sábado, 5 de noviembre de 2011

Casi un año después




Probablemente éste sea uno de los textos que más trabajo me cueste escribir. De antemano ofrezco disculpas si se convierte en una recopilación de lugares comunes.

Para quienes me conozcan no será un secreto que una de mis grandes pasiones deportivas (aparte del beisbol y el futbol americano) es la lucha libre. Me gusta desde hace casi treinta años (sí, estoy viejo, y qué). El momento clave fue cuando vi una película del Santo con mi padre. Horas después, él me enseñó el resumen de una lucha que pasaban en el noticiero deportivo Acción. Mi padre me vio tan emocionado que, días después, me regaló mi primera revista de luchas. Y a partir de ahí el nene se volvió un desastre.

Muchas fueron las tardes que, enmascarado, combatí contra mi almohada. Si le hacen caso a mi hermana, la almohada siempre ganó. Si me hacen caso a mí, el triunfador fui yo (si son amantes de la verdad, háganle caso a mi hermana). Nunca entrené lucha, pues mi complexión me hubiera puesto en desventaja ante cualquiera que se subiera a un ring. No obstante, siempre que pude la disfruté por televisión y, años después, en persona, en las arenas México, Coliseo y Naucalpan.

Son tantas las vueltas que da la vida, que antes de darme cuenta dejé de ser un simple aficionado: me convertí en comentarista y reportero gráfico de una de las mejores revistas electrónicas que existen: http://www.thegladiatores.com/

En estos tres años que llevo colaborando en The Gladiatores he tenido la suerte de conocer a grandes amigos, tanto luchadores como reporteros. Por eso es que tenía que realizar este proyecto.

Tres caídas compila cinco de mis cuentos de luchadores. Los escribí entre 2006 y 2009 (no, la respuesta no es ni 2007 ni 2008 XD). En un principio, tres de estos cuentos ("El Buitre", "Colmillo" y "Mister Perfecto") los publiqué en el foro El Martinete, donde para mi sorpresa tuvieron una buena recepción. Y después, dos de ésos ("Colmillo" y "Mister Perfecto") aparecieron en este siempre actualizado y nunca empolvado blog (no se hagan ilusiones, ya los borré ; si quieren leerlos, compren el libro -perdón por el spoiler-, XD); los últimos dos ("Abajo del ring" y "El examen") nunca habían salido a la luz pública.

Habrá quienes opinen que una edición de autor no tiene mérito, pero la razón por la que decidí hacerlo por mi cuenta obedece al hecho de que quería que este volumen quedara a mi entera satisfacción. Para lograrlo, necesitaba que en su concepción estuvieran involucrados solamente amigos.

La primera persona que acogió el proyecto (y con mucho entusiasmo) fue el genial Kcidis (http://kcidis.blogspot.com/), quien aportó su gran talento para ilustrar los interiores y la portada de este libro. Ana Paula Dávila, extraordinaria diseñadora, realizó un excelso trabajo con el diseño de interiores y cubierta. Leandro Pauloni me obsequió una hermosa fotografía en la que estoy trabajando en la arena Naucalpan, para ilustrar la contraportada. Y mis amigos Lázaro y Alfonso me dieron su bendición y pusieron la cereza en el pastel, permitiéndome que el logotipo de The Gladiatores engalanara la cubierta y las páginas preliminares, convirtiéndose así en el sello editorial que alberga este proyecto.

Tres caídas, después de algunos desafortunados encuentros en los albores de su concepción, finalmente dejó la imprenta. Lucía Cano fue el eslabón que faltaba para que este libro viera la luz, y con su gran gestión ante el taller me ayudó de una manera invaluable para cumplir este sueño que aún me tiene temblando ahora que tengo los ejemplares en mi mano.

Sí, tendrá un costo, pero será simbólico. No pretendo enriquecerme con este proyecto; lo que se recaude será para recuperar la inversión y, tal vez, para hacer un nuevo tiraje (si consigo suficientes masoquistas que lo quieran leer XD).

Son muchas las personas a quienes tengo que agradecer. Tantas, que si las pusiera aquí nunca acabaría de escribir. Luchadores, Gladiatores, amigos y mi familia me ayudaron a no flaquear.

Este libro es para todos ustedes.

Quienes deseen adquirirlo, lo encontrarán en la Tienda de Solar (Luis Moya 116, casi esquina con Arcos de Belén, a dos cuadras del metro Balderas), o con un servidor. Su PVP es de 60 pesos.

Espero lo disfruten, en la cálida compañía de sus seres queridos.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Unas largas vacaciones

Quienes me conocen, pensarán que me volví loco (si no es que ya lo piensan), porque digo que hay vacaciones largas, cuando las vacaciones nunca serán lo suficientemente largas.
No me refiero a las que este blog se toma cada tanto, sino a un nuevo cuento, con el que actualizo esta empolvada página.
Ojalá la disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.


UNAS LARGAS VACACIONES
(-DIEGO MEJÍA EGUILUZ-)

