Quienes me conocen, pensarán que me volví loco (si no es que ya lo piensan), porque digo que hay vacaciones largas, cuando las vacaciones nunca serán lo suficientemente largas.No me refiero a las que este blog se toma cada tanto, sino a un nuevo cuento, con el que actualizo esta empolvada página.Ojalá la disfruten en la cálida compañía de sus seres queridos.UNAS LARGAS VACACIONES
(-DIEGO MEJÍA EGUILUZ-)
–¡Mamá, mi hermano no está estudiando!
Como siempre, mi hermana intenta meterme en problemas.
–¡Cállate, chismosa!
–¡Sebastián, no le digas chismosa a tu hermana y ponte a estudiar! –se oye a lo lejos el regaño de mi madre. Se me olvida que tiene muy buen oído.
–Estoy muy cansado, mamá –replico–. Lo único que he hecho toda la semana es estudiar. Ya me aburrí.
–¿Quieres graduarte de fantasma, sí o no? Si no pasas el examen, no te van a dar la licencia.
–Ta bien, ta bien –no me queda de otra más que ceder, aunque de mala gana.
–¡Lero, lero! ¡Lero, le…!
¡Maaa, i hegmano e jacó ga gengua! –grita mi hermana. Me choca que sea una soplona.
–¡Sebastián, regrésale la lengua a tu hermana!
–¡Yo no le saqué nada!
–¿Y esto qué es, Sebastián?
No me doy cuenta de en qué momento mi mamá se aparece detrás de mí. Ya no tengo tiempo de esconder la lengua.
–Yo no fui. Ella se la quitó y me la aventó –replico desesperado.
Como es de esperarse, no me cree. No me queda de otra más que regresarla. Antes de que continúe regañándome, me voy a mi cuarto para seguir estudiando.
¿De qué sirve vivir en una familia de fantasmas, si no te dejan quitarle la lengua a tus parientes?
No sé a qué hora me quedé dormido. Cuando me doy cuenta, ya es el día siguiente. Apenas y tengo tiempo de desayunar antes de irme a la escuela.
–Niños, ni se molesten en sacar nada de sus mochilas. Vamos a empezar el examen de una vez –anuncia la maestra en cuanto entramos al salón de clases.
–¿No va a pasar lista, miss? –pregunta una de mis compañeras.
–No. El que no haya venido, reprueba.
Siempre es lo mismo con esta maestra. Con razón los alumnos de otros grados nos compadecieron cuando empezó el curso.
–¿No sacamos pluma o lápiz? –quiere saber el ñoño de Alejandro.
–La prueba no será escrita. Lo dije la semana pasada. Tres ejercicios, para ver si han puesto en práctica lo que les he enseñado, y dos preguntas orales a cada uno. Así no hay trampas.
“Ay, no. Se me olvidó eso.” No puedo evitar preocuparme. Me había confiado a que Mónica me ayudaría; como le gusto, siempre me presta las tareas y me deja copiarle en los exámenes. De haber sabido, ni le convidaba de mi lunch toda esta semana.
“Ojalá no sea yo el primero.”
–Sebastián, pasa al frente.
“Lo sabía. Estoy salado.”
–Empecemos con algo fácil, Sebastián. Elévate un metro.
“Menos mal, eso sí lo domino. ¿Y si me alzo metro y medio? Mejor no, a la maestra no le gustan los fantasmas presumidos.”
–Bien. Ahora atraviesa esa puerta –me ordena la profesora, al tiempo que señala el clóset que está al final del salón.
“Eso también me sale sin problemas. Ya casi amarro el seis.”
–Ahora contesta rápido. ¿Quién fue el fantasma que regresó en el tiempo para que el alcalde de Ciudad Garza no declarara la guerra en contra del pueblo de Mendoza?
¡…! De la impresión, sólo mi tórax regresa del clóset.
–Estoy esperando tu respuesta, Sebastián. Y por favor, saca el resto de tu cuerpo del armario.
–Mmmmh, creo que fue un hombre.
