Aunque un poco empolvado, el blog sigue vigente y con ganas de darle lata a quien se deje. Ahora se renueva con un texto escrito hace un chingo de tiempo pero que aún me gusta. Espero lo disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.Cuando me enteré de cómo fue la muerte de Germán, no supe si sentir lástima, entristecerme o simplemente reír. Me decidí por la última opción.
Sé que no es correcto burlarse de algo tan serio como el deceso de un ser humano, pero si ustedes hubieran conocido a Germán como yo, no serían tan severos para juzgarme. Es por eso que en estas líneas pretendo rendir homenaje al gran hombre y amigo que fue Germán Estrada, y de paso reivindicarme con ustedes, estimados lectores.
LA GENERACIÓN A LA QUE PERTENECIÓ GERMÁN
La era de la máquina fue un periodo en el que nacieron más genios que en ningún otro. Entre los grandes hallazgos que vieron la luz en esta era destacan la cura para el insomnio mediante el uso de la hipnosis, y el cuadro parlante (este invento de mucha mayor importancia que el primero porque la gente ahora sí puede entender lo que en verdad quiso decir el pintor).
El lema que resumió a la perfección los ideales de esta generación fue “Viva el amor y burlémonos de quienes no tienen pareja”. Por eso Germán Estrada siempre negó categóricamente pertenecer a ésta (pero no por eso la gente dejó de burlarse de él).
Tal vez por ser un eterno solitario, Germán desarrolló el gran talento que hizo que fuera catalogado como uno de los pilares de la cultura en este milenio, pues como nunca tenía con quién salir los fines de semana, trabajaba arduamente desarrollando sus maravillosas teorías. Pero yo puedo dar fe de que Germán hubiera dado toda su fama, talento y fortuna con tal de no estar solo. Y eso fue precisamente lo que lo llevó a la tumba.
Físicamente, Germán no era una persona agraciada, por el contrario, era un auténtico esqueleto maquillado (de haber sido mujer hubiera conseguido trabajo como supermodelo). Su cara siempre se vio adornada por la barba y el bigote porque, según decía él, “todo lo que tapa ayuda”.
Un día, decidido a mejorar su aspecto, se inscribió en un gimnasio para levantar pesas. Al primer movimiento, el tonelaje de la pesa lo venció y cayó de espaldas, con tan mala fortuna que su cráneo se golpeó en la orilla de uno de los aparatos, causándole la muerte instantáneamente. Y quien dude de mis palabras que se ponga en contacto conmigo, Con gusto le mostraré la cinta que la cámara de seguridad del gimnasio tenía ese día.
SUS PRIMEROS AÑOS
Germán Estrada nació un doce de diciembre. Desde muy joven desarrolló un gran interés por los dulces y su relación con el comportamiento del ser humano.
Sin embargo, su familia era muy pobre y no siempre tenía dinero suficiente para que él llevara a cabo sus experimentos. De esta situación surgió su primera gran frase: “Cuando el hombre no tiene dulces, no puede ser feliz”.
Como es común en casi todos los niños, cuando Germán estaba triste o sentía dolor por algún golpe, lloraba; y fue precisamente por esos berrinches que su familia salió de la pobreza. Esto se debió a que su llanto era tan agudo que sólo los perros lo oían, por lo que su mamá lo alquilaba a varios consultorios veterinarios, donde lo hacían llorar para inmovilizar a los canes que atendían y así poderlos vacunar. Años después, Germán admitió que eso era mucho mejor que pasar toda la noche con cinta adhesiva en la boca.
Al ingresar a la primaria, Germán destacó por dos razones: su gran facilidad para sacar excelentes calificaciones y porque todos sus compañeros lo agarraban de barco (y a veces de sparring). Como suele suceder en la mayoría de estos casos, el director de la escuela castigaba a Germán en lugar de a sus agresores.