–¡Mamá, mi hermano no está estudiando!
Como siempre, mi hermana intenta meterme en problemas.
–¡Cállate, chismosa!
–¡Sebastián, no le digas chismosa a tu hermana y ponte a estudiar! –se oye a lo lejos el regaño de mi madre. Se me olvida que tiene muy buen oído.
–Estoy muy cansado, mamá –replico–. Lo único que he hecho toda la semana es estudiar. Ya me aburrí.
–¿Quieres graduarte de fantasma, sí o no? Si no pasas el examen, no te van a dar la licencia.
–Ta bien, ta bien –no me queda de otra más que ceder, aunque de mala gana.
–¡Lero, lero! ¡Lero, le…! ¡Maaa, i hegmano e jacó ga gengua! –grita mi hermana. Me choca que sea una soplona.
–¡Sebastián, regrésale la lengua a tu hermana!
–¡Yo no le saqué nada!
–¿Y esto qué es, Sebastián?
No me doy cuenta de en qué momento mi mamá se aparece detrás de mí. Ya no tengo tiempo de esconder la lengua.
–Yo no fui. Ella se la quitó y me la aventó –replico desesperado.
Como es de esperarse, no me cree. No me queda de otra más que regresarla. Antes de que continúe regañándome, me voy a mi cuarto para seguir estudiando.
¿De qué sirve vivir en una familia de fantasmas, si no te dejan quitarle la lengua a tus parientes?
No sé a qué hora me quedé dormido. Cuando me doy cuenta, ya es el día siguiente. Apenas y tengo tiempo de desayunar antes de irme a la escuela.
–Niños, ni se molesten en sacar nada de sus mochilas. Vamos a empezar el examen de una vez –anuncia la maestra en cuanto entramos al salón de clases.
–¿No va a pasar lista, miss? –pregunta una de mis compañeras.
–No. El que no haya venido, reprueba.
Siempre es lo mismo con esta maestra. Con razón los alumnos de otros grados nos compadecieron cuando empezó el curso.
–¿No sacamos pluma o lápiz? –quiere saber el ñoño de Alejandro.
–La prueba no será escrita. Lo dije la semana pasada. Tres ejercicios, para ver si han puesto en práctica lo que les he enseñado, y dos preguntas orales a cada uno. Así no hay trampas.
“Ay, no. Se me olvidó eso.” No puedo evitar preocuparme. Me había confiado a que Mónica me ayudaría; como le gusto, siempre me presta las tareas y me deja copiarle en los exámenes. De haber sabido, ni le convidaba de mi lunch toda esta semana.
“Ojalá no sea yo el primero.”
–Sebastián, pasa al frente.
“Lo sabía. Estoy salado.”
–Empecemos con algo fácil, Sebastián. Elévate un metro.
“Menos mal, eso sí lo domino. ¿Y si me alzo metro y medio? Mejor no, a la maestra no le gustan los fantasmas presumidos.”
–Bien. Ahora atraviesa esa puerta –me ordena la profesora, al tiempo que señala el clóset que está al final del salón.
“Eso también me sale sin problemas. Ya casi amarro el seis.”
–Ahora contesta rápido. ¿Quién fue el fantasma que regresó en el tiempo para que el alcalde de Ciudad Garza no declarara la guerra en contra del pueblo de Mendoza?
¡…! De la impresión, sólo mi tórax regresa del clóset.
–Estoy esperando tu respuesta, Sebastián. Y por favor, saca el resto de tu cuerpo del armario.
–Mmmmh, creo que fue un hombre.
“Ay, mamacita. No me acuerdo de esa clase. ¿Qué no fue cuando tuve catarro?”
–¿Seguro? –me pregunta la maestra.
“Piensa, piensa, piensa. Di algo, a lo mejor le atinas.”
–Fue el espectro de don Polloberto Gutiérrez. Aunque él prefería que le dijeran Beto.
“¿Polloberto Gutiérrez? ¿Qué clase de respuesta es ésa?”
Toda la clase se ríe a carcajadas. La maestra me mira muy seria:
–Mal. Los fantasmas no pueden viajar en el tiempo.
“Concéntrate, concéntrate. No puedes reprobar.”
–Siguiente pregunta: ¿quién descubrió la cura contra las arrugas de los espectros?
–¡Mi madre…! –digo asustado y sin pensar.
¿Qué clase de pregunta es ésa? De inmediato trato de recomponer mi respuesta. Para mi sorpresa, la maestra sonríe complacida.
–Correcto. Pero por favor di el nombre de tu mamá. Muchos de tus compañeros no saben de quién eres hijo.
–Eva Almazán.
–Pues sí, jóvenes –la profesora se dirige a los demás alumnos–. Su compañero Sebastián Ituarte Almazán es el hijo de la mujer que creó la pomada que impide el deterioro en la apariencia de los fantasmas.
“¿Mi madre la inventó? Nunca me lo había dicho.”
–Yo misma la uso y gracias a ella parezco una jovencita de doscientos años.
“¿Doscientos…? ¿Pues cuántos tendrá?”
–Último ejercicio, Sebastián. Toma las cadenas que están en el escritorio, póntelas encima y arrástralas por todo el salón.
¡…!
–Sebastián, ¿no me oíste?
“Esas cadenas se ven muy pesadas. Ni siquiera voy a poder moverlas.”
–Sebastián, no tenemos tu tiempo.
“Una, dos, tres… No las agarré bien. Otra vez. Una, dos, tres… Una, dos, tres… Me va a salir una hernia.”
–Si hubieras hecho los ejercicios que te dejó el profesor de Educación Física todo el año, no tendrías problemas para mover las cadenas –me regaña la maestra–. Ve a tu lugar, Sebastián. Tienes seis.
“Al menos pasé.”
Me encuentro una nota en mi pupitre; es de Mónica:
No sabía que eres hijo de doña Eva. ¡De pelos!
Paso el resto del día más relajado. Tal vez un poco más de lo que debía. La maestra me regañó por no poner atención en la clase de historia, pero no me preocupo mucho; no voy tan mal en esa materia.
En el recreo tengo que esconderme de Mónica. Sigue fascinada porque mi mamá inventó la pomada antiarrugas para fantasmas. No me cae mal, pero hoy no tengo ganas de hablarle. Me mantengo invisible todo el tiempo en el patio. Lástima, se había organizado un partido de futbol americano.
En cuanto suena la campana que da por terminada la jornada, la maestra me da una noticia que casi me vuelve de carne y hueso:
–Sebastián, tu promedio está muy mal. Si repruebas el examen de la próxima semana, tendrás que repetir el año.
–¿Por qué? Si pasé el examen de hoy.
–Con seis. Necesitabas, cuando menos, ocho para tener el promedio suficiente y recibir la licencia.
“Promedio, promedio. Me suena esa palabra. ¿Es de la clase de matemáticas o de español?”
–Eres un chico listo, pero no siempre pones atención…
“No, yo creo que el promedio lo vimos en biología… ¿O fue en química?”
–…en tu familia siempre ha habido fantasmas destacados. No puedes desilusionarlos…
“Sí, creo que fue en química. En biología aprendimos a desplumar a una gallina de un susto.”
–¿Me estás escuchando, Sebastián?
–¡…! Sí, maestra.
–Eres buen chico y puedes ser un excelente fantasma. No me gustaría que te quedaras sin tu licencia este año.
–No se preocupe.
–Confío que sí estudiarás lo que te pedí.
“En la torre, ¿qué me pidió?”
–Eehh, sí, maestra.
–Bien. Ve a tu casa y prepárate para el examen de la próxima semana.
“¿¡La próxima semana!? ¿Por qué no me lo dijo antes?”
El resto del día no pienso mucho en lo que me dijo la profesora. Creo que merezco una tarde libre después de tanto estudiar, así que después de comer me voy con mis amigos Lázaro, Héctor y Alfonso de paseo.
En lugar de ir al cine, como era el plan original, Alfonso propone algo que nos emociona a todos:
–La semana pasada, mi primo me llevó a un lugar donde puedes espiar a los humanos. ¿Vamos?
–¿Dónde queda? –pregunta intrigado Héctor.
–¿Se acuerdan del hoyo que se abrió en las afueras del pueblo durante el temblor de hace un año? –nos dice Alfonso. Todos asentimos y él continúa–. Pues no es un simple bache. Conduce a un portal donde puedes asomarte al mundo de los humanos.
Lázaro es uno de los más entusiasmados:
–Vamos a espantar a alguien. Imaginen, seríamos los primeros fantasmas sin licencia que asustan a una persona.
Nos ponemos en marcha de inmediato. El lugar está algo lejos, pero si volamos hasta allá, llegaremos en menos de media hora. Nos concentramos y empezamos a levitar.
–No entiendo por qué no han arreglado este bache –digo cuando llegamos al lugar.
–El sindicato de obras públicas lleva once meses en huelga –explica Lázaro.
Entramos con algo de precaución y nos dirigimos por un túnel hacia una ventana muy iluminada. Del otro lado del vidrio vemos a una familia humana. Están cenando.
–¿Intentamos moverles las cosas? –sugiere Lázaro.
–¿Y si se espantan? –pregunta Héctor.
Todos nos reímos por lo absurdo de su comentario.
–Héctor, somos fantasmas. Nuestra misión es espantar gente.
Soy el primero en probar. Por más que me esfuerzo, no muevo ni un salero.
Alfonso se desvanece un poco y trata de atravesar la ventana para meterse en esa casa. Sólo puede asomar la cabeza.
–Muchachos, creo que me atoré –alcanza a decir.
Entre todos intentamos ayudarlo, pero es muy difícil agarrar a un fantasma cuando parte de su cuerpo no está materializado. Nos costó mucho trabajo, pero al final pudimos sacarlo.
–Por más que les grité, aullé y chillé, esos humanos no me oyeron –explica Alfonso.
Héctor, un poco más prudente, señala:
–Este portal no está controlado por la Secretaría de Espantos. Los fantasmas sólo pueden espantar gente cuando entran al mundo de los humanos por los caminos autorizados. En estos lugares ilegales nuestros poderes no sirven. Mientras no tengamos licencia, no podremos espantar a nadie.
Desilusionados, optamos por regresar a nuestras casas. Salimos del bache y nos damos cuenta de que está lloviendo. Como los fantasmas mojados no pueden volar, tenemos que caminar. Llego bastante tarde a mi casa y en castigo me dejan sin cenar; para colmo, hoy me toca lavar los trastes.
El resto de la semana se me va muy rápido. Todos los días, después de clases, voy con Lázaro, Héctor y Alfonso a ese bache. Es muy emocionante, porque la ventana nos muestra siempre lugares distintos del mundo de los humanos. Hoy, por ejemplo, vimos un partido de beisbol en el estadio de los Yankees. Ayer, espiamos una boda. Nos quedamos con las ganas de espantar a los novios.
Me urge tener mi licencia.