“Ay, mamacita. No me acuerdo de esa clase. ¿Qué no fue cuando tuve catarro?”
–¿Seguro? –me pregunta la maestra.
“Piensa, piensa, piensa. Di algo, a lo mejor le atinas.”
–Fue el espectro de don Polloberto Gutiérrez. Aunque él prefería que le dijeran Beto.
“¿Polloberto Gutiérrez? ¿Qué clase de respuesta es ésa?”
Toda la clase se ríe a carcajadas. La maestra me mira muy seria:
–Mal. Los fantasmas no pueden viajar en el tiempo.
“Concéntrate, concéntrate. No puedes reprobar.”
–Siguiente pregunta: ¿quién descubrió la cura contra las arrugas de los espectros?
–¡Mi madre…! –digo asustado y sin pensar.
¿Qué clase de pregunta es ésa? De inmediato trato de recomponer mi respuesta. Para mi sorpresa, la maestra sonríe complacida.
–Correcto. Pero por favor di el nombre de tu mamá. Muchos de tus compañeros no saben de quién eres hijo.
–Eva Almazán.
–Pues sí, jóvenes –la profesora se dirige a los demás alumnos–. Su compañero Sebastián Ituarte Almazán es el hijo de la mujer que creó la pomada que impide el deterioro en la apariencia de los fantasmas.
“¿Mi madre la inventó? Nunca me lo había dicho.”
–Yo misma la uso y gracias a ella parezco una jovencita de doscientos años.
“¿Doscientos…? ¿Pues cuántos tendrá?”
–Último ejercicio, Sebastián. Toma las cadenas que están en el escritorio, póntelas encima y arrástralas por todo el salón.
¡…!
–Sebastián, ¿no me oíste?
“Esas cadenas se ven muy pesadas. Ni siquiera voy a poder moverlas.”
–Sebastián, no tenemos tu tiempo.
“Una, dos, tres… No las agarré bien. Otra vez. Una, dos, tres… Una, dos, tres… Me va a salir una hernia.”
–Si hubieras hecho los ejercicios que te dejó el profesor de Educación Física todo el año, no tendrías problemas para mover las cadenas –me regaña la maestra–. Ve a tu lugar, Sebastián. Tienes seis.
“Al menos pasé.”
Me encuentro una nota en mi pupitre; es de Mónica:
No sabía que eres hijo de doña Eva. ¡De pelos!
Paso el resto del día más relajado. Tal vez un poco más de lo que debía. La maestra me regañó por no poner atención en la clase de historia, pero no me preocupo mucho; no voy tan mal en esa materia.
En el recreo tengo que esconderme de Mónica. Sigue fascinada porque mi mamá inventó la pomada antiarrugas para fantasmas. No me cae mal, pero hoy no tengo ganas de hablarle. Me mantengo invisible todo el tiempo en el patio. Lástima, se había organizado un partido de futbol americano.
En cuanto suena la campana que da por terminada la jornada, la maestra me da una noticia que casi me vuelve de carne y hueso:
–Sebastián, tu promedio está muy mal. Si repruebas el examen de la próxima semana, tendrás que repetir el año.
–¿Por qué? Si pasé el examen de hoy.
–Con seis. Necesitabas, cuando menos, ocho para tener el promedio suficiente y recibir la licencia.
“Promedio, promedio. Me suena esa palabra. ¿Es de la clase de matemáticas o de español?”
–Eres un chico listo, pero no siempre pones atención…
“No, yo creo que el promedio lo vimos en biología… ¿O fue en química?”
–…en tu familia siempre ha habido fantasmas destacados. No puedes desilusionarlos…
“Sí, creo que fue en química. En biología aprendimos a desplumar a una gallina de un susto.”
–¿Me estás escuchando, Sebastián?
–¡…! Sí, maestra.
–Eres buen chico y puedes ser un excelente fantasma. No me gustaría que te quedaras sin tu licencia este año.
–No se preocupe.
–Confío que sí estudiarás lo que te pedí.