Contrario a lo que Germán pensaba, sus compañeros de la primaria aún lo recuerdan. Para completar mi investigación, me di a la tarea de localizar y entrevistar a sus compañeros de la primaria. De todos los testimonios que logré reunir, el más significativo es el de Álvaro M.:
Claro que recuerdo a Germán. En toda mi vida nunca he conocido a nadie que resistiera tantos golpes como él, y además era un valiente que nunca me acusó con el director. Por eso siempre recurría a él para dar rienda suelta a mis instintos violentos. Puede decirse que gracias a Germán no tengo ningún trauma y ahora soy un hombre pacífico, amoroso y feliz.
En esos seis años que duró su educación primaria, y a pesar de que en su mente ya se empezaban a fraguar algunas ideas, Germán no desarrolló ninguna teoría referente a los dulces. Después de todo, era un niño que no comprendía del todo el impacto que causarían sus descubrimientos en el futuro.
Al finalizar su educación primaria, Germán fue elegido como el mejor alumno de su generación. Sus padres decidieron recompensarlo y le permitieron pasar las vacaciones en casa de sus abuelos maternos.
Sin embargo, dos días antes de mudarse con ellos, su hermano mayor murió en un accidente automovilístico. Años después, Germán confesaría que este hecho fue lo que lo motivo a trabajar en sus teorías a tan temprana edad:
Mi hermano tenía un gran talento pero era muy flojo y nunca realizó nada. Cuando murió, mi madre dijo que si él no hubiera holgazaneado tanto, el mundo le rendiría homenaje a su inteligencia, pero como nunca fue emprendedor, sólo nosotros nos acordaríamos de él. Esas palabras fueron como un balde de agua fría. Yo no quería que mi madre opinara lo mismo de mí en caso de que muriera antes que ella. Por eso, en lugar de pasar las vacaciones escolares con mis abuelos, me encerré en mi cuarto para trabajar en mis ideas.
Al llegar a la secundaria, Germán se hizo el firme propósito de no ser otra vez la burla de la escuela, y más ahora que se empeñaba en demostrar que sus teorías lo llevarían a algún lado. Por eso, los siguientes tres años de su vida estudiantil los hizo en la escuela abierta.
Al principio sus padres no vieron con buenos ojos su decisión, pero cuando Germán les explicó sus motivos, decidieron apoyarlo y contrataron una institutriz.
Aunque localicé a la mujer que asesoró a Germán en esos tres años, no pude hablar con ella. Los médicos que la atendían dijeron que era imposible que me diera una entrevista porque los pacientes en estado de coma no pueden hablar. Lo único que pude rescatar de este periodo fue que en esos años descubrió que los dulces en polvo provocaban hilaridad en las personas, y como solía experimentar con él mismo, no quería que nadie fuera de su familia pensara que se estaba convirtiendo en una hiena.
GERMÁN ADOLESCENTE
Aunque Germán finalizó la secundaria abierta con un excelente promedio y ya había desarrollado, e incluso puesto en práctica, varias de sus teorías, sus padres pensaron que era una pérdida de tiempo y dinero tenerlo todo el día en casa. Por esta razón se vio obligado a asistir a la preparatoria en vez de cursarla en el sistema abierto.
Con quince años de edad y un montón de ideas que hacía que uno adivinara su gran potencial, Germán sufrió mucho para adaptarse a su nueva escuela. Y es que en su camino se topó con algo completamente inesperado: las mujeres.
A pesar de su gran inteligencia, Germán era en esencia un ser humano, y como tal, tenía que pasar por el periodo de tortura llamado “pubertad”.
Como era de suponerse, su timidez provocó que tuviera bastantes problemas. En más de una ocasión sintió enamorarse de alguna de sus compañeras, pero como se trataba de algo nuevo para él, no se atrevió a hablarles.
Un día se encontraba en la cafetería de su escuela platicando con tres de sus compañeros acerca de un trabajo que tenían que entregar. Casi al mismo tiempo, los jóvenes notaron que cuatro muchachas los estaban mirando, y no sólo eso, también les aventaban besos. Los chicos adoptaron diversas poses para imitar a los galanes cinematográficos de la época y, además de verse completamente ridículos, les regresaban los besos a las jovencitas. Tres de las cuatro niñas se acercaron hacia ellos y se llevaron a los compañeros de Germán a una mesa aparte para entablar conversación.