–No saquen sus cosas –nos dice la maestra apenas entramos al salón–. Vamos a empezar con el examen. Mónica, pasa al frente.
“¿Examen? Pero si la maestra no dijo nada”, pienso, bastante asustado.
Mónica no tiene ningún problema. Hace bien todos los ejercicios y contesta correctamente sus preguntas.
–Tienes diez, querida –la felicita la maestra–. Puedes salir al patio. Jonathan, sigues tú.
–Maestra, ¿puedo ir al baño? –pregunto. Si me da chance de salir, tal vez pueda estudiar un poco; lo suficiente para sacar seis.
–Tendrías que haber ido a la hora del recreo.
–Es que el baño estaba lleno –miento.
–Está bien. Pero no tardes. Y nada de trampas. Deja tus libros aquí.
“Maldición.”
En el patio, me encuentro a Mónica.
–No se vale –me quejo con ella–. La maestra no dijo nada del examen.
–Sebastián, te lo advirtió. Y te dijo que si no sacas ocho, tendrás que repetir el año.
–¿En serio? ¿Cómo sabes? –pregunto.
–Me hice invisible para escuchar lo que te dijo la semana pasada, después de la prueba.
–No voy a pasar. Me van a castigar en mi casa. Capaz que me hacen humano y me espantan.
Nomás de pensar en eso, mis piernas se desvanecen.
–Por favor, ayúdame. Mónica. ¿Qué cosas me van a preguntar?
–Sebastián, los fantasmas no podemos ver el futuro.
–Por favor ayúdame –le pido, desesperado.
–Tengo una idea. Yo voy a hacer el examen por ti.
–¿En serio? ¿Por qué?
–Porque eres lindo.
Mónica se sonroja. Yo también. Antes de que pueda contestar algo, ella cierra los ojos y desaparece. De repente me siento muy raro. Como si hubiera recibido una descarga.
–Mónica, ¿dónde estás?
–Muy cerca de ti. De hecho, adentro de ti –oigo su voz desde mi estómago.
“¡¿Cómo le hizo?!”
–¿Estás segura de que esto va a funcionar? –pregunto, aunque no sé hacia dónde dirigirme.
–Confía en mí.
–Juro que si paso este examen, te invito al cine.
No me contesta. En vez de eso, me pellizca desde adentro.
–Está bien, me callo.
Regresamos al salón
–Sebastián, no te sientes. Pasa de una vez al frente.
–Estoy listo, maestra.
Todos en la clase creen que lo dije yo, pero fue Mónica. No sé cómo le hizo pero ahora ella me controla como si fuera un títere.
La maestra empieza a hacer preguntas. Mónica las contesta sin ningún problema. Ya tengo seguros tres de los cinco puntos.
–Arrastra las cadenas por todo el salón –ordena la maestra.
Es increíble. Ahora que Mónica está dentro de mí, puedo levantarlas sin ningún problema. No cabe duda, dos fantasmas cargan más que uno. Una prueba más y ya saco el diez. ¡Voy a tener mi licencia de fantasma!
Me empieza a picar un poco la nariz. Estas cadenas estaban muy polvosas.
–Aaaaaaaaachoooooooooooo –estornudo más fuerte de lo normal.
Siento algo raro, estoy muy débil; como si me fuera a desmayar. Mónica está a mi lado, se ve aturdida.
“¿Se ve? ¿Mónica se ve? Oh, oh.”
–Sebastián y Mónica, vayan a mi oficina inmediatamente y me esperan allá. Los dos están reprobados.
En la oficina, la maestra nos regaña muy fuerte. Mónica no abre la boca para nada. La profesora nos dice que está desilusionada de ambos. Amenaza con expulsarnos de la escuela. No sé de dónde saco el valor, pero la interrumpo:
–Mónica no tiene la culpa. Yo la obligué.
La maestra se calla unos instantes, pero pronto nos hace saber su decisión:
–Al menos eres honesto, Sebastián. No están expulsados, pero sí reprobados. Tendrán que presentar el examen extraordinario dentro de dos meses.

Por la tarde, ya en casa, ni siquiera toco el plato que me sirvió mi madre.
–¿No tienes hambre, hijo?
–Me comí un pastel en la escuela –miento. No quiero hablar nada hoy–. ¿Puedo irme a mi cuarto?
–Está bien. Pero que sea la última vez que te llenas de cochinadas antes de la hora de la comida.
–Mamá, ¿por qué está brillando la mochila de mi hermano? –pregunta mi hermana. No sé a qué se refiere.
–¿Qué traes ahí, Sebastián? –mi madre me mira como si sospechara algo.
Para variar, mi hermana dice algo que me mete en problemas:
–Se parece a las notas que manda la escuela cuando estás castigado.
Sin decir nada, mi madre va hacia la mochila y la toma. Espero lo peor. Atravieso una pared y me voy a mi cuarto. Desde allá alcanzo a escuchar su grito:
–¡Sebastián Ituarte Almazán, ven acá de inmediato!
Por la noche, cuando mi padre llega de su trabajo en la fábrica de cadenas para fantasmas, me toca un regaño todavía peor:
–¿Cómo te atreviste a hacer trampa?
Mi madre no ha dejado de leer la nota desde la tarde.
–Eres la vergüenza de la familia –dice mi padre, visiblemente decepcionado.
–Óscar –interviene mi mamá–, esto no hubiera pasado si hubieras sido más exigente con tu hijo.
–¿Ahora es mi culpa? –grita ofendido papá–. Tú eres la que se la pasa toda la tarde haciendo tu pomadita y no te aseguras de que tus hijos hagan la tarea.
Mi madre, molesta, le avienta un plato a mi papá. Él se desvanece a tiempo y el plato se estrella contra la pared. Aprovecho que discuten y me voy a mi cuarto.
–¡Mamá, papá, Sebastián se fue para que ya no lo regañen! –mi chismosa hermana se aparece enfrente de mí. Es increíble lo fuerte que puede gritar.

Hoy se cumple una semana de que empezaron las vacaciones escolares, pero estoy castigado dos meses. Debo quedarme todos los días en casa, estudiando para el examen extraordinario. Ya acabé con el libro de química y hoy empiezo a repasar el de historia.
–¿Ya encontraste en qué capítulo aparece don Polloberto Gutiérrez? –escucho una voz. Juraría que se trataba de la lámpara, pero no: es Lázaro.
–¿Qué haces aquí? –le digo, aunque agradezco que haya venido a distraerme un poco.
–Nomás de visita. ¿Qué tal va el castigo?
–¿Tú qué crees? Estoy aburridísimo.
Lázaro ignora mi comentario y me extiende una credencial. Ni siquiera la veo, sé muy bien qué es.
–Mira, me la dieron ayer. Salí muy guapo en mi licencia de fantasma, ¿no crees?
Antes de que pueda contestar algo, se aparecen Alfonso y Héctor. Me enseñan sus licencias.
–Sí, mira nomás qué espaldota te cargas en la foto. Los aeróbics te han funcionado –se burla Alfonso de Lázaro.
–Yo no necesito presumir. Con esta cara que tengo, cualquier retrato sale bien –agrega Héctor.
Todos reímos, menos Héctor, quien mejor cambia el tema de conversación:
–Mañana Lázaro y yo vamos a espantar a nuestro primer humano.
–¿Apenas? –se mofa Alfonso–. Yo desde antier ando visitando personas. Le escondí la tarjeta de crédito a un tipo que no traía dinero en un restaurante. Tuvo que lavar platos tres horas para pagar su cuenta.
Pronto, los tres comienzan a hablar al mismo tiempo de todo lo que harán ahora que son fantasmas legales. Lo mismo se les ocurre impedir asaltos, que espantar presidentes cuando tengan que dar discursos ante la televisión.
Todavía me faltan siete semanas de castigo y no estoy dispuesto a escuchar todas las ventajas de ser fantasma legal, mientras que yo ni siquiera puedo ir a ese umbral clandestino.
–¡Oe!, ¡egesamos a gengua! –gritan los tres al mismo tiempo, mientras me elevo hacia el techo.
Al menos no tengo prohibido sacarle la lengua a los demás.

No puedo creer que ya llevo seis semanas castigado. Siento como si hubieran sido cuatro meses. El tiempo se arrastra como cadena cuando estás castigado y sólo puedes estudiar. Hablando de cadenas, en la casa todos están felices porque la empresa de mi papá ganó una licitación del gobierno y van a ser el proveedor oficial de cadenas para fantasmas por seis años más. Por lo menos ese día me dieron permiso de no estudiar, pero ni así me dejaron salir a la calle.
El único lugar al que he podido ir fue a casa de mi tía Emma. Era su aniversario de bodas y organizaron una comida familiar. Pensé que me salvaría, bajo el pretexto de que tenía que estudiar, pero mis papás decidieron darme una tregua para ir a la fiesta. Eso fue peor que el castigo de no salir con mis cuates.
Lo bueno es que hoy en la tarde es el examen extraordinario. Si lo paso, por fin tendré mi licencia.
La primera fantasma que veo al entrar en la escuela es a Mónica. Tengo ganas de hacerme invisible, pero en esta ocasión no es lo correcto. Me lleno de valor y me le acerco.
–Hola.
“Mmmh, cuánto valor para decir eso.”
–Hola –me contesta ella.
–¿Lista para el examen?
–Ya lo hice, me tocó hace tres horas.
–Oye, la otra vez, cuando me ayudaste a hacer trampa…
–Olvídalo, no voy a arriesgarme de nuevo –me interrumpe.
–No te lo voy a pedir de nuevo. Es sólo que nunca te lo agradecí. No tenías por qué ayudarme, y aun así lo hiciste. Gracias.
–De nada.
–¿Te gustaría ir al cine un día de éstos?
–Me gustaría, pero no puedo.
–¿Por qué?
–Como la compañía de mi papá perdió la licitación para ser el proveedor de cadenas para fantasmas, quebraron. Nos mudamos mañana a Mendoza con unos tíos que le consiguieron trabajo a mi papá. Va a ser el administrador de una fábrica de escobas para brujas.
–¡…!
–Adiós, Sebastián. Suerte en el examen.
Me da un beso en el cachete y se va.
“Qué menso soy, no le pedí perdón por meterla en problemas.”
Trato de alcanzarla, pero ya desapareció.