“En la torre, ¿qué me pidió?”
–Eehh, sí, maestra.
–Bien. Ve a tu casa y prepárate para el examen de la próxima semana.
“¿¡La próxima semana!? ¿Por qué no me lo dijo antes?”
El resto del día no pienso mucho en lo que me dijo la profesora. Creo que merezco una tarde libre después de tanto estudiar, así que después de comer me voy con mis amigos Lázaro, Héctor y Alfonso de paseo.
En lugar de ir al cine, como era el plan original, Alfonso propone algo que nos emociona a todos:
–La semana pasada, mi primo me llevó a un lugar donde puedes espiar a los humanos. ¿Vamos?
–¿Dónde queda? –pregunta intrigado Héctor.
–¿Se acuerdan del hoyo que se abrió en las afueras del pueblo durante el temblor de hace un año? –nos dice Alfonso. Todos asentimos y él continúa–. Pues no es un simple bache. Conduce a un portal donde puedes asomarte al mundo de los humanos.
Lázaro es uno de los más entusiasmados:
–Vamos a espantar a alguien. Imaginen, seríamos los primeros fantasmas sin licencia que asustan a una persona.
Nos ponemos en marcha de inmediato. El lugar está algo lejos, pero si volamos hasta allá, llegaremos en menos de media hora. Nos concentramos y empezamos a levitar.
–No entiendo por qué no han arreglado este bache –digo cuando llegamos al lugar.
–El sindicato de obras públicas lleva once meses en huelga –explica Lázaro.
Entramos con algo de precaución y nos dirigimos por un túnel hacia una ventana muy iluminada. Del otro lado del vidrio vemos a una familia humana. Están cenando.
–¿Intentamos moverles las cosas? –sugiere Lázaro.
–¿Y si se espantan? –pregunta Héctor.
Todos nos reímos por lo absurdo de su comentario.
–Héctor, somos fantasmas. Nuestra misión es espantar gente.
Soy el primero en probar. Por más que me esfuerzo, no muevo ni un salero.
Alfonso se desvanece un poco y trata de atravesar la ventana para meterse en esa casa. Sólo puede asomar la cabeza.
–Muchachos, creo que me atoré –alcanza a decir.
Entre todos intentamos ayudarlo, pero es muy difícil agarrar a un fantasma cuando parte de su cuerpo no está materializado. Nos costó mucho trabajo, pero al final pudimos sacarlo.
–Por más que les grité, aullé y chillé, esos humanos no me oyeron –explica Alfonso.
Héctor, un poco más prudente, señala:
–Este portal no está controlado por la Secretaría de Espantos. Los fantasmas sólo pueden espantar gente cuando entran al mundo de los humanos por los caminos autorizados. En estos lugares ilegales nuestros poderes no sirven. Mientras no tengamos licencia, no podremos espantar a nadie.
Desilusionados, optamos por regresar a nuestras casas. Salimos del bache y nos damos cuenta de que está lloviendo. Como los fantasmas mojados no pueden volar, tenemos que caminar. Llego bastante tarde a mi casa y en castigo me dejan sin cenar; para colmo, hoy me toca lavar los trastes.
El resto de la semana se me va muy rápido. Todos los días, después de clases, voy con Lázaro, Héctor y Alfonso a ese bache. Es muy emocionante, porque la ventana nos muestra siempre lugares distintos del mundo de los humanos. Hoy, por ejemplo, vimos un partido de beisbol en el estadio de los Yankees. Ayer, espiamos una boda. Nos quedamos con las ganas de espantar a los novios.
Me urge tener mi licencia.
–No saquen sus cosas –nos dice la maestra apenas entramos al salón–. Vamos a empezar con el examen. Mónica, pasa al frente.
“¿Examen? Pero si la maestra no dijo nada”, pienso, bastante asustado.
Mónica no tiene ningún problema. Hace bien todos los ejercicios y contesta correctamente sus preguntas.
–Tienes diez, querida –la felicita la maestra–. Puedes salir al patio. Jonathan, sigues tú.