Por un momento Germán pensó que la suerte le sonreía, ¡la niña más bonita de ese grupo se había quedado y aventaba besos hacia donde estaba él! Pero cuando ésta se acercó (y mientras Germán seguía comportándose como galán de película de ficheras), en vez de detenerse a platicar con él, la niña se siguió de largo hasta llegar con una compañera de clase y decirle: “¿Dónde has estado toda mi vida?” Más que desilusionado, Germán se sintió confundido.
Una de las actividades que casi todos los estudiantes realizan son las encuestas para determinar quiénes son los más guapos del salón, y el grupo de Germán no fue la excepción. Los resultados de éstas siempre lo pusieron en último lugar. De hecho, sólo en una resultó triunfador: el peor vestido de la clase, aunque sus compañeras justificaron esta decisión argumentando que no era porque él se vistiera mal, sino que su cuerpo no combinaba con nada.
Como no logró ser popular entre las mujeres, Germán decidió olvidarse de sus instintos y dedicarse exclusivamente a sus teorías. Si bien este periodo de su vida no fue fructífero en el aspecto social, en el intelectual logró varios avances, siendo el más importante de ellos el descubrir que es mucho más seguro invertir en acciones de yogurt en lugar de las de crema ácida. De esta época data el libro que lo llevaría a la fama a la edad de diecisiete años:
La cotización del yogurt en las casas de bolsa y su relación con el erotismo, publicado por Ediciones Muñoz Munguía.
Años después, el director editorial de este sello admitió que en un principio no sabía si publicar el libro o no:
Primero pensé que era una broma, pues se trataba de un niño casi treinta años más joven que yo. Sin embargo, la seguridad con la que se comportaba y el entusiasmo con el que hablaba de su libro me convencieron para que mandara a dictaminar su ensayo. El resultado de la evaluación no fue favorable pues el dictaminador era intolerante a la lactosa, pero decidí darle otra oportunidad y le mostré el texto a un amigo que era corredor de bolsa. Él fue quien me convenció de que ese muchacho era una mina de oro y me aconsejó publicar el libro inmediatamente.
Como era de suponerse, las críticas a su libro no se hicieron esperar. Casi todos los estudiosos de la materia encontraban absurdo que el factor que determinaba que el yogurt se cotizara mejor que cualquier lácteo era la fecha de caducidad del producto. Sin embargo, el libro fue rotundo éxito de ventas y muchos de los que siguieron sus consejos ahora viven sin ninguna preocupación económica.
El éxito no repercutió en la personalidad de Germán, y continuó estudiando todos los días como si tuviera que presentar un examen muy difícil al día siguiente.
Resulta irónico que el amor que Germán profesaba al estudio, y que fuera el factor por el cual ganó el Premio al Nerd Más Valioso, le diera una gran popularidad con las mujeres de su escuela. A raíz de la publicación de
La cotización..., todas las niñas le pedían que les soplara las respuestas de los exámenes o les hiciera la tarea.
Tras graduarse de la preparatoria con honores, y después de reponerse del duro golpe que representó el que no lo invitaran a la fiesta de graduación, Germán tuvo que tomar la que después consideraría como la decisión más importante de su vida: rechazó el puesto de maestro que le ofrecieron en su escuela, así como también declinó la oferta de la casa de bolsa para desempeñarse como asesor financiero, para estudiar psicología, pues pretendía aplicar sus teorías dentro de esta rama.
UNA NUEVA ETAPA EN LA VIDA DE GERMÁN
Al ingresar a la universidad, Germán se independizó de su familia. Las ventas que generaba su libro le daban para eso y más (además él también siguió los consejos financieros de su obra, por lo que sus ingresos se duplicaron).
Su primer año en la facultad no fue muy significativo en su vida profesional. Aunque su incansable cerebro seguía ideando nuevas teorías que todos los días apuntaba en una libreta para no correr el riesgo de olvidarlas, Germán decidió no precipitarse y esperar a que fuera el momento adecuado para sacar un nuevo libro.
En lo que a su vida privada se refiere, Germán vivió una de las mayores crisis existenciales que ningún ser podría haber padecido. Es en este periodo cuando él y yo nos conocimos.
