronto, flaquita. ¿Ya ves cómo sí me necesitas? –respondía él.
–Y no tienes idea de cuánto, mi amor.
Al término de la gira, el promotor cumplió su parte y lo programó en la semifinal en un combate en relevos sencillos. Su pareja sería El Duente; sus rivales, el Gángster y el recién coronado campeón de peso semicompleto y nuevo rudo La Gárgola II.
–No me chingue, señor, ¿cómo me voy a enfrentar a La Gárgola? –reclamó Daniel al ver el cartel.
–¿Qué tiene de malo?
–Es el personaje que nos dio de comer a mi familia.
–Era: tu papá lo vendió.
–Lo sé. Pero, de todos modos, me da nostalgia.
–Ése no es mi problema. Este negocio no tiene lugar para sentimentalismos. Varios luchadores son amigos o familiares de sus rivales y eso no impide que se enfrenten entre sí. Si no tienes el profesionalismo para luchar contra quien te programe, dedícate a otra cosa.
–Voy a cumplir. Soy profesional –fue la respuesta de Daniel.
Mientras se alistaba en los vestidores, Daniel recibió la visita de La Gárgola II.
–Muchacho, me dijeron que no te quieres enfrentar conmigo.
–No es eso, es que La Gárgola original era mi padre. Estoy algo confundido.
–Mira, tu padre es alguien muy importante para mí; siempre me aconsejó y en más de una ocasión fuimos juntos de gira. Nunca hicimos pareja porque él ya iba de salida, pero varias veces entrenamos juntos. Si le pedí que me vendiera el personaje, no fue para colgarme de su fama, sino para rendirle homenaje. Yo no sabía que ibas a ser luchador; de lo contrario, no le hubiera pedido el nombre.
–No me venga con cursilerías, voy a subir al ring a luchar. Y no le voy a tener consideraciones porque use la máscara de mi padre. Y usted tampoco me tenga lástima. No crea que le temo.
–Esos de la semifinal, les toca –se oyó tras la puerta.
Los primeros en subir al encordado fueron los rudos. El Gángster llevaba gabardina y sombrero; La Gárgola, su equipo gris y capa. La gente silbaba e insultaba a los rudos. De las bocinas comenzó a escucharse la música de entrada para Mister Perfecto, éste y El Duende iban acompañados de dos edecanes que corrieron para ponerse a salvo pues los rudos se abalanzaron sobre ellos. La Gárgola II comenzó a golpear a Mister Perfecto, lo estrelló en los postes y lo subió al ring, donde continuó castigándolo. El Gángster se encargó del Duende. Antes de que finalizara la primera caída, la cual perdieron los rudos por descalificación, las máscaras de los técnicos estaban rotas.
La segunda caída siguió por el mismo tenor. Los rudos castigaban de manera inmisericorde a sus rivales, quienes ahora sangraban. Una equivocación del Gángster dio pie a la reacción de los técnicos y tres minutos después el combate terminó. El Duende se encargó del Gángster con una cerrajera, mientras que Mister Perfecto aplicó una rana con puente olímpico a su adversario.
Una vez en los vestidores, La Gárgola II se acercó a Daniel.
–Bien, muchacho, no te rajaste.
–Hizo trampa, ni tiempo me dio de subir al ring.
–Fue a propósito, Daniel. Tienes que aprender a dominar tu carácter y pensar bien lo que haces. No creas que te tengo mala fe, pero tus rivales nunca te han exigido que des tu mayor esfuerzo en el ring. Eres muy soberbio y hacía falta que alguien te bajara de tu nube.
Ya en casa, cuando le contó a su padre lo sucedido, éste se mostró de acuerdo con el accionar de la segunda Gárgola.
–Pensé que estarías de mi lado, papá.
–Y lo estoy, pero también es cierto que no eres muy centrado que digamos. Sí, saliste bien librado de la gira, pero era muy fácil que perdieras el piso de nuevo.
A la mañana siguiente, Daniel fue a ver al promotor.
–Quiero la máscara de La Gárgola.
–Espérate, muchacho, no desees cosas que están fuera de tu alcance.
–Le puedo ganar, usted lo sabe.
–No tienes la trayectoria suficiente como para que te dé un duelo de apuestas, y menos contra un estelarista.