–Maestra, ¿puedo ir al baño? –pregunto. Si me da chance de salir, tal vez pueda estudiar un poco; lo suficiente para sacar seis.
–Tendrías que haber ido a la hora del recreo.
–Es que el baño estaba lleno –miento.
–Está bien. Pero no tardes. Y nada de trampas. Deja tus libros aquí.
“Maldición.”
En el patio, me encuentro a Mónica.
–No se vale –me quejo con ella–. La maestra no dijo nada del examen.
–Sebastián, te lo advirtió. Y te dijo que si no sacas ocho, tendrás que repetir el año.
–¿En serio? ¿Cómo sabes? –pregunto.
–Me hice invisible para escuchar lo que te dijo la semana pasada, después de la prueba.
–No voy a pasar. Me van a castigar en mi casa. Capaz que me hacen humano y me espantan.
Nomás de pensar en eso, mis piernas se desvanecen.
–Por favor, ayúdame. Mónica. ¿Qué cosas me van a preguntar?
–Sebastián, los fantasmas no podemos ver el futuro.
–Por favor ayúdame –le pido, desesperado.
–Tengo una idea. Yo voy a hacer el examen por ti.
–¿En serio? ¿Por qué?
–Porque eres lindo.
Mónica se sonroja. Yo también. Antes de que pueda contestar algo, ella cierra los ojos y desaparece. De repente me siento muy raro. Como si hubiera recibido una descarga.
–Mónica, ¿dónde estás?
–Muy cerca de ti. De hecho,
adentro de ti –oigo su voz desde mi estómago.
“¡¿Cómo le hizo?!”
–¿Estás segura de que esto va a funcionar? –pregunto, aunque no sé hacia dónde dirigirme.
–Confía en mí.
–Juro que si paso este examen, te invito al cine.
No me contesta. En vez de eso, me pellizca desde adentro.
–Está bien, me callo.
Regresamos al salón
–Sebastián, no te sientes. Pasa de una vez al frente.
–Estoy listo, maestra.
Todos en la clase creen que lo dije yo, pero fue Mónica. No sé cómo le hizo pero ahora ella me controla como si fuera un títere.
La maestra empieza a hacer preguntas. Mónica las contesta sin ningún problema. Ya tengo seguros tres de los cinco puntos.
–Arrastra las cadenas por todo el salón –ordena la maestra.
Es increíble. Ahora que Mónica está dentro de mí, puedo levantarlas sin ningún problema. No cabe duda, dos fantasmas cargan más que uno. Una prueba más y ya saco el diez. ¡Voy a tener mi licencia de fantasma!
Me empieza a picar un poco la nariz. Estas cadenas estaban muy polvosas.
–Aaaaaaaaachoooooooooooo –estornudo más fuerte de lo normal.
Siento algo raro, estoy muy débil; como si me fuera a desmayar. Mónica está a mi lado, se ve aturdida.
“¿Se ve? ¿Mónica se ve? Oh, oh.”
–Sebastián y Mónica, vayan a mi oficina inmediatamente y me esperan allá. Los dos están reprobados.
En la oficina, la maestra nos regaña muy fuerte. Mónica no abre la boca para nada. La profesora nos dice que está desilusionada de ambos. Amenaza con expulsarnos de la escuela. No sé de dónde saco el valor, pero la interrumpo:
–Mónica no tiene la culpa. Yo la obligué.
La maestra se calla unos instantes, pero pronto nos hace saber su decisión:
–Al menos eres honesto, Sebastián. No están expulsados, pero sí reprobados. Tendrán que presentar el examen extraordinario dentro de dos meses.
Por la tarde, ya en casa, ni siquiera toco el plato que me sirvió mi madre.
–¿No tienes hambre, hijo?
–Me comí un pastel en la escuela –miento. No quiero hablar nada hoy–. ¿Puedo irme a mi cuarto?
–Está bien. Pero que sea la última vez que te llenas de cochinadas antes de la hora de la comida.