–El examen resultó más fácil de lo que esperaba. Quién iba a decir que estudiando todos los días me iba a aprender lo que me preguntaron –le digo a mis papás cuando salgo de la escuela.
Mi hermana no me cree.
–¿En serio?
–Niña, no seas chismosa. Aprende a confiar en tu hermano.
–¿Me creen? –pregunto, sorprendido.
–Tu maestra nos llamó por teléfono antes de que llegaras. Nos dijo que pasaste con ocho.
–¿Entonces voy a tener mi licencia?
Estoy más que emocionado.
–Mamá, la mochila de Sebastián está brillando.
De seguro es mi boleta de calificaciones y la cita para sacar la licencia. Antes de poder verla, mi mamá me la arrebata. Se me pone la carne de humano.
–Sebastián, ¿otra vez fallaste en la prueba de mover cadenas? –dice, decepcionada.
Mi padre se pone peor:
–Si hubieras fallado en historia te la perdono. ¿Pero las cadenas? ¿Qué van a decir mis compañeros en la fábrica?
–¿Entonces no le van a dar la licencia a mi hermano?
–Sí –contesta mi papá–. Pero yo se la voy a castigar hasta que pueda cargar cadenas. Mañana mismo te vas conmigo al gimnasio de la fábrica. Un hijo mío no puede fallar al arrastrar cadenas.
–Óscar, no puedes hacer eso –interviene mi mamá. ¿Será que intercederá a mi favor?–. Mañana es sábado; la fábrica no abre. Mejor espera al lunes.
Mi hermana ríe y me dan ganas de jalarle los cabellos. Papá se sienta en su sillón favorito y prende la tele. Mi mamá sólo me dice:
–Aguanta un poco más, hijo. En cuanto puedas cargar las cadenas, le voy a pedir a tu tío que te lleve con los humanos para que escojas a la primera familia que vas a espantar.
Me voy a mi cuarto y me recuesto en la cama. Estas vacaciones han sido muy largas.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Las historias de Beto

Para que no digan que la actualización del blog fue nomás flor de un día (aunque yo hubiera preferido que fuera flor de calabaza), aquí les dejo un nuevo cuento. Es de los primeritos que escribí y publiqué. Espero que lo disfruten, en la cálida compañía de sus seres queridos (y si pueden, no sean gachos, dejen un comentario).

LAS HISTORIAS DE BETO
(-DIEGO MEJÍA EGUILUZ-)

Para Ramón Córdoba

No sé quién le dijo a Beto que era un buen escritor, pero si algún día me entero, juro que me vengaré de esa persona.
Cuando lo conocí pensé que se trataba de alguien simpático y amable. Acababa de mudarme al edificio donde ahora vivo y él fue el primero de mis nuevos vecinos en presentarse y ponerse a mis órdenes. “Si en algo puedo ayudarlo, lo que sea, no dude en avisarme”, me había dicho cuando por fin se retiró de mi departamento.
Las siguientes dos semanas se dedicó a visitarme cada tercer día para ver si no se me ofrecía nada. En un principio me sentí aliviado porque ya no tendría que lidiar con personas que carecían de educación y no les importaba que te estuvieras muriendo a las puertas de su casa, aun así te ordenarían que te quitaras para cerrar la puerta; sin embargo, después de que me indicó cómo llegar a los lugares más importantes, como el banco y el supermercado, por ejemplo, ya no era necesario que fuera a verme tan seguido.
Por aquel entonces Esther aún no vivía conmigo, a pesar de que llevábamos más de cuatro años de noviazgo y de mi insistencia para que compartiéramos una casa, y como no me apetecía hablar de mi vida privada con cualquiera, dejé que Beto pensara que no tenía pareja; por eso un día me invitó a un table dance. Divertido por la idea acepté acompañarlo. Una vez en el centro nocturno, Beto se puso tal borrachera que tuve que llevarlo a rastras hasta mi casa. Se quedó dormido en el sillón hasta las cuatro de la tarde del día siguiente.
Una semana después, Esther decidió que nuestra relación sí tenía futuro y llegó con sus maletas al departamento. De nueva cuenta, Beto fue el primero en presentarse y solicitarle que lo considerara en caso de que necesitara algo. Ella quedó impresionada por sus atenciones y me reprendió cuando le dije que él era muy latoso, bien intencionado, pero latoso. Al día siguiente me lo encontré en las escaleras. Me ofreció disculpas por haberme invitado al antro. “Pensé que no tenías novia, de otra manera no te hubiera llevado.”
A pesar de Beto, mi nuevo domicilio tenía una gran ventaja: se trataba de un lugar céntrico y ya no me tardaba tanto en llegar a mi trabajo. Esther, mientras tanto, se quedaba al cuidado de la casa. (Acababa de terminar sus estudios universitarios y quería descansar por un tiempo antes de buscar empleo.) Pronto se hizo muy amiga de Beto, por lo que éste pasaba cada vez más tiempo en nuestra casa; cuando Esther le contó que yo era editor en jefe de una revista cultural, Beto me pidió permiso para mostrarme sus cuentos: “No quiero que los publiques, sólo dime qué te parecen”. Al día siguiente tenía en mi poder una carpeta con todos sus relatos.
Las historias de Beto eran malas. No quiero decir que él era una bestia escribiendo, pero de los quince cuentos que me entregó ninguno valía la pena (de hecho, seis eran plagios mal hechos de cuentos de Maupassant). “Es muy inocente, no lo vayas a destrozar”, me había recomendado Esther, quien también leyó sus escritos y coincidía conmigo en que se trataba de alguien sin talento.
–Tus textos son, cómo decirlo... peculiares. Algunos personajes son interesantes, como que apuntan hacia un comportamiento fuera de lo común. En algunas de las historias, como “El picnic”, me acordé mucho de los libros de Maupassant –le dije tratando de desanimarlo sin ser grosero. Evidentemente me equivoqué en algo porque Beto me dio las gracias y prometió mostrarme, apenas lo terminara, un nuevo cuento.
Pronto comencé a dudar que Beto tuviera algo que hacer además de escribir. Todos los días me dejaba con Esther un nuevo cuento y un recado pidiéndome que le diera una opinión sincera de éste. Esther en un principio continuaba aconsejándome que no fuera muy rudo con él; tres meses después comenzó a elaborar un plan para cortarle las manos o dejarlo paralítico. Yo, por mi parte, intentaba darle a entender que no servía para escribir, pero no comprendía indirectas. Eso sí, nunca se atrevió a ir a molestarme a la revista.
Para que no piensen que no puedo decir nada bueno de las personas, debo admitir que, cuando no se fusilaba descaradamente –y mal– a los clásicos, la imaginación de Beto era extraordinaria; ninguno de sus cuentos se parecía al otro. Su amplitud de temas era tal que un día me enteraba de cómo el gobierno de Tombuctú se declaraba en quiebra porque los inodoros de todo el país se habían puesto en huelga, y a la noche siguiente tenía en mi poder la historia de unas hormigas que querían suicidarse y para lograrlo le mentaban la madre a un oso hormiguero, se hacían pipí en una de sus garras y hasta lo provocaban con pancartas que decían “El oso es puto”.
Gracias a los cuentos de Beto, mi vida sentimental cayó en crisis. Esther se hartó de nuestro vecino una noche en que nos vimos obligados a interrumpir ya saben qué, pues no dejaba de tocar el timbre para darme su más reciente obra. “O él o yo”, amenazó Esther.
Para solucionar esa disyuntiva, tuve la genial ocurrencia de presentar a Beto con mi prima Carmen, una chava que había estudiado computación y en seis meses consiguió un buen empleo. El experimento tuvo dos resultados: no sólo gané doce semanas de tranquilidad e intimidad, sino que también me hice acreedor a un poeta. “Anoche vi las estrellas,/ uy, uy, uy, qué bellas,/ y aunque tú te llamas Carmen y no Estrella,/ también estás muy bella”, escribió Beto a mi prima, quien ahora vive en provincia pero no me dio su dirección.
Poco después de esa decepción amorosa, Beto nos invitó a cenar para celebrar su cumpleaños. Como todavía faltaba una quincena para el cierre de la edición, y para no herir susceptibilidades y vernos retratados en una de sus historias, Esther y yo llegamos puntuales a la reunión. Su departamento estaba lleno de libros, tal y como sospechábamos.
–¿No va a venir nadie más? –preguntó Esther.
–No es necesario –replicó Beto–. Aquí están todos mis amigos –y señaló sus libros.
Después de cenar lo acompañamos a la Cineteca para ver una última película de Juzo Itami. Cuando salimos declaró que su próxima ficción se basaría en el tema de ese filme.
–Mejor intenta escribir una novela –le sugirió Esther–. Tárdate lo que quieras, trabaja bien la anécdota –agregó.
–Nunca se me había ocurrido –exclamó entusiasmado Beto–. Supongo que si la empiezo hoy la terminaré, a lo mucho, en tres meses.
–Tienes noventa días para encontrar una nueva casa –me murmuró Esther.
A la mañana siguiente comenzamos a visitar departamentos que se rentaban; todos estaban muy caros.
Antes de que transcurrieran siquiera dos meses del plazo que se puso, ya tenía en mi poder su primera novela: Las prostitutas del país de las maravillas. “Ay, Dios”, pensé. Esther no dejó de reír en toda la noche.
Aquel tabique de casi trescientas páginas representaba una verdadera amenaza para mi tranquilidad, por lo que mejor le di el manuscrito a uno de los correctores de la revista. Si me topaba con Beto, le decía que no perdiera la paciencia, que apenas terminara con su libro le daría un dictamen por escrito.
A la semana siguiente, el corrector me regresó la novela de Beto.
–Este favor te va a salir carísimo –me dijo.
–Malísima, supongo –contesté.
–Casi toda es una porquería sin pies ni cabeza: ningún capítulo tiene nada que ver con el anterior; pero quisiera que leyeras el onceavo. Si opinas igual que yo, podemos incluirlo en el siguiente número.
En un principio pensé que se trataba de una venganza; de todos modos preferí no quedarme con la duda y leí el capítulo. Terminé asombrado. En sólo dos páginas, y a modo de carta, había contado la historia de un presidente dos horas antes de tener que entregar la banda a su sucesor. Aunque la anécdota puede parecer aburrida, o cursi, la desarrolló de tal manera que desde un principio atrapaba al lector; el final no sólo era bueno, sino genial.
Cuando llegué a casa le mostré a Esther las dos cuartillas sin decirle de quién eran; elogió a más no poder el cuento. “Mañana temprano le voy a decir a Beto que queremos publicar esa parte en la revista”, pensé antes de quedarme dormido.