–No estoy diciendo que la quiero para la próxima semana. Organice primero la rivalidad, puedo esperar.
–Daniel, primero hazte de un buen lugar y luego hablamos.

Los siguientes meses, el nombre de Mister Perfecto dejó de aparecer en las especiales y comenzó a figurar en las semifinales y ocasionalmente en las estelares. Por más que lo exigía, nunca luchó en contra de La Gárgola II, pero sí junto a rivales que ya eran consagrados de la arena México. En un par de ocasiones recibió la oportunidad por el título de peso medio, en poder de Poseidón, pero en ambas ocasiones salió derrotado. Logró, en cambio, el título de parejas al lado del Duende.
La Gárgola II, por su parte, realizó treinta defensas al título semicompleto y ganó, además, la máscara de Asesino fantasma, triunfo que dedicó a La Gárgola original. Lejos de alegrarse por el triunfo y la dedicatoria para su padre, Daniel se molestó.
–Ese güey no tiene por qué andar dedicándote nada, papá. Yo debí de ganar esa máscara para ti. Se está colgando de tu fama
–Daniel, no mames. Entiéndelo, vendí el personaje. Si quisiera, él puede luchar sin el II, pero no lo hace por respeto.
–Pues di lo que quieras, pero yo voy a recuperar tu máscara.
–Cómo eres necio.
Por la tarde, buscó consuelo en su novia:
–Mi amor, ya olvida eso. Tú mismo me has dicho que te hiciste luchador por coincidencia –Alessandra trataba de calmarlo.
–Tal vez, pero he aprendido a amar este oficio. Siempre he comido de la lucha, y quiero recuperar esa máscara para mi padre.
–¿Y qué vas a hacer con ella? ¿Ponértela y luchar como La Gárgola junior? No creo que te vaya bien. Además, Mister Perfecto empieza a destacar.
–No entiendes lo que esto significa para mí.
–No hablemos de eso, mejor vamos a planear nuestra boda.
–Ah, chingá, ¿ya nos vamos a casar?
–No eres nada romántico.

Decidido a llevar a cabo sus planes, Mister Perfecto comenzó a ejercitarse y modificó su régimen alimenticio para poder dar el peso semicompleto sin perder su físico. El promotor decidió que era momento de darle un impulso a su carrera y comenzó a programarlo contra La Gárgola II. Los combates entre ambos eran violentos. En ocasiones ganaba Mister Perfecto; en otras, el rudo. Como era de esperarse, cada que se enfrentaban las mujeres tomaban partido por el técnico y los hombres, por La Gárgola II.
Para el aniversario de la arena México, el cartel ofrecía en su combate estelar el duelo por el campeonato de peso semicompleto entre La Gárgola II y Mister Perfecto. Desde temprano, la taquilla tenía el letrero de “Boletos agotados”.
–Daniel, quiero hablar contigo –La Gárgola II se acercó a Daniel en los vestidores.
–¿No deberías estar concentrándote para la lucha?
–Muchacho, sólo quiero decirte que estoy impresionado contigo. Nadie te está regalando esta oportunidad, y si me ganas, será por méritos propios.
–Y después voy tu máscara.
–Poco a poco. Primero cumplamos con este compromiso, después ya veremos qué dicen los promotores.
El combate semifinal terminó y llegó el turno de la lucha estrella.
El retador fue el primero en salir hacia el ring, acompañado por una edecán y por el Duende, quien fungiría como su sécond. De las bocinas de la arena se oía la letra de su tema de entrada, “The sweetest perfection”. Las mujeres gritaban y se acercaban para tocarle los brazos y la espalda (una de ellas le agarró también una nalga). Al subir al ring la música cambió por el tema “Solid Rock”. La Gárgola II salió junto con El Gángster. Dos mujeres intentaron golpearlo, pero éste las esquivó y siguió su camino rumbo al cuadrilátero. La gente lo abucheó.