–Mamá, ¿por qué está brillando la mochila de mi hermano? –pregunta mi hermana. No sé a qué se refiere.
–¿Qué traes ahí, Sebastián? –mi madre me mira como si sospechara algo.
Para variar, mi hermana dice algo que me mete en problemas:
–Se parece a las notas que manda la escuela cuando estás castigado.
Sin decir nada, mi madre va hacia la mochila y la toma. Espero lo peor. Atravieso una pared y me voy a mi cuarto. Desde allá alcanzo a escuchar su grito:
–¡Sebastián Ituarte Almazán, ven acá de inmediato!
Por la noche, cuando mi padre llega de su trabajo en la fábrica de cadenas para fantasmas, me toca un regaño todavía peor:
–¿Cómo te atreviste a hacer trampa?
Mi madre no ha dejado de leer la nota desde la tarde.
–Eres la vergüenza de la familia –dice mi padre, visiblemente decepcionado.
–Óscar –interviene mi mamá–, esto no hubiera pasado si hubieras sido más exigente con tu hijo.
–¿Ahora es mi culpa? –grita ofendido papá–. Tú eres la que se la pasa toda la tarde haciendo tu pomadita y no te aseguras de que tus hijos hagan la tarea.
Mi madre, molesta, le avienta un plato a mi papá. Él se desvanece a tiempo y el plato se estrella contra la pared. Aprovecho que discuten y me voy a mi cuarto.
–¡Mamá, papá, Sebastián se fue para que ya no lo regañen! –mi chismosa hermana se aparece enfrente de mí. Es increíble lo fuerte que puede gritar.
Hoy se cumple una semana de que empezaron las vacaciones escolares, pero estoy castigado dos meses. Debo quedarme todos los días en casa, estudiando para el examen extraordinario. Ya acabé con el libro de química y hoy empiezo a repasar el de historia.
–¿Ya encontraste en qué capítulo aparece don Polloberto Gutiérrez? –escucho una voz. Juraría que se trataba de la lámpara, pero no: es Lázaro.
–¿Qué haces aquí? –le digo, aunque agradezco que haya venido a distraerme un poco.
–Nomás de visita. ¿Qué tal va el castigo?
–¿Tú qué crees? Estoy aburridísimo.
Lázaro ignora mi comentario y me extiende una credencial. Ni siquiera la veo, sé muy bien qué es.
–Mira, me la dieron ayer. Salí muy guapo en mi licencia de fantasma, ¿no crees?
Antes de que pueda contestar algo, se aparecen Alfonso y Héctor. Me enseñan sus licencias.
–Sí, mira nomás qué espaldota te cargas en la foto. Los aeróbics te han funcionado –se burla Alfonso de Lázaro.
–Yo no necesito presumir. Con esta cara que tengo, cualquier retrato sale bien –agrega Héctor.
Todos reímos, menos Héctor, quien mejor cambia el tema de conversación:
–Mañana Lázaro y yo vamos a espantar a nuestro primer humano.
–¿Apenas? –se mofa Alfonso–. Yo desde antier ando visitando personas. Le escondí la tarjeta de crédito a un tipo que no traía dinero en un restaurante. Tuvo que lavar platos tres horas para pagar su cuenta.
Pronto, los tres comienzan a hablar al mismo tiempo de todo lo que harán ahora que son fantasmas legales. Lo mismo se les ocurre impedir asaltos, que espantar presidentes cuando tengan que dar discursos ante la televisión.
Todavía me faltan siete semanas de castigo y no estoy dispuesto a escuchar todas las ventajas de ser fantasma legal, mientras que yo ni siquiera puedo ir a ese umbral clandestino.
–¡Oe!, ¡egesamos a gengua! –gritan los tres al mismo tiempo, mientras me elevo hacia el techo.
Al menos no tengo prohibido sacarle la lengua a los demás.