–Órale, güey, aguas con esa estufa –con estas voces desperté a las siete de la mañana del día siguiente. Un tanto atolondrado, me levanté de la cama y me dirigí a la ventana para ver qué estaba pasando. Un camión de mudanzas estaba al pie del edificio. No sabía si alguien llegaba a vivir aquí o se iba a otra colonia.
Salí para enterarme mejor de lo que sucedía y me topé con don Abundio, el conserje. “Por fin rentaron el departamento 501, joven”, dijo cuando me vio; yo ni siquiera sabía que estaba desocupado. Una hora después de terminada la mudanza, Beto fue el primero de los vecinos en presentarse con el nuevo habitante. Sonreí aliviado. Esa tarde, en la revista, le dije al corrector que Beto no nos autorizaba a usar su texto.
El nuevo inquilino resultó ser cocinero en un importante hotel. Después de dos meses de visitarlo a diario, Beto consiguió empleo como ayudante de los chefs. Desde entonces ya no ha vuelto a escribir.




Texto publicado originalmente en:
Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005.

martes, 23 de noviembre de 2010

Todo se lo debo a mis padres

Casi un año me tomó actualizar esta cosa. No voy a poner el pretexto de que no me acordaba de que tenía blog, ni de que había olvidado la contraseña, ni de abducción extraterrestre.
La mera verdad es que un pollo disfrazado de ninja me había hackeado el blog, pero ya lo convencí de que me lo regrese.
Para celebrar que el pollo ya me dio permiso de volver a escribir, les presento uno de los últimos textos que he escrito.
Ojalá y lo disfruten en la cálida compañía de sus queridos (y si pueden, dejen algún comentario).


TODO SE LO DEBO A MIS PADRES
(-DIEGO MEJÍA EGUILUZ-)

–¡Manuel, Roberto volvió a estornudar! –Julia, desde la recámara, llamaba a gritos a su marido.
–¿Otra vez? Te dije que lo abrigaras bien –respondió Manuel, quien trataba de dormir una siesta.
–No es mi culpa. Tú le diste permiso de comer helado de postre.
–Pero tú dejaste la ventana abierta.
–¿Y qué querías? ¿Que nos asáramos? Estamos a más de treinta grados. Además, a ti se te olvidó ponerle un suéter.
–Porque tú no los has lavado. ¿O quieres que nuestro hijo ande con la ropa cochina?
En muchos hogares, un estornudo no desencadenaría una discusión como ésta. Pero en la casa de Roberto provocaba pleitos bastante fuertes entre sus padres. Cuando esto ocurría, su papá tenía que dormir en la sala hasta que a su mamá se le pasaba el enojo.
Y no es porque se tratara de un niño enfermizo; por el contrario, era bastante sano. El problema era otro. Desde que cumplió siete años, Roberto, cada que estornudaba, se convertía en gato de cerámica, cuchara de madera, estatuilla de barro o reproductor de música, entre muchas otras cosas.
Es difícil explicar por qué le pasaba esto. Lo más sencillo es decir que se trataba de un mal hereditario: cuando había luna llena, su papá se convertía en gato de cerámica; Julia, su madre, todas las noches se transformaba en Marilyn Monroe. Y ni hablar de sus demás familiares: tanto del lado paterno como del materno, todos tenían esa peculiaridad.
Cuando se conocieron, sus papás descubrieron que ambos tenían ese don (por llamarlo de alguna manera) y se volvieron muy cercanos el uno al otro. Con el tiempo, decidieron casarse. Un par de años después nació Roberto. Al principio, Manuel y Julia estaban muy preocupados. Sabían que él, eventualmente, también desarrollaría esta “enfermedad”, pero en secreto guardaban la esperanza de que fuera la excepción. No tenían ni idea de lo que le esperaba.
La primera vez que Roberto se transformó en algo fue en una reunión en casa de la familia de Julia. Era el cumpleaños de uno de sus tíos y le habían organizado una comida. Uno de sus primos, por hacerle una broma, le aventó un poco de pimienta a la nariz y Roberto comenzó a estornudar. Ante los ojos de sus parientes, se convirtió en una pantalla plana de televisión. Una vez repuestos de la sorpresa inicial, sus familiares esperaron pacientemente a que algo más ocurriera; mientras tanto, veían el partido de beisbol que Roberto transmitía. Dos horas después, con el juego empatado a tres carreras en la parte alta de la sexta entrada, Roberto recobró su forma original.
–Míralo, igualito a nosotros –exclamaba una tía, quien lo miraba orgullosa.
–Ése es mi nieto –dijo, alegre, su abuelo.
–¿En qué canal estabas? Quiero ver el final del partido –preguntó su padre, quien se había quedado picado con el juego.
Roberto no entendía nada de lo que le decían, y sólo Julia le dio la importancia debida a este asunto:
–No quiero que traten a mi hijo como un bicho raro. Él es normal, igual que nosotros.
Los demás a duras penas pudieron aguantar la risa. Ésa fue la primera noche que sus papás discutieron por los estornudos de Roberto:
–Eres un insensible. En vez de preocuparte por tu hijo, sólo querías saber quién metió el gol –le reprochó Julia a Manuel, mientras le daba unas cobijas y una almohada para que durmiera en el sillón.
–No es cierto, sólo quería saber en qué canal estaba. Y no era futbol, era beisbol lo que estaba viendo.
Al día siguiente, Julia habló a la escuela para avisar que su hijo no iría a clases en una semana pues estaba enfermo.
Por la noche, sus padres platicaban acerca de Roberto:
–Sabíamos que esto iba a pasarle. Ni modo, Julia, tendremos que arreglárnoslas.
–Pero todavía es muy pequeño. A nosotros nos ocurrió cuando éramos más grandes.
–Debemos decírselo. No podemos ocultárselo toda la vida.
–Aún no es el momento. Está muy chiquito.
–¿Y hasta cuándo le diremos que su mamá y la señora rubia que le sirve la cena son la misma persona? No siempre nos va a creer que trabajas de noche y que la güera que viene a cuidarlo es su nana.
–Para ti es más fácil. Como sólo te transformas en la luna llena le decimos que te vas a jugar dominó y santo remedio. ¿Y qué va a pasar cuando crezca y quiera ir contigo a jugar?
–¿De qué hablan, papá? –preguntó Roberto, quien entró al cuarto de sus padres porque no podía dormir.
–De nada, hijo. Anda, vete a tu cuarto.
–Hasta mañana, papi. Que descanses, nana.
Una semana después, Roberto regresó a la escuela.
Las siguientes semanas el niño no estornudó. Sus papás no se confiaban y siempre le recomendaban que se abrigara bien y evitara las corrientes, e incluyeron mucho jugo de naranja en su dieta.