Por aquel entonces yo acababa de ingresar a la universidad para estudiar periodismo y casualmente el primer trabajo que me encargaron fue entrevistarlo. Debo confesar que esperaba encontrarme con una persona altanera que contestaría mis preguntas de muy mala gana, pero no fue así; para mi sorpresa me topé con un tipo que lo que tenía de inteligente lo tenía de agradable. No sólo me dio respuestas dignas de un genio, sino que contestó con tal claridad que no era necesario ser un experto en la materia para comprender lo que decía.
Al despedirnos me solicitó le enviara después una copia del trabajo. Cuando lo leyó se sintió muy satisfecho y, medio en broma medio en serio, insinuó que algún día me contrataría para escribir su biografía.
Al principio no creí que en verdad pensara encargarme que escribiera su historia, pero poco a poco nuestros encuentros se volvieron más frecuentes, y en ellos me platicaba todo lo referente a su vida.
Aunque se negara a admitirlo, Germán se sentía muy solo y hacía todo lo posible por conocer a la siempre mentada “mujer de su vida” (años después, en una borrachera, reconoció que ésa fue la principal razón por la que ingresó a la facultad). Como todas sus técnicas para combatir la soledad habían fallado, Germán decidió recurrir a los extremos: una orgía. Sin embargo, en el último minuto, prefirió no ir porque tenía miedo de que nadie se le acercara.
Por este motivo optó por aplicar el plan B:
...yo había oído que la prostitución era un oficio que, bien ejercido, beneficiaba a ambas partes, así que decidí contratar a una profesional. El dinero no importaba, las regalías que percibía por mi libro me daban para eso y más, y en lo que al SIDA se refiere tampoco me preocupaba mucho: por aquellos días sostenía la teoría de que el chocolate blanco en exceso provocaba que el virus no se desarrollara y muriera. Por si las dudas, decidí tomar precauciones, y qué bueno que lo hice, porque dos días después descubrí que lo único que provoca el exceso de chocolate blanco es acné. Lamentablemente, mis previsiones fueron en vano. La prostituta que contraté resultó virgen y quería iniciarse en el negocio con alguien que valiera la pena, pero a modo de compensación me regaló un calendario de mariposas que estaba muy bonito.
(Declaraciones tomadas de una entrevista en la revista El trauma y yo
)
Para conocer ambas versiones de este hecho, localicé a la mujer que en aquella ocasión lo rechazó. Tras sacrificarme y contratar sus servicios para que me contara lo que recordaba de esa noche, esto fue lo que me dijo:
Espero que no lo haya tomado muy a pecho, pero yo apenas tenía dieciséis años y estaba por iniciar mi vida laboral, por lo que quería hacerlo con alguien que valiera la pena. El calendario lo conseguí en una carnicería que está a la vuelta de mi casa, que es la suya. ¿Quiere uno?, aquí tengo varios, me los regalan en la compra de un kilo de molida popular.
Confundido por su mala suerte, Germán creyó encontrar a la mujer de sus sueños en un banco. No se trataba de alguna de las cajeras o de una de las clientes, de hecho no era una mujer de carne y hueso, sino la voz, muy sensual, debo admitirlo, de uno de los cajeros automáticos: “Bienvenido. Para iniciar, toque la pantalla”. Esa sola frase lo hacía suspirar.
Decidido a conocer a la bella fémina que había prestado su voz a esa máquina, Germán comenzó a indagar la identidad de la dama. Tras dos meses de búsqueda en los que se hizo acreedor a varias carcajadas de la gente que conocía esta idea, Germán recibió la llamada de un tipo que aseguraba conocer a quien había originado esa voz y lo citaba en un estacionamiento público a las once de la noche para presentársela a cambio, claro, de una módica suma.
Aunque estaba feliz porque conocería a la dama ideal –incluso pensó en llevarle una copia autografiada de su libro–, Germán tenía miedo por lo misterioso de la invitación y me pidió que lo acompañara. (Finalmente no fui porque esa noche ponían una película muy buena en la tele y me quedé en casa para grabarla.)