El anunciador presentó a los contendientes. Ambos pesaban 92 kilos. Tras la foto oficial del combate, el referee les indicó las reglas y los envió a sus esquinas. El silbatazo sonó. Los gladiadores se fueron a la toma de referee, que cambió por cuatro al brazo por parte del campeón. Candado volado del retador para romper el castigo. Un par de patadas voladoras de Mister Perfecto y después una quebradora y un látigo. La Gárgola II respondió con un tirabuzón que su oponente rompió al zafar los brazos y tomarlo de la pierna para aplicar una cruceta. Las porras gritaban apoyando a sus favoritos. Después de quince minutos, Mister Perfecto aplicó un suplex y una catapulta, seguidas de una cavernaria que el campeón no aguantó.
La segunda caída comenzó con patadas de canguro por parte de la segunda Gárgola, así como unas tijeras al cuello que sacaron del ring al retador. Cuando éste regresó, el monarca lo atacó con un par de cegadoras. Mister Perfecto respondió con candado invertido seguido por una espectrina y una quebradora de a caballo. Gárgola rompió la llave y aplicó una tapatía. El retador se zafó tomándose de las cuerdas. El campeón no le dio respiro y lo derribó con un golpe de antebrazo, para posteriormente hacerle un cangrejo; como no se rendía, cambió la llave por una cruceta invertida y candado a la cabeza. Mister Perfecto se arrastró hasta llegar a las cuerdas y el árbitro rompió la acción. Antes de que pudiera reponerse, el monarca le aplicó una gori invertida que fue suficiente para que su rival se rindiera. Trece minutos duró la segunda caída.
El tercer episodio ofreció más llaves y contrallaves. La gente estaba expectante por el resultado. Los séconds gritaban instrucciones y palabras de aliento para ambos gladiadores. En un intento por retener el cinturón, La Gárgola II aplicó un crotch a Mister Perfecto y brincó a la segunda cuerda para impulsarse en mortal hacia atrás, sin embargo, no calculó bien el impulso y resbaló, golpeando su cabeza contra la lona. El referee detuvo las acciones para que subiera el médico de la arena a revisar al luchador. La gente guardaba silencio. El médico dio por terminado el combate y sacó a La Gárgola II en camilla, una vez que le colocó un collarín ortopédico. El reglamento era claro y Mister Perfecto recibía el cinturón que lo acreditaba como el nuevo monarca semicompleto.
–Señores –Mister Perfecto tomó el micrófono–, yo quiero este cinturón, pero no lo quiero ganar así. Señor comisionado, tenga usted el cinturón, declare el campeonato vacante, si es lo que procede. Si voy a ser campeón tiene que ser a la buena.
Entre los aplausos del público, que aprobaba la actitud del técnico, Mister Perfecto se dirigió a los vestidores para saber cómo se encontraba su rival.
–Tenemos que operarlo. Es probable que, por su condición física, se recupere, pero deberá estar en reposo, como mínimo, siete meses –comentó el doctor.
Los paramédicos lo subieron a la ambulancia y lo llevaron al hospital.
–Hiciste lo correcto, hijo. Te felicito –le dijo su padre a Daniel al día siguiente.

Dos meses después, al salir del hospital, La Gárgola II anunció que por cuestiones de salud se retiraba de la lucha libre. Esa misma noche se llevó a cabo la eliminatoria para determinar quiénes se enfrentarían dentro de una semana por el campeonato semicompleto. Mister Perfecto y Tornado fueron los finalistas.
El día del encuentro, Tornado, mediante un foul que el referee no vio, se alzó con el cinturón. Mister Perfecto, indignado, exigió la revancha.
–Tramposo, así no se vale –le comentó al nuevo monarca en los vestidores.
–Mira, escuincle, llevo varios años esperando una oportunidad. Éste es mi tercer personaje y ya me toca destacar, aunque para eso deba acabar contigo.
La nueva rivalidad resultó atractiva para el público, que llenaba la arena cada que ambos gladiadores luchaban entre sí. Tres semanas después, Tornado le daría la oportunidad a Mister Perfecto por el cinturón.
El monarca, de nueva cuenta con trampas, salió con el brazo en alto. Mister Perfecto lo retó a una revancha de máscara contra máscara. El campeón bajó del ring sin contestar al desafío.
Los enfrentamientos entre ambos continuaron. Con artimañas, Tornado salía vencedor en la mayoría de los encuentros. Ya fuera en provincia o en la México, la estelar siempre anunciaba a ambos luchadores. Al término de cada lucha, Mister Perfecto retaba al combate por las tapas. Finalmente, el promotor montó el duelo para el aniversario de la lucha libre en México.