No puedo creer que ya llevo seis semanas castigado. Siento como si hubieran sido cuatro meses. El tiempo se arrastra como cadena cuando estás castigado y sólo puedes estudiar. Hablando de cadenas, en la casa todos están felices porque la empresa de mi papá ganó una licitación del gobierno y van a ser el proveedor oficial de cadenas para fantasmas por seis años más. Por lo menos ese día me dieron permiso de no estudiar, pero ni así me dejaron salir a la calle.
El único lugar al que he podido ir fue a casa de mi tía Emma. Era su aniversario de bodas y organizaron una comida familiar. Pensé que me salvaría, bajo el pretexto de que tenía que estudiar, pero mis papás decidieron darme una tregua para ir a la fiesta. Eso fue peor que el castigo de no salir con mis cuates.
Lo bueno es que hoy en la tarde es el examen extraordinario. Si lo paso, por fin tendré mi licencia.
La primera fantasma que veo al entrar en la escuela es a Mónica. Tengo ganas de hacerme invisible, pero en esta ocasión no es lo correcto. Me lleno de valor y me le acerco.
–Hola.
“Mmmh, cuánto valor para decir eso.”
–Hola –me contesta ella.
–¿Lista para el examen?
–Ya lo hice, me tocó hace tres horas.
–Oye, la otra vez, cuando me ayudaste a hacer trampa…
–Olvídalo, no voy a arriesgarme de nuevo –me interrumpe.
–No te lo voy a pedir de nuevo. Es sólo que nunca te lo agradecí. No tenías por qué ayudarme, y aun así lo hiciste. Gracias.
–De nada.
–¿Te gustaría ir al cine un día de éstos?
–Me gustaría, pero no puedo.
–¿Por qué?
–Como la compañía de mi papá perdió la licitación para ser el proveedor de cadenas para fantasmas, quebraron. Nos mudamos mañana a Mendoza con unos tíos que le consiguieron trabajo a mi papá. Va a ser el administrador de una fábrica de escobas para brujas.
–¡…!
–Adiós, Sebastián. Suerte en el examen.
Me da un beso en el cachete y se va.
“Qué menso soy, no le pedí perdón por meterla en problemas.”
Trato de alcanzarla, pero ya desapareció.
–El examen resultó más fácil de lo que esperaba. Quién iba a decir que estudiando todos los días me iba a aprender lo que me preguntaron –le digo a mis papás cuando salgo de la escuela.
Mi hermana no me cree.
–¿En serio?
–Niña, no seas chismosa. Aprende a confiar en tu hermano.
–¿Me creen? –pregunto, sorprendido.
–Tu maestra nos llamó por teléfono antes de que llegaras. Nos dijo que pasaste con ocho.
–¿Entonces voy a tener mi licencia?
Estoy más que emocionado.
–Mamá, la mochila de Sebastián está brillando.
De seguro es mi boleta de calificaciones y la cita para sacar la licencia. Antes de poder verla, mi mamá me la arrebata. Se me pone la carne de humano.
–Sebastián, ¿otra vez fallaste en la prueba de mover cadenas? –dice, decepcionada.
Mi padre se pone peor:
–Si hubieras fallado en historia te la perdono. ¿Pero las cadenas? ¿Qué van a decir mis compañeros en la fábrica?
–¿Entonces no le van a dar la licencia a mi hermano?
–Sí –contesta mi papá–. Pero yo se la voy a castigar hasta que pueda cargar cadenas. Mañana mismo te vas conmigo al gimnasio de la fábrica. Un hijo mío no puede fallar al arrastrar cadenas.
–Óscar, no puedes hacer eso –interviene mi mamá. ¿Será que intercederá a mi favor?–. Mañana es sábado; la fábrica no abre. Mejor espera al lunes.
Mi hermana ríe y me dan ganas de jalarle los cabellos. Papá se sienta en su sillón favorito y prende la tele. Mi mamá sólo me dice:
–Aguanta un poco más, hijo. En cuanto puedas cargar las cadenas, le voy a pedir a tu tío que te lleve con los humanos para que escojas a la primera familia que vas a espantar.
Me voy a mi cuarto y me recuesto en la cama. Estas vacaciones han sido muy largas.