Días después me contó lo que sucedió esa noche: a las once en punto se encontró con el enigmático personaje, le pagó la cantidad acordada y recibió aquella hermosa voz en un disquete –de los grandes, para colmo de males– que contenía el programa de sonidos mediante el cual crearon la voz de los cajeros automáticos.
Tras esos días de frustración, sobre todo porque no tenía computadora para reproducir la voz en las noches, Germán decidió congelar nuevamente sus sentimientos y necesidades para retomar tanto sus investigaciones como sus estudios universitarios, y fue en la facultad donde por primera vez no sintió la presión de ser el mejor alumno de su grupo. Tiempo después entrevisté a Rubén G., compañero de Germán en la facultad, para que me explicara el porqué de esto, y de paso me dijera algo acerca de su comportamiento con sus compañeros de clase:
No tengo mucho que decirle. Es más, ahora que usted me ha mostrado lo que ha investigado, he conocido muchos detalles de la vida de Germán que desconocía por completo. En lo que se refiere a su desempeño académico no hay nada que contar. Usted sabe que a nivel facultad ya no existen esas competencias absurdas sobre quién saca las mejores calificaciones; es más, a muchos de los profesores no les impresionó quién era Germán ni sus notas y lo trataban igual que a los demás.
En cuanto a su personalidad es todavía menos lo que puedo comentarle. Él era un tipo enigmático del que sólo sabíamos que existía porque ocupaba una banca en el salón de clases, y de lo otro que usted me pregunta pues mucho menos le puedo informar. Afortunadamente en estos tiempos hay mucho más respeto a las personas sin importar su tendencia; en la universidad uno conoce a heterosexuales, homosexuales, e incluso bisexuales, pero con Germán no se sabía qué pensar. Por lo mismo que era muy reservado, nadie atinó a adivinar sus preferencias. Yo mismo llegué a creer que él era asexual. ¿Me deja ver lo que lleva escrito?, a lo mejor ahí dice algo que yo no sepa.
Cinco años después de haber ingresado a la universidad, Germán tuvo que presentar un examen general para graduarse en psicología. Y es que la única copia de su proyecto de tesis, titulado
Sin dulces la vida sería un error, se perdió cuando uno de los trabajadores de limpieza de la facultad lo incluyó accidentalmente en el paquete de hojas para reciclar. Tiempo después, Germán comentaría que lo consolaba el hecho de saber que sus ideas ahora formaban parte de los cuadernos ecológicos que se venden en las tiendas de autoservicio.
Posteriormente, Germán publicó en la revista de psicología La neurona perdida una serie de artículos en los que daba a conocer nuevas teorías que demostraban de manera contundente lo esencial que resultan los caramelos en nuestra vida diaria, lo sabroso que es curarse una depresión con chocolates, y que las golosinas agridulces sólo deben ser consumidas por aquellos que han logrado un equilibrio emocional en sus vidas.
Como complemento a esta serie de artículos, Germán dio a conocer una lista en la que incluía todos los dulces que existen en el mundo y el efecto que cada uno de ellos provoca en las personas (no la reproducimos por falta de espacio).
Al mismo tiempo, se dedicó a dar conferencias en diversas universidades, así como en congresos de psicología, e impartió un curso en el departamento de policía para instruir a las autoridades y así lograr que éstas incluyeran en la dieta de los reos los dulces adecuados para que los bandidos se reformaran totalmente.
Como era de esperarse, la reaparición de Germán y sus teorías provocaron diversas reacciones entre el público y la crítica especializada. La mayoría de los comentarios eran elogios a su gran talento, pero también se hizo de la enemistad del doctor Norberto Quiñones, quien se dedicó en cuerpo y alma a investigar la vida de Germán para posteriormente publicar un artículo en el que manifestaba su desacuerdo con las teorías del dulce e incluso con el mismo Germán como individuo:
...complejo de inferioridad, lo que este individuo ha desarrollado es producto de su enorme complejo de inferioridad. Estamos ante una persona que nunca se ha atrevido a nada. Su actitud ante la vida siempre ha sido derrotista. El miedo que tiene a la cinta adhesiva y a los veterinarios es prueba fiel de que no ha logrado superar los traumas de su infancia; por eso se ha refugiado en la investigación de los dulces.