Tres meses después, sin embargo:
–¡Maestra, Roberto estornudó y no se tapó la boca!
La maestra iba a recordarle a Roberto la importancia de cubrirse la boca al estornudar (y de paso regañar a su compañero por chismoso), pero algo llamó su atención:
–¿Quién le dio permiso a Roberto de salir del salón? Sólo está su lonchera.
–Oiga, miss, Roberto no trajo lonchera.
Antes de que alguien pudiera decir algo más, la lonchera estornudó y se transformó, ante el asombro de todos, en Roberto.
–¡Qué chido! ¿Cómo le hiciste? –le preguntó uno de sus compañeros.
–¿Hacer qué? –quiso saber Roberto.
–Oigan, la maestra se desmayó –exclamó otro niño.
–De pelos –dijo una alumna.
Tuvieron que intervenir tres maestros para reestablecer el orden en el salón de clases. Uno más se llevó a la asombrada maestra a la enfermería. Al volver en sí, la profesora gritó:
–¡Ese niño está poseído! –y salió corriendo de la escuela.
Una hora después, Roberto y sus papás estaban en la oficina de la directora del colegio.
–Señores, yo no soy una persona supersticiosa, pero la maestra de Roberto afirma que su hijo está poseído.
–No sabemos por qué le pasa esto a nuestro hijo –se apresuró a decir su mamá.
–No te hagas la inocente, Julia. A nosotros nos ocurre lo mismo…
–¡Cállate, Manuel! ¿Qué va a pensar la señora directora? Además, aún no hemos hablado con él.
–En primer lugar, señores, no los llamé para que discutieran. Y en segundo lugar, les repito que no soy alguien que crea en esas cosas. ¿Y de qué deben hablar con él?
Un estornudo interrumpió a la directora; fue Roberto.
–Salud, mi amor… –dijeron los tres adultos.
Y una vez más se transformó, ahora en pluma fuente.
La directora también se desmayó.
Esa tarde, ya en casa, Manuel y Julia resolvieron contarle la verdad a su hijo.
–¿En serio puedo hacer eso? ¡De pelos! –exclamó Roberto cuando terminó de escuchar a sus papás.
–Sé que suena emocionante, Roberto, pero no es tan divertido como crees.
–¿Y entonces mi nana güera es mi mamá?
–Sí, sólo que en las noches cambio de cuerpo –admitió Julia.
–Me gustas más de día. Eres más bonita.
–Gracias, corazón.
–¿Y tú eres el gato que a veces está en el buró de mi mamá?
–Sí –respondió Manuel–. No voy a jugar dominó. Siempre me quedo aquí.
–¡Órale! De seguro los papás de Pablo no pueden hacer eso.
–No puedes decirle nada de nosotros a tus amigos. No te dejarían en paz.
–Ta bien, ta bien –dijo, a regañadientes, Roberto.
–¿Ya ves? –su padre comentó a su mamá–. No se espantó. Y tú que estabas tan preocupada.
–Porque salió a mí y no a ti –fue la respuesta de Julia.
–¡Roberto, no te piques la nariz para estornudar! –le advirtió su padre.
Pero era tarde, ahora tenían enfrente un horno de microondas.

Los siguientes días, Roberto era el centro de atención del colegio. Muchos alumnos lo buscaban para pedirle que repitiera su gracia. Otros, más escépticos, le aventaban pimienta o le hacían cosquillas en la nariz con una pluma para ver si eran ciertos los rumores. A los profesores les costaba cada vez más trabajo mantener el orden en la escuela. El colmo fue cuando Roberto estornudó en el patio y se transformó en una pelota. Fue necesario que lo rescatara la directora, pues sus compañeros ya habían organizado un partido de futbol.
–No se vale, miss. Yo iba a cobrar el penalty –reclamó, molesto, uno de los niños.
–¡Se acabó el recreo! ¡Todos a sus salones! –fue lo único que dijo la directora.
–¡Eeeehhh! ¡Ganamos dos a cero a los de segundo A! –exclamó otro alumno.
A la salida, la directora nuevamente tuvo que hablar con los padres de Roberto.
–Sé que es difícil. Roberto era un niño que no daba problemas y un buen estudiante, pero esto ya se salió de control. No me queda más remedio que expulsarlo del colegio.
–Falta muy poco para que sean los exámenes finales –respondió su padre–. ¿Sabe cuánto nos costaría cambiarlo de escuela a estas alturas? De seguro tendría que repetir el año.
–No te fijes en el dinero, Manuel –lo interrumpió Julia–. Es por su bien.
–Lo más que puedo hacer por ustedes, señores, es dejar que Roberto estudie en su casa y venga a presentar los exámenes. Pero no podemos tenerlo para el próximo curso.
Roberto, mientras tanto, era examinado por un doctor en la enfermería para cerciorarse de que no tuviera nada roto.

Aunque intentaba concentrarse, Roberto no se sentía a gusto estudiando en su casa; extrañaba a sus amigos.
–¿Mañana sí voy a la escuela, mami? –preguntaba todos los días.
–Ya te dije que no es seguro que vayas. Tus compañeros te pueden dañar.
–¿Mis amigos no me quieren?
–No es eso, mi amor, pero no saben cómo tratar a alguien como tú.
–Pero no soy malo, mamá.
–Lo sé, hijo. Ándale, vamos a seguir repasando la tabla del siete.
–Ya no, ya me cansé. Ya es de noche; mira la luna, mami.
–Está bien, vete a tu cuarto a jugar y un rato y luego a dormir.
Roberto se fue corriendo a su recámara. Su mamá se quedó pensativa y volteó a ver a su buró.
–¡Roberto, ven acá y regresa a tu papá a su lugar!

Finalmente, llegó la semana de exámenes. Roberto estaba puntual en el patio, junto a sus compañeros, listo para entrar al salón de clases.
Un niño de sexto grado se le acercó.
–Escúchame, enano. En el recreo tienes que acompañarme y estornudar. Te voy a dejar escondido en la dirección. Cuando vuelvas a ser normal, te robas el examen de matemáticas de sexto y me lo traes. Y cuidadito y le dices a alguien, porque te va a ir mal.
Roberto salió corriendo asustado.
En el salón de clases, Roberto trataba de concentrarse para resolver su examen de Español, pero no dejaba de recordar la amenaza de aquel niño. No sabía si decirle o no a la directora lo que le habían ordenado. Como pudo, terminó la prueba y la entregó a la maestra (una nueva; la que tenía antes nunca regresó).
–Gracias. Ve al patio con los demás –y agregó–: pero antes ponte un suéter.
–¿Cuántas contestaste? ¿Sí pasas o truenas? ¿Cuál era la respuesta de la tres? –eran algunas de las frases que emitían sus compañeros. Cuando vieron llegar a Roberto, optaron por alejarse. Roberto alcanzó a escuchar que uno de ellos dijo:
–Vámonos, a lo mejor es contagioso.
Antes de que Roberto pudiera argumentar algo a su favor, se escucharon varios gritos y un fuerte portazo. Dos hombres entraron corriendo a la escuela:
–¡Esto es un asalto! ¡Llévennos a donde guardan el dinero!
Una maestra trató de intervenir:
–¡No le hagan nada a los niños!
–¡Cállese y llévenos a donde guardan el dinero!
–Tlacuache, mejor apurémonos, no vaya a venir una patrulla –dijo uno de los ladrones.
–No nos van a hacer nada aquí. No creo que quieran dañar a una de estas inocentes criaturitas –respondió, burlón, el otro asaltante.
–A ver, niño, ¿dónde está la dirección? –le preguntaron a Roberto.
Roberto no sabía ni qué contestar; estaba tan asustado como todos los demás. De los nervios, comenzó a estornudar en varias ocasiones, y con cada estornudo cambiaba de forma. Pasó de ser niño a barril de desechos tóxicos, a piano de cola, a coche a control remoto, a bufanda, a poste de luz, a libro de cuentos, a jarra de café…
–Ay, mamacita –exclamó uno de los ladrones–. Esta escuela está embrujada.
Roberto seguía estornudando. Ahora era figura de cera, bicicleta, casco de astronauta, máscara de luchador…
–Vámonos, Tlacuache. Esto es cosa del diablo.
Pero el Tlacuache se había desmayado.
Roberto seguía con sus transformaciones: oso disecado, rifle de diábolos, goma de borrar, cámara fotográfica…
El conserje de la escuela aprovechó la confusión para llamar a una patrulla que pasaba en ese momento por ahí. A los policías no les costó trabajo arrestar a los dos ladrones. Una maestra, mientras tanto, se llevó a Roberto para que nadie más viera sus transformaciones.

–Su hijo es un héroe –exclamó la directora–. No quiero imaginar qué habría sucedido si no hubiera sido por su habilidad.
Sus papás aún no podían creer lo que les acababa de relatar la directora, pero estaban orgullosos de Roberto.
–¿Entonces puede seguir en esta escuela? –preguntó su mamá.
–Sí. Y de mi cuenta corre que nadie mencione nada acerca de Roberto y su talento.