La arena estaba llena. Mister Perfecto, nervioso, observaba desde el pasillo el desarrollo de los combates preliminares. Al llegar la semifinal, se encerró en los vestidores y se puso su equipo, fue al último chequeo médico y lo pasó sin mayores problemas. Su rival también recibió la autorización del doctor para luchar.
Tornado, acompañado de su sécond, fue el primero en salir hacia el ring. En cuanto Mister Perfecto apareció, el rudo fue tras él y comenzó a golpearlo. Como pudo, el referee los separó y ordenó que subieran al cuadrilátero. Sonó el silbato, Tornado continuó su ataque y se llevó la primera caída con un Cristo negro.
La segunda caída inició y la suerte del técnico no cambiaba. Tornado se sentía confiado y por lo mismo falló unas patadas voladoras. Mister Perfecto aprovechó para golpearlo contra los postes, patearlo, castigarlo con un suplex, una desnucadora y aplicarle una tabla marina invertida que el rudo no resistió.
Para la tercera caída, ambos sangraban y tenían rasgadas sus capuchas. Aparecieron algunas llaves que parecían de rendición, pero ambos resistían y rompían el castigo. Varios toques de espaldas y siempre, antes de la tercera palmada, se zafaban. Con unas patadas voladoras, Mister Perfecto sacó a Tornado del ring y se lanzó en tope suicida sobre su rival, quien se quitó; el golpe fue contra el piso de la arena.
Tornado regresó al encordado. Alessandra y los padres de Daniel guardaban silencio en primera fila. El Duende, sécond de Mister Perfecto, agitaba la toalla para darle aire.
–Ocho, nueve… –sonaba la voz del referee.
–Levántate, cabrón –gritaba El Duende.
Mister Perfecto seguía tirado en la duela, con el hombro lastimado.
–Doce, trece… –contaba el referee.
Mister Perfecto intentaba levantarse.
–Vamos, Perfecto, vamos –lo animaba El Duende.
Su madre rezaba por él. Alessandra gritaba insultos a Tornado. Su padre guardaba silencio.
–Diecisiete, dieciocho…
Mister Perfecto trató de subir, pero el dolor era mayor y volvió a caer.
–Veinte –el referee alzó los brazos indicando el final del combate. El Duende lo ayudó a incorporarse. Tornado se subió a la tercera cuerda para festejar el triunfo.
El Duende comenzó a aflojar la capucha de Mister Perfecto pero éste se apartó y pidió el micrófono.
–Mi nombre es Daniel Castilla Alvarado, tengo veintiséis años de edad y soy hijo de la primera Gárgola. Papá, tú me enseñaste a luchar y quiero que tú me quites la máscara.
Su padre subió al ring, terminó de aflojarle las agujetas de la tapa y se la despojó. Daniel tomó la capucha y la entregó a su rival. Tornado la alzaba en señal de triunfo, mientras el derrotado abrazaba triste a su progenitor.
Los fotógrafos retrataban al vencido. Una parte del público estaba asombrada por conocer la identidad del técnico. La porra ruda, al igual que había hecho con La Gárgola años atrás, comenzó a gritar:
–Que se la ponga, que se la ponga, que se la ponga.
Auxiliado por El Duende y su padre, Daniel bajó del ring. Antes de dirigirse a los vestidores miró a su madre y a su novia, quienes le sonrieron.
Mientras Tornado daba entrevistas a los periodistas, Daniel caminaba por el pasillo. Antes de meterse a los vestidores dijo a su padre:
–Voy por la revancha.
En la arena aún se escuchaba el grito de la porra ruda.
–Que se la ponga, que se la ponga, que se la ponga.
La figura de Daniel se perdió en los vestidores.
Algunas aficionadas comentaban:
–Pues no está feo el muchacho.
Dos días después se dirigió a las oficinas de la arena a cobrar su sueldo por la lucha de máscaras. Al salir vio el cartel para la función del viernes. Estaba programado para la segunda lucha.






FIN






Publicado originalmente en 2006, en http://www.elmartinete.com/






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