En cuanto a sus teorías, lo único que puedo decir es que son una muestra clara de la vanidad que todo el mundo tiene, y que en su caso es excesiva. No pongo en duda su inteligencia pues sería muy fácil desmentirme mostrándome las calificaciones que obtuvo en la escuela, pero su trabajo no es producto de su intelecto, más bien es el resultado del incontrolable deseo que tiene de ser admirado y respetado por los demás. Si usara propiamente el cerebro, no publicaría sus estudios sobre los dulces: abriría un establecimiento en el que se vendieran golosinas para toda ocasión.
Otra prueba irrefutable de su vanidad es su insistencia, ¿gula, tal vez?, de experimentar consigo mismo. Todavía no entiendo cómo es que no le dio diabetes; vaya, ¡ni siquiera engordó!
(Fragmento de un artículo publicado en la revista Ya no se acompleje
)
Si bien fueron muchas las personas que salieron en defensa de Germán, la más significativa de las misivas que se publicaron en respuesta al ataque del doctor Quiñones es la que escribió el odontólogo Benjamín Domínguez, en donde además de demostrar que el doctor era un viejo amargado, la ironía empleada es considerada como uno de los grandes momentos en la historia de los pleitos en los periódicos:
Doctor Quiñones:
Con desagrado he leído el artículo en el que pretende demostrar que Germán Estrada es, según usted, un farsante que no merece respeto alguno.
No voy a negar que me sentí muy molesto por las líneas que se atrevió a escribir (sólo alguien como usted, de quien dudo que en verdad sea humano, no reaccionaría igual que yo), pero después de mucho pensarlo y de desechar la idea de partirle la cara, he decidido que el mejor modo de rebatir sus débiles argumentos es por medio de una misiva.
Tras analizar con detenimiento sus ataques infundados, he llegado a la raíz de sus evidentes celos hacia Germán Estrada (sí, doctor, también los dentistas podemos sacar conclusiones con respecto al comportamiento de los seres humanos, aunque cobremos por otras cosas). Me atrevo a afirmar que usted nunca ha probado un caramelo, que no ha experimentado el infinito placer que provoca el tener un dulce entre la lengua y el paladar y dejar que las glándulas salivales trabajen para que la golosina se disuelva en la boca de uno. ¿Y sabe por qué? Porque seguramente tiene miedo de dañar su dentadura y vérselas con un odontólogo. Pero no se preocupe, con mucho gusto yo lo atiendo y hasta le hago un descuento.
Le recomiendo haga a un lado sus temores y coma dulces. Si no sabe por cuál empezar, le sugiero lea el excelente artículo en el que Germán Estrada publica la relación que existe entre los sabores de los dulces y los estados de ánimo del ser humano, con suerte hasta se le quita lo intolerante.
Me despido de usted enviándole un cordial abrazo.
Atentamente,
Doctor Benjamín Domínguez.
P.D.: Qué importa que Germán no se haya enfermado de diabetes, a quién le interesa que no engorde por todos los dulces que ha consumido, lo importante es que le salen caries y yo lo atiendo.
Un año después de su retorno, y tras pulir sus nuevos ensayos hasta llegar a una versión definitiva, Germán Estrada publicó en Ediciones Muñoz Munguía el libro que reafirmó su categoría de genio:
El declive del chocolate y el alza de la vainilla entre los niños. (Esta obra es ahora un texto obligado en las escuelas de pedagogía y gastronomía.)
La respuesta de los medios y del público fue cien por ciento favorable (el doctor Quiñones había muerto seis meses antes al asfixiarse con un caramelo). En la presentación de
El declive..., y a pesar de que no se obsequiaron golosinas, se registró una gran asistencia. Germán respondió a todas las preguntas con gran facilidad de palabra y hasta prometió considerar la idea de escribir un nuevo estudio, ahora sobre la eterna rivalidad que existe entre los alimentos salados y los de sabor dulce.
Como si fuera estrella de rock, Germán realizó giras promocionales tanto en el interior del país, como en Europa. En Francia apareció como chef invitado en los programas de cocina más famosos de la televisión.