Semanas después, Roberto y sus papás se fueron de vacaciones con unos familiares que vivían en Campeche. Ahí el niño supo que sus parientes también se convertían en varias cosas y personas. Todas las noches hacían fiestas muy divertidas en las que organizaban concursos a la mejor transformación.
Cuando regresó a clases, para el siguiente curso, ya nadie lo trató como a un ser extraño. Sus transformaciones siguieron cada que estornudaba, pero pronto se acostumbraron y se limitaban a decirle salud; cuando recuperaba su forma humana le prestaban los apuntes para que se pusiera al corriente en las clases. Tal como lo prometió la directora, todos guardaron el secreto.
En su casa las cosas volvieron a la normalidad. No sabemos si Roberto y su familia dejaron de transformarse, pero al menos ya no se preocupaban tanto por el qué dirán. Claro que los papás de Roberto no dejaban de tener cuidado para evitar que su hijo se resfriara, y de vez en cuando sus vecinos escuchaban discusiones como ésta:
–¡Manuel, Roberto volvió a estornudar!
–¿Otra vez? Te dije que lo abrigaras bien.
–No es mi culpa. Tú le diste permiso de comer helado de postre.
–Pero tú dejaste la ventana abierta.
–¿Y qué querías? ¿Que nos asáramos? Estamos a más de treinta grados. Además, a ti se te olvidó ponerle un suéter.
–Porque tú no los has lavado. ¿O quieres que nuestro hijo ande con la ropa cochina?*


* Nota de los papás de Roberto: Reprobamos categóricamente el que uno de nuestros vecinos se tomara el atrevimiento de contar la historia de nuestro hijo. Es una falta de respeto a su privacidad.
Nota de Roberto: Voy a salir en un libro, ¡qué chido!

martes, 8 de diciembre de 2009

Y siguen los comerciales (nuevo libro publicado)

Y regresamos con un mensaje de nuestros patrocinadores:

"Siga los tres movimientos de Fab..."
Bueno, ese comercial tampoco lo pongo.

Pues ahora estoy con un nuevo anuncio: hace unos meses la ADABI de México, dirigida por la doctora Stella González Cicero, le hizo a mi padre una invitación a través de Salvador González Vilchis (buen amigo de la familia y compañero de cantinas) para un proyecto editorial en el cual el beisbol estaba involucrado.
Mi padre decidió invitarme a colaborar en este proyecto, y como generalmente nunca sé decir que no, pues le entré como bateador emergente. Además, el tema es una de mis grandes pasiones (aunque las bajas pasiones también son muy divertidas).
Así que ahora presento en sociedad cibernética México y el beisbol, escrito por Eduardo Mejía y Diego Mejía Eguiluz, publicado por ADABI de México.
El libro ya hizo su debut en la FIL Guadalajara, y aunque suene un poco presumido, tuvo una buena recepción entre el público asistente.
Para todos los seguidores de mis chistes (anónimos en su mayoría), lamento decirles que el tono en que está escrito es otro; sin embargo, de ninguna manera es tedioso.
Tal vez a quienes me conozcan no les sorprenda la temática del libro, puesto que además de ser una pasión que comparto con mi padre, es uno de los pocos temas de conversación que tengo. XD
Un agradecimiento a la gente de ADABI que me soportó y me trató de maravilla en mis constantes vueltas a su stand en Guadalajara (las paletas estaban muy ricas y soy muy goloso): la doctora Stella González, su hija Stella Garibay, el maestro Garibay, Alejandra, Miguel, Lilia (hubo tres personas más los primeros días, pero por bestia no les pregunté su nombre :S).
También quiero hacer un agradecimiento a la doctora Stella González y a Salvador, por haber confiado en el dueto Mejía para este libro, y por todas sus gestiones para que el libro ahora vea la luz.

Y un agradecimiento aún más especial a mi padre, por permitirme ser parte de este libro que ahora da pie a que actualice una vez más este blog.

Y para los más ansiosos, aquí está la portada.

martes, 3 de noviembre de 2009

Estoy de regreso (y ahora unos comerciales de nuestros patrocinadores)

Casi un año después de la última vez que publiqué algo aquí, este blog ha sido desempolvado.
Ahora no voy a publicar ningún cuento en este espacio (no se preocupen, tampoco voy a poner chistes), sino un pequeño comercial:

"Burbujitas, burbujitas, de la sal de uvas..."

Está bien, ese comercial no.

"Estaban los tomatitos..."

Bueno, ése tampoco.

Entonces pongo este comercial. Les presento el primer libro que publica un servidor y que no es edición de autor. A lo mejor alguno de ustedes recordará el texto (o por lo menos el título), pues el debut de este cuento fue precisamente en este blog.
Lamento informarles que esa entrada ya no está disponible. Los comentarios se quedaron, pero el contenido lo edité. La editorial se hubiera molestado un poco si se daban cuenta de que mi propia página saboteaba la edición. Sin embargo, aquí pueden ver la portada para que conozcan qué pinta tiene la obra. El libro sale bajo el sello de Porrúa infantil, en su colección Gusano de Luz.
Agradezco a Íker Vicente, quien realizó las excelentes ilustraciones (mejor elección no pudieron hacer) y a Claudia Tapia, encargada del cuidado de la edición, no sólo por la dedicación con la que se encargó de la obra; sobre todo porque confió en mí.



domingo, 8 de febrero de 2009

Querido diario

¿Me creerían si les dijera que no me acordaba de que tenía un blog? Bueno, ¿me creerían si les dijera que mis múltiples novias no me dejaban tiempo para escribir? ¿Y si les dijera que me había dado flojera actualizar esta cosa? El caso es que ya por fin me digné a actualizar esta cosa. Ahora la quiniela es para ver cuánto tiempo pasará antes de que vuelva a actualizarlo.
Este texto lo escribí hace once años, lo reescribí hace diez años, y lo volví a reescribir en 2005, para llegar a su versión definitiva. Espero lo disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.

1 DE OCTUBRE (ANTES DEL MEDIODÍA)

Querido diario:

Cuando era niño mi sueño era ser beisbolista profesional: quería formar parte de algún equipo y convertirme en su short stop titular. Mi familia siempre me apoyó y, cuando cumplí cinco años, me inscribió en una liga. Poco a poco aprendí los secretos del juego y me convertí en uno de los jugadores más destacados; hasta que un día fui firmado por un equipo de Ligas Mayores. Tenía dieciséis años y comenzaba a realizar mis sueños. Desde entonces me volví muy supersticioso: si un día despertaba muy temprano y tenía un buen desempeño en el partido, continuaba levantándome a esa hora hasta que ya no jugara bien; entonces modificaba mis hábitos hasta que tuviera otra actuación destacada.
Lamentablemente abandoné mis sueños por culpa de una lesión, y no me quedó otra opción que continuar estudiando hasta graduarme en la universidad. Aún así conservé mis manías. Incluso ahora, que soy gerente de ventas de una importante transnacional, tengo mis rutinas para la buena suerte.
Pero eso se acabó hoy. Quiero que conste que hoy me convencí de que mi buena fortuna no se debe a mis supersticiones, sino a la dedicación que pongo en todo lo que hago. Por eso decidí levantarme a las siete en vez de a las cuatro de la mañana; dejar que mi esposa se bañara antes que yo; desayunar; ponerme primero el zapato derecho en vez del izquierdo. También salí de casa por la puerta principal y no por la entrada de servicio; y no utilicé mi automóvil, sino que caminé al metro y fui a ver a mi doctor después de dos años de tenerlo abandonado.
Tras hacerme un chequeo general, el médico diagnosticó que me queda una semana de vida.

1 DE OCTUBRE (DESPUÉS DEL MEDIODÍA)

Querido diario:

Seguramente pensarás que ya me llevó el carajo, que me desesperé y perdí la compostura; que me puse a llorar como un niño. Y estás en lo cierto.
El doctor opina que soy un caso único en la historia de la medicina: no tengo SIDA, ni ninguna enfermedad venérea; si quiero, puedo pasar mi última semana con mi esposa en la cama sin peligro de contagiarla. Tampoco es algo del hígado, así que emborracharme hasta decir basta es una opción de cómo aprovechar mi tiempo; ni pulmonar, por lo tanto no hay problema si fumo todo lo que desee. Para no aturdirte te diré que, haga lo que haga, no corro el riesgo de empeorar mi salud y recortar mis últimos días de siete a dos o tres.
Ahora mi mente se dedica a pensar cómo demonios voy a aprovechar este tiempo. Carajo, ojalá y mi esposa no roncara tanto. Si sigue así no voy a poder descansar.

2 DE OCTUBRE

Por más que lo intenté no pude. Traté con todas mis fuerzas y no lo logré; mi esposa está desconcertada: no sabe por qué quiero renunciar a mi trabajo ni la razón por la cual no me atreví a hacerlo –cuando se me ocurre algo lo hago de inmediato–. Por lo menos ya estoy dejando todo en orden para que mi reemplazo no tenga tantos problemas en adaptarse al puesto.
La sensación de angustia está acabándome. No disfruto nada de lo que hago. Sólo cuando fui a ver a mi hermana pude reír un rato.
Ella desea tener un hijo y todos los días lo intenta. Hoy fue a la farmacia y compró dos pruebas de embarazo. Acababa de hacerse la prueba cuando llegué. Mi visita le cayó de sorpresa pero le agradó y me pidió que me quedara a cenar. Pasé al baño para lavarme las manos; antes de cerrar la puerta, me advirtió:
–Cuidado con mi prueba de embarazo.
Por supuesto no le hice caso y tomé la prueba para ver cómo era, pero como no sequé bien mis manos el tubito se me cayó en la taza del baño. Angustiado, tomé la otra prueba, leí las instrucciones y, tras ver que sólo requería de una gota de orina y cerrar el tubo, la hice. Salí del baño y me senté en el comedor como si no pasara nada.
–Dame un segundo, voy a revisar el tubito –dijo antes de servir la cena y se dirigió al baño. Me asusté. Unos minutos después salió gritando:
–¡Salió azul, salió azul! ¡Voy a ser mamá!