Mientras Germán cumplía con sus compromisos en el viejo continente, salió al mercado un libro titulado
Diabetes y caries. La biografía no autorizada de Germán Estrada, escrita por un periodista amarillista que entrevistó a sus familiares, compañeros de escuela y personas allegadas a él.
La aparición de esta biografía suscitó un gran escándalo que curiosamente provocó que las ventas de sus libros alcanzaran cifras muy elevadas –incluso superaron el récord de setenta y dos meses en el primer lugar de ventas que logró
El diccionario de lo justo y lo correcto–. A pesar de eso, Germán prefería no ser un éxito comercial con tal de que la gente no se enterara de su vida privada.
SUS ÚLTIMOS MESES
El regreso del precursor de la repostería psicológica a su tierra natal provocó gran revuelo entre sus miles de admiradores, incluso fue recibido por el presidente de la república, quien lo comisionó para que supervisara la sección de repostería que se incluiría en la edición definitiva del
Recetario oficial del gobierno.
Por esos días salió a la venta un cómic titulado
Las aventuras del Capitán Rechazo. Esta historieta se caracterizó por ser la única colección de aventuras en donde el héroe nunca se quedaba con la muchacha porque ésta siempre se enamoraba de los villanos. La opinión pública inmediatamente identificó a Germán como el personaje central.
Enfadado por la aparición de esta revista, Germán me encargó que la analizara detenidamente y le informara si se habían basado en su vida, y sobre todo en su biografía no autorizada.
Tal vez no debí mostrarle los resultados de mi investigación pues éstos lo deprimieron. He aquí algunas de las similitudes entre ambos personajes:
CAPITÁN RECHAZO
1.- Nunca ha tenido novia.
2.- Va dos veces al mes al dentista.
3.- Las mujeres que conoce nunca se enamoran de él.
4.- Su arma secreta es el jarabe de chocolate amargo paralizador.
5.- Su verdadero nombre es Germán Estrada Robles.
6.- Su rostro es idéntico al de Germán.
GERMAN ESTRADA
1.- Nunca ha tenido novia.
2.- Va dos veces al mes al dentista.
3.- Las mujeres que conoce nunca se enamoran de él.
4.- Sostiene que el chocolate amargo es la mejor arma para dominar a alguien.
5.- Su verdadero nombre es Germán Estrada Robles.
6.- Su rostro es idéntico al del Capitán Rechazo.
A pesar de que sus amigos le aconsejamos demandar a los creadores de este cómic por retratar su vida sin permiso, no lo hizo. Las cosas se agravaron cuando se enteró de que gracias a las magníficas ventas que la revista registraba se filmaría una película basada en este personaje.
Para evitar que la gente se burlara de él, Germán se refugió en el departamento de sus padres y no salía de ahí más que para dar sus conferencias. Para su mala fortuna, después de la aparición del cómic, la mitad de las preguntas que le hacían los asistentes a sus ponencias estaban relacionadas con la historieta.
Lo divertido de este asunto es que su popularidad alcanzó alturas insospechadas. Las mujeres lo asediaban a la salida de los lugares donde se presentaba para pedirle que firmara los cómics del Capitán Rechazo, y más de una le preguntaba si él interpretaría el papel del héroe en la película.
Al principio Germán daba la impresión de poder sobrellevar la situación, pero su paciencia no duró más de dos semanas y canceló sus siguientes dos conferencias. A partir de entonces no sólo no salía de casa sus padres, tampoco recibía a nadie que fuera a visitarlo.
Sugestionado por no salir de casa, la mente de Germán albergó la idea de convertirse en sacerdote para así dedicarse con tranquilidad a sus estudios. Una tarde en la que se encontraba solo, y tras descubrir que las galletas cubiertas de gragea son la mejor opción que existe para olvidarse de una decepción amorosa, se soltó tal aguacero que tuvo que subir a la azotea para bajar la ropa tendida. Ahí se topó con una muchacha que recién había llegado a la ciudad. La belleza de la joven lo impresionó como nunca antes lo había estado con ninguna otra mujer y se ofreció a cargar su ropa.
La vecina, de nombre Carmen, también se sintió cautivada por el genio de los dulces y los días sucesivos a ese encuentro los dedicó a visitarlo (la primera de estas reuniones fue para recuperar la ropa que tenía en la azotea, pues el distraído Germán se la llevó junto con la suya).
Al principio Germán no podía creer su suerte, aquella jovencita no sabía quién era él y por primera vez en mucho tiempo tuvo con quién platicar de algo que no fueran sus descubrimientos o su desafortunada vida sentimental.
Lo primero que una chica siente al llegar a esta ciudad es el evidente acoso de los varones hacia ella, pero con él no era así. Me escuchaba, me trataba como a una dama y no como objeto sexual, me ayudó a adaptarme al ritmo de vida que se lleva aquí. En fin, sin su ayuda no creo que hubiera podido soportar la presión que me ocasionaba el estar lejos de mi familia.
(Conversación con Carmen H. acerca de Germán)Los siguientes dos meses fueron de una gran tranquilidad para él; se sentía apreciado por lo que era y no por quién era, desechó la idea del sacerdocio y se reincorporó a la vida social. Incluso pensó en llevar a Carmen al estreno de
El Capitán Rechazo –esta idea no duró en su cabeza más de diez minutos–. Cuando estaba con sus amigos no hacía más que hablar de ella y de lo mucho que lo había ayudado. Las frases que más empleaba eran “me gusta más que el chocolate blanco”, “la depresión que no pude curarme con los dulces la terminó ella” y “si es necesario, dejo mis investigaciones y empiezo una vida nueva a su lado”.
A pesar de que Carmen se sentía atraída por la personalidad de Germán, no estaba segura de que le gustara como hombre. Y es que ella había crecido con la esperanza de algún día encontrar a la persona ideal. Por las noches imaginaba al hombre que la desposaría y Germán no encajaba en el patrón físico que ella deseaba. Para salir de dudas, decidió cambiarle su imagen y le renovó su guardarropa. Después de comprar varias prendas de moda que según ella harían que se viera como el ideal que tanto buscaba, Carmen se dio cuenta de que el problema no era cómo vestía, sino que su cuerpo enclenque no le ayudaba en lo más mínimo. “Deberías hacer ejercicio, estás casi tan flaco como ese personaje, el Capitán Rechazo”, argumentó ella.
Esas palabras provocaron que Germán volviera a deprimirse. Sin embargo, algo había cambiado en su forma de ser: por primera vez se sentía amado y no iba a permitir que Carmen se fuera de su vida. Para remediar esta situación, se inscribió en un gimnasio con la firme intención de mejorar su aspecto.
El trágico resultado de esta idea ya se mencionó al principio de esta biografía. Paradójicamente, su deceso aconteció el mismo día en que se estrenó
El Capitán Rechazo. La película.
EPÍLOGO
La noticia de su muerte fue un duro golpe para sus amigos, compañeros de trabajo y familiares. Varias de las escuelas donde Germán impartía sus conferencias dieron ese día como feriado para asistir al velorio, la casa de bolsa izó la bandera a media asta y los periódicos dedicaron varias planas para informar de su fallecimiento. La nota más emotiva afirmaba que “Germán logró que los seres humanos alcanzaran la felicidad por medio de los dulces”.
A partir de ese día, y hasta la fecha, se le han rendido múltiples homenajes. Ediciones Muñoz Munguía reimprime todos los años sus dos libros, tanto en formato de bolsillo como en pasta dura, y siguen vendiéndose con gran éxito. Los miembros de El Colegio Nacional de Gastronomía pensaron crear un postre, o en su defecto un dulce, que llevara su nombre e imagen, pero nunca se pusieron de acuerdo en el sabor.
Los restos de Germán descansan en la cripta de la familia Estrada. Carmen, ahora sor Carmen, vive feliz al lado de Dios; todos los años reza un rosario por Germán en el convento de su ciudad natal.
Sirvan estas líneas para rendir tributo al hombre que le dio un nuevo sentido al apodo “terroncito de azúcar”.
FIN
Texto publicado originalmente en:Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005.