3 DE OCTUBRE

Como siempre he sido muy ordenado, elaboré una lista de las cosas que quiero hacer en estos últimos días. Fueron varios borradores. La revisaba y la volvía a hacer. Ésta es la definitiva:

1.- RENUNCIAR A MI TRABAJO DEJANDO TODO EN ORDEN PARA QUIEN ME SUSTITUYA.
2.- ACOSTARME CUANTAS VECES PUEDA CON MI ESPOSA.
3.- ESCRIBIR MI ÚLTIMA VOLUNTAD Y TESTAMENTO.
4.- PASAR EL MAYOR TIEMPO POSIBLE CON MI FAMILIA Y AMIGOS.
5.- DEDICAR UN DÍA ENTERO PARA MÍ SOLO.
6.- JUGAR UN ÚLTIMO PARTIDO DE BEISBOL.
7.- FIESTA DE DESPEDIDA.
8.- HACER TODAS LAS LOCURAS QUE DE JOVEN NO ME ATREVÍ.
9.- DISEÑAR MI TUMBA Y ELEGIR UN EPITAFIO.
10.- HISTERIZARME.
11.- MORIR.
12.- SER VELADO.
13.- SER ENTERRADO.

4 DE OCTUBRE

Hoy volví a revisar mi lista de pendientes y sigo satisfecho con ella. Lo malo es que me he dado cuenta de que ya estamos a 4 de octubre y aún no he hecho nada. Voy a perder toda la noche eliminando algunos propósitos. Tampoco hoy voy a poder dormir.
Lo que sí es seguro es que no le voy a decir a mi mujer que dentro de muy poco va a adquirir un nuevo estado civil. No quiero angustiarla ni que calcule cuánto dinero recibirá cuando cobre mi seguro de vida.

5 DE OCTUBRE

Renuncié a mi empleo. No sé cómo le hice, pero me atreví. De sobra está decir que mi esposa se desconcertó al verme en casa antes del mediodía, pero me creyó cuando le dije que había pedido la semana a cuenta de vacaciones, y estuvo de acuerdo en que pasáramos el resto de la tarde en la recámara. A las ocho de la noche nos levantamos y fuimos a cenar a un restaurante de lujo.
–¿Puedo pedir cualquier cosa? –quiso saber ella.
–Lo que sea.
La cena fue deliciosa. Nunca creí que mi mujer fuera tan glotona: probó casi todos los platillos del menú (sé que exagero, pero la cuenta resultó muy elevada; si no estuviera moribundo, la cuenta sí me hubiera matado). Después fuimos a bailar a una discoteca. A las tres de la mañana regresamos a casa. Dormimos abrazados el resto de la noche.

El cura terminó la misa. Mi esposa llora frente al féretro; mis familiares intentan consolarla. Mi hermana ve mi cadáver y lo único que dice es: “Híjole, mano, te vistieron como yuppie”. El velorio fue muy concurrido: fue gente de mi trabajo, mis amigos y mis ex compañeros del equipo de beisbol, quienes después de la ceremonia cenarán juntos para celebrar que vuelven a verse después de veinte años. El dueño de la funeraria anuncia que ya es hora de llevarme al cementerio.
Por primera vez en mucho tiempo llegué tarde a un sitio: nos tocó una manifestación, y además el chofer manejaba muy lento –con lo que odio la impuntualidad–; sin embargo, todos me esperaron. El foso ya está listo para recibirme, el enterrador depositó varios gusanos en él para asegurarse de que mis restos serán devorados correctamente. El ataúd es llevado por unas hormigas que contrató mi mujer. Cuando éstas me dejen bajo tierra, saldrán a toda prisa rumbo al aeropuerto para tomar un avión que las lleve a Washington, donde se reunirán con otras hormigas que planean invadir la Casa Blanca para apoderarse del mundo.
El enterrador comienza a llenar el foso; dentro del féretro escucho claramente cómo la tierra golpea la tapa. Lo único que lamento es que mi hermana tiene razón al mofarse del traje que llevo puesto. Si llené bien mi solicitud y es aceptada, apenas acabe el curso en la escuela de fantasmas, iré a jalarle las patas.

MADRUGADA DEL 6 DE OCTUBRE

Ojalá y no haya hablado dormido, porque si lo hice estoy en grandes problemas.

6 DE OCTUBRE

Hoy este día fue sólo para mí pues mi mujer fue a visitar a sus padres, y como éstos me odian me pidió que no la acompañara.
Desperté temprano para llamar por teléfono a mis amigos pues quería verlos en la noche para despedirme. La mitad dijo que no porque deben ir a trabajar mañana (para qué se me ocurre morir entre semana), la mitad de la mitad restante cambió su domicilio y no tengo modo de localizarlos; estoy seguro de que el resto no quiso contestar mi llamada.
Volví a revisar mi lista. Como lo único que he hecho es acostarme con mi esposa, borré la idea de hacer una fiesta de despedida, así como la de jugar un último partido. Opté por salir un rato a la calle.
El primer lugar que visité fue una funeraria, en donde escogí un ataúd, mandé hacer la lápida y reservé un lugar en el cementerio. Lo único que no conseguí fue que colocaran resortes dentro del sarcófago para que salten violentamente cuando abran la tapa en la misa; tendré que conformarme con un velorio común y corriente. Después me dirigí a una notaría para hacer mi testamento.
A mediodía pasé a la oficina para saludar a mis ex compañeros. En vez de recibir muestras de cariño, todos me reclamaron por mi renuncia pues han tenido muchos problemas para terminar lo que dejé pendiente.
El resto de la tarde estuve dando vueltas en un parque cercano a la casa donde nací. Ahí vi a varios niños pasear con sus padres, ancianos que salían acompañados de enfermeras, parejas besándose y alguno que otro tipo haciendo ejercicio. Aunque traté de no entristecerme, mientras estuve ahí mis pensamientos no eran precisamente alegres. Lamenté no haber tenido hijos, me sentí mal porque sé que nunca caminaré con la ayuda de una enfermera que finja poner atención a lo que digo, y recordé cuando era un adolescente que trataba de besar a sus acompañantes. Mis pensamientos fueron interrumpidos por un balonazo que me dio un niño; lo peor de todo fue que ni siquiera pude reprenderlo porque su papá era mucho más alto y fuerte que yo.
Antes de ir a casa pasé al bar por un último trago. Ahí estuve tres horas. Al llegar a casa sólo la luz de la entrada estaba encendida. Mi esposa dejó un recado en la puerta para disculparse porque no pudo esperarme despierta. Traté de llegar a la recámara de manera silenciosa. Antes de meterme a la cama le di un beso en la mejilla. Ella sólo gimió y siguió dormida.
¡CARAJO! No quiero irme... No ahora... No quiero que los que vayan al velorio se dediquen a contar chistes dizque para aliviar la tensión... Ojalá y sí vayan mis amigos y familiares al entierro, pero no porque quieran asegurarse de mi deceso sino porque en verdad desean despedirse de mí... Es definitivo, el ataúd va a permanecer cerrado; de ninguna manera voy a permitir que me vean y digan que me dejaron como yuppie... No quiero que sean hormigas las que carguen el féretro... Todavía no quiero irme... No importa que no haya vivido muchas cosas, tengo derecho a quedarme... Al menos ahora sí voy a librarme de pagar impuestos... Si existe la reencarnación quiero regresar en forma de caballo... Debí haber gozado más de los años que me tocaron.

7 DE OCTUBRE

Desperté a las seis de la mañana. Fui a la cocina para desayunar y luego me dirigí al estudio. Me quedé viendo mis libreros. No pretendía leer nada puesto que ya terminé la mayoría de esos libros y de ninguna manera voy a iniciar uno que sé que no voy a acabar. Lo que sí hice fue tomar la lista de propósitos y quemarla (lo malo fue que con el humo se activó la alarma de incendios y mi mujer salió corriendo en busca de ayuda). Esto de planificar es una tontería. Lo único que he hecho es obsesionarme por pasarla bien. Lo mejor será improvisar.
Al momento de escribir esto son las nueve de la mañana.
Hoy es el último día de mi vida y quiero aprovecharlo.

–Mi amor, ya no vayas a quemar nada. Por favor.
–No te preocupes. Vuelve a dormirte.
–No puedo. Tengo algo que decirte: estoy embarazada.

FIN

Texto publicado originalmente en:
Mejía Eguiluz, Diego, Extrainnings, México, Ostraco, 2005